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379. EL MERCADO CENTRAL DE CÁDIZ.

25 02 2011

Nací en 1837, gracias al arquitecto Juan Daura. Tengo bajo mis pies las silenciosas ruinas de las factorías de salazones romanas y restos de un pasadizo del antiguo convento de los Descalzos, que desamortizó Mendizábal. Mi planta es rectangular, con magníficas columnas dóricas de 4 metros de altura. En mi construcción, se siguieron los planos de Torcuato Benjumeda (arquitecto de la Catedral nueva de Cádiz). Para los gaditanos soy “la plaza”.

En mi origen, yo era un recinto porticado con 72 puestos, y un amplio espacio central interior, que solía dedicarse además como servicio para carga y descargas de carros y mercancías, a fiestas y espectáculos, hasta que en 1928 Juan de Talavera construyó el pabellón central para albergar los puestos de pescado. Estas instalaciones han desaparecido tras mi rehabilitación finalizada en octubre de 2009. Creo que he ganado en belleza y espacio.

La plaza porticada de abastos sin las posteriores construcciones interiores. las mercancías se exponían, además de en los puestos, en el suelo. Hoy el mercado ha sido profundamente renovado, conservando la pureza de lo antiguo y añadiendo una moderna e higiénica estructura central para el pescado, el género motor del mercado según los asenstistas de los puestos.

Con las excavaciones de las obras –de casi tres años de duración- aparecieron 17 esqueletos enterrados en fosa común, asociados al primitivo convento de los franciscanos existente en el solar. También apareció el tambor de una columna que podría ser romana, si bien esto no se ha confirmado. Lo que sí es cierto es que los restos del viejo embarcadero de Puerto Chico impidieron dotarme de aparcamientos subterráneos, como hubiera sido deseable en un mercado del siglo XXI, que es lo que intento ser.

Terminada la rehabilitación, cuento con 57 puestos de frutas y verduras, 54 de pescados y mariscos, 44 de carne y recova, 7 de ultramarinos, 4 de pan y pastelería, 1 de aceitunas, 1 de bolsas y papel, y 1 de artículos de pesca (imprescindible en Cádiz). Además, tengo una cafetería situada en la primera planta de mi edificio. Sobre el frontal superior de cada puesto, figura el nombre comercial de cada minorista como marcas diferenciadoras, referencias de la antroponimia mercantil gaditana.

Mi nueva apariencia me ha convertido en un edificio abierto, que me proporciona más luminosidad y funcionalidad, de tal modo que desde mi interior pueden contemplarse viviendas y torres miradores cercanas, que realzan mi integración en el entorno.

Mi historia está unida inseparablemente a la de Cádiz. He vivido su decadencia económica y comercial, varias monarquías, dictaduras, la guerra civil, la posguerra con su escasez y racionamiento y el renacer de los buenos tiempos del pleno empleo en la ciudad, a mediados del siglo pasado. He recibido la visita de los habitantes de las poblaciones cercanas, convirtiéndome en la referencia del buen pescado para la bahía. Y sobre todo, he vivido de cerca mil historias de penas, alegrías, estrecheces, deudas, picaresca, fidelidades y mucha soledad. Hoy me siento ninguneado por los grandes centros comerciales.

Una vez rejuvenecida mi piedra ostionera y resanadas mis paredes, sigo estando orgulloso de ofrecer con dignidad los mejores productos de la provincia de Cádiz, de las manos de los más sabios vendedores, los mejores profesionales, que continúan desarrollando la actividad de varias generaciones como detallistas míos; de hecho a muchos de ellos los he visto nacer. Pero hoy, solo quiero estar a la altura de un mercado del siglo XXI, uniendo cultura (que lo soy), tradición y calidad, al servicio de los gaditanos.

Y de mi popularidad da fe el tanguillo interpretado por el coro de Los Anticuarios en 1905, cantando a una anterior remodelación.

Coro Los Anticuarios. Año 1905.

“A la Plaza de Abastos de esta gran población/ Piensa el ayuntamiento hacerle una renovación./ Van a hacer una montera de cristales de colores/, Un terno de raso verde a todos los vendedores/. Al suelo ponerle alfombras y a cada sacador/ Un sombrero de tres picos, su levita y su bastón./ A los carniceros y recoveros van a vestirlos de terciopelo/ Y a los que ponen los baratillos los vestirán de carne membrillo. /A los que frien los churros para que estén elegantes/ Calzones cortos de seda, sombrero de copa y guantes./ Y al cobrador de la renta le pondremos un pararrayos/ Y unos zapatos de orillo porque le duelen mucho los callos”. (Texto: Charo Barrios).



375. EL PUENTE DE LA PEPA. (I).

21 12 2010

Video resumen del proceso constructivo del nuevo Puente sobre la Bahia de Cádiz, hasta la fecha Agosto 2010.
Este video fue expuesto en la visita a Cadiz del Ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, Ministro de Fomento, José Blanco y la Ministra de Igualdad, Bibiana Aido, entre otras personalidades y autoridades de la Junta de Andalucia y el Ayuntamiento de Cádiz.



371. LA PASIEGA. Uno de los bares más antiguo de Puerta Tierra.

3 11 2010

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Un almacén auténtico.   De derecha a izquierda. El fundador del negocio, Francisco Abascal, su hijo Santiago y los dependientes de La Pasiega, Pedro y Victoriano.

La Pasiega ha sido el más antiguo y con solera comercio de Puerta de Tierra. Este bar fue fundado en 1926 por Francisco Abascal Calderón, uno de los muchos ‘chicucos’ que se vino desde Santander a hacer las Américas a Cádiz. Los orígenes de este local se remontan a 1877, incluso ya existía años antes de que se construyera la parroquia de San José. Por aquel entonces, en dicho establecimiento estaba el ultramarino El Arrecife, para descanso de pastores de piaras y tratantes de ganados que conducían las reses en dirección al matadero y lugar de trato de transacciones. En la venta El Arrecife se vendía todo tipo de productos, tanto para los pastores como para el ganado. Con este nombre los gaditanos conocían la actual carretera Cádiz- San Fernando. Francisco Abascal compró el negocio hace 82 años, que se denominaba Casa Morante, éste estaba en muy mal estado, se derrumbó y se levantó un local nuevo. La ampliación del establecimiento fue en 1949, cuando a raíz de la explosión se aumentó la anchura de la Avenida. El nombre del bar es un homenaje a las mujeres del Valle del Pas. El local estaba situado en la Avenida Ana de Viya, esquina con la calle Antonio Accame. El establecimiento gaditano, aparte de bar y restaurante, durante cuarenta años, concretamente desde 1957 a 1997, fue un hostal donde se hospedaron la flor y nata del mundo artístico que por aquellas fechas abarrotaban los cines y teatros. Por allí han pasado muchos famosos, entre ellos los actores de la película ‘Amor brujo’ que se rodó en Cádiz, y que estuvo protagonizada por Antonio Gades, La Polaca y Rafael de Córdoba. Otro actor de renombre que desfiló por La Pasiega fue el popular Tony Leblanc. También paraban mucho Manolo Caracol, El Cojo Peroche o El Niño de los Rizos, entre otros. Durante años, el bar de la Avenida fue punto de encuentro de escritores y literatos, donde se vivía un auténtico ambiente de tertulia. Unos de los asiduos a este local comercial era el periodista Bartolomé Llompart. (D.J.P.)



353.- LAS DELICIAS DE MARTÍNEZ

28 09 2010

Así llamaban los gaditanos a lo que luego sería el parque Genovés. Hasta que llegaron las grandes desamortizaciones, en el siglo XIX, la ciudad de Cádiz apenas contaba entre sus murallas con amplios espacios para el paseo. Uno de estos lugares era el jardín de las Delicias, una pequeña alameda con asientos de mampostería situada al final de la plaza del Mentidero. La escasa vegetación de ese lugar hacía que los gaditanos lo conocieran despectivamente con el nombre de ‘paseo del Perejil’.

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Imagen antigua del actual parque Genovés

Malo o bueno, lo cierto es que hasta 1749 la alameda o paseo del Perejil era el único lugar de esparcimiento para los gaditanos. Pero ese año, un grupo de vecinos propone la construcción de la Alameda, entre la caletilla de Rota y la iglesia del Carmen. Para sufragar los gastos se emplean las recaudaciones de las corridas de toros celebradas en la plaza de San Roque. La ciudad se vuelca con el nuevo paseo y se olvida del Perejil.

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En la imagen, cedida por Juan Torres, puede verse el teatro existente en el interior del parque

En 1852 se nombra comisario de jardines, arbolado y paseos a José Antonio Martínez, un hombre dinámico y emprendedor. Martínez acomete la reforma del Perejil para transformarlo en un jardín digno de Cádiz. Coloca árboles, siembra especies de toda clase, instala bancos y arregla el piso. Amplía el paseo hasta llegar casi a la Caleta y, en pocos años, convierte ese lugar en un sitio encantador. En justa correspondencia, los gaditanos comenzaron a llamar al jardín ‘las Delicias de Martínez’.

Este lugar sería el elegido por el alcalde Valverde para celebrar la Velada de los Ángeles. Más tarde, el alcalde Genovés, emprendería su reforma hasta levantar el parque que lleva su nombre.

(José María Otero)



352. El ‘salón del obispo’ en Río Arillo

27 09 2010

La entrada de un obispo en su diócesis estaba acompañada de un complicado ceremonial, hoy suprimido en su mayor parte. Al ritual de carácter eclesiástico se unían las tradiciones particulares de cada ciudad.

Cádiz no era una excepción y la entrada de un nuevo obispo llevaba consigo el cumplimiento de algunas curiosas tradiciones. Una de ellas era el recibimiento al prelado en el molino de Río Arillo, límite del término municipal.

El nuevo obispo de Cádiz acostumbraba a pernoctar la noche anterior en San Fernando. Muy temprano, el Ayuntamiento isleño bajo mazas, acompañado del capitán general y del gobernador civil de la provincia, recogía al prelado y lo acompañaba hasta el molino de marea situado en Río Arillo. Mientras tanto, el Ayuntamiento de Cádiz, también bajo mazas, con maceros, clarineros y batidores de la Guardia Municipal, subía en unos carruajes en la plaza de San Juan de Dios para marchar hacia Río Arillo.

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A las doce en punto de la mañana, el prelado pisaba el término municipal. El alcalde se adelantaba hasta la puerta del carruaje para dar el discurso de bienvenida. El obispo agradecía el saludo y ambas comitivas pasaban al interior del molino, a un salón cedido galantemente por el propietario de las salinas y que era conocido como ‘salón del obispo’. Allí las autoridades besaban el anillo del nuevo pastor de la diócesis.

Tras descansar durante una hora, el Ayuntamiento de San Fernando se despedía de los presentes y el obispo emprendía el camino hacia Cádiz en un carruaje con el alcalde y el gobernador. La comitiva, precedida por los batidores, llegaba hasta la iglesia de San José, donde daba comienzo otro curioso ceremonial.

(José María Otero)



351.- COSTUMBRES GADITANAS. Los entierros de la Santa Caridad

25 09 2010

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Es piadosa y antigua costumbre acompañar a los seres queridos a su última morada. Esta fue en Cádiz, hasta hace pocos años, el cementerio de San José, en cuyo frontis reza una cita bíblica: “profetiza sobre estos huesos”. Desde tiempo inmemorial, una hermandad gaditana, la de la Caridad, se ocupaba de enterrar a los pobres a su costa. Cuando fallecía un indigente, la Caridad dirigía un aviso por turno a los hermanos, para acompañar a la sepultura al fallecido en la pobreza. La antigua Hermandad de la Caridad ha llegado hasta nuestros días, en la imagen un capítulo en San Juan de Dios con ocasión de la festividad de San Miguel. El distintivo de los hermanos es la tohalla blanca.

capilla-verticalDesde San Juan de Dios, generalmente lugar del fallecimiento de los mendigos sin techo ni familia, partía un cortejo como el que describe Juan Pineda en “Impresiones y recuerdos” en la década de los ochenta del siglo XIX. Al frente un acólito alzaba la manguilla azul de la Hermandad, coronada por el corazón entre llamas de amor y la crucecita. Detrás, en un carro de la más modesta clase de la funeraria, el féretro de la Hermandad con el cadáver. A ambos lados, cuatro faroles portados por uniformados cargadores y detrás el capellán y el hermano que por turno estaba obligado a acompañar al fallecido. Unas veces había familia, las más era un triste y reducido cortejo. La capilla de la Hermandad en la Iglesia de San Juan de Dios, su sede canónica.

La comitiva subía andando la cuesta de San Juan de Dios, pasaba por la plaza de toros, la Cárcel Real y el Matadero, hasta la Puerta de Tierra, donde los acompañantes subían a los carruajes hacia San José. Allí se dejaban los faroles en la capilla, los cargadores portaban el féretro y tras la insignia de la Caridad, seguían hasta la fosa común, lugar donde tras las preces de rigor se daba sepultura al cadáver, sin el féretro, que volvía a usar la Hermandad. Antes de arrojar tierra alguna sobre la cara del cadáver, el sepulturero se la tapaba con un pañuelo. En Cádiz las hermanas de la Caridad siempre proporcionaban un pañuelo para los muertos sin caja fallecidos en San Juan de Dios: “para que no hiciera ofensa la tierra en la cara de los muertos”. Antigua costumbre gaditana, decía Pineda, porque más allá hay otra vida a la que hay que llegar con la cara muy limpia.



344.- DESDE LA CASA DE LAS CUATRO TORRES.

17 09 2010

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Ahora que ya se van acortando los días, palidece el Sol y se presiente cercana la llegada de la estación más bonita del ciclo, comenzamos a añorar los momentos despreocupados y de asueto que se disfrutaron en los días largos y calurosos del verano. Y hay quién los recordamos con intensa melancolía, pues ya la sentimos en el justo instante que fueron vividos, cuando constituyeron nuestro tiempo presente. La casa de las Cuatro Torres desde la plaza de Argüelles.

Y esto nos sucede cuando sentimos que lo que estamos disfrutando es único, feliz y seguramente por desgracia, irrepetible; ya sea por el sitio en el cual nos vimos ubicado, por la compañía que nos envolvía, o simplemente por que lo transcurre ante nuestros ojos, que aunque sea sencillo el asunto, quizás hasta tan simple como una amena conversación, nos colma como poquitas cosas pueden hacerlo en esta vida nuestra que nos ha tocado.

2-verticalY han sido de las jornadas estivales, dos las más afortunadas, las que más nos saciaron. Y las dos transcurrieron en un barroco caserón de los más bonitos, de los que todavía saben lucir en el rico y singular caserío gaditano, su un tanto achacoso traje de siglo XVIII: la Casa de las cuatro torres. Y si le debemos la suerte de haber conocido las intimidades de tan imponente edificio al que hasta hace pocas fechas ha sido su último inquilino, Manuel Miraut, -amigo de los de ya hace años, que nos abrió su torre, su hogar-, dos mujeres fueron, una por jornada, las que gobernaron con su presencia en aquellas muy evocadoras por americanistas, vivencias de unas tardes de verano. Detalle de los esgrafiados en almagra, de la garita de la torre nordeste iluminada por el Sol poniente.

Para paladear un buen cante flamenco impregnado de Mar Caribe, no hay mejor escenario en el mundo que las torres miradores de Cádiz, desde dónde se otea por todos lados el Atlántico que los trajo. Y posiblemente no haya garganta más curtida y preparada para esos menesteres de saberlos bien interpretar, que la voz flamenca, dulce y sabia en los cantes de Cádiz, de Doña Carmen de la Jara. Coincidimos con la cantaora en la torre de Lolo, invitados junto con otros afortunados a contemplar unas vistas dominadas por la mole de la Catedral de las Américas, y el espectáculo enorme de la puesta del Sol sobre el mar tranquilo de la Alameda gaditana.

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Así cuando ya se nos había ido el Sol despidiéndose con un guiño verde en su último rayo, -que según nos dicen es raro de ver, y por tanto generoso donador de anhelados deseos y portador de buenas venturas-, quiso una inspiradísima artista, simplemente por que le salió del alma, regalarnos sin más música que su voz, unos cantes de los llamados de ida y vuelta, rumbas y otros sones latino-americanos mecidos por la cadencia de un compás flamenco. Y en un íntimo recital flamenco al amparo de la garita de la torre, se hizo la noche, avanzó la madrugada, que fue fresca, y se nos cayó del almanaque un día grato.Detalles de la torre nordeste de la Casa de las cuatro torres.

Durante el verano siempre ha sido normal la asistencia a Cádiz de personajes vinculadas con el mundo de la cultura, dando fe de ello los afamados Cursos de Verano en figuras como Marañón o Coctau, y tantos otros que se dieron cita en nuestra siempre querida ciudad. No ha sido este el motivo para la persona que ahora nos va a ocupar, pero si ha coincidido con ello.

Durante varios días estuvo con nosotros Clara Bargellini Cioni, profesora del Instituto de Investigaciones Estética de la UNAM de México, de cuna italiana y mexicana de adopción. Como toda persona ilustre y sin afán de notoriedad, pasó desapercibida para la prensa local. La profesora Bargellini recibió su licenciatura de la Universidad de Pennsylvania en Philadelphia, y su doctorado en Historia del Arte en la Universidad de Harvard. Además, Catedrática de Historia del Arte en el Colegio de Historia, y en el Posgrado de Historia del Arte en la Facultad de Filosofía y Letras de la misma UNAM. Ha sido profesora visitante en las universidades de Zacatecas y Chihuahua, y en el Institute of Fine Arts de la Universidad de Nueva York, así como en las Universidades de Chicago y Pennsylvania, entre otras.

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De izquierda a derecha: Lorenzo Alonso de la Sierra, Clara Bargellini, Miguel Ángel Castellano.

Entre libros y artículos, ya sea en solitario o en colaboraciones, numerosas son sus publicaciones sobre el mundo del Arte y la Historia en la Nueva España: “La catedral de Chihuahua” (1984), “La arquitectura de la plata: iglesias monumentales del centro-norte de México, 1640-1752” (1991), “La Catedral de Saltillo: tiempo y espacio de un acervo”, “Historia y arte en un pueblo rural: San Bartolomé, hoy Valle de Allende, Chihuahua” (1998), “Chihuahua, caminos del pasado, el sur del estado” (2000), y “Misiones para Chihuahua” (2004). Persona preocupada en la conservación del Patrimonio Universal, -fue becada por la Fundación Kress en Florencia después de la inundación de 1966-, y miembro fundador del Comité asesor del Laboratorio de Diagnóstico de Obras de Arte del Instituto de Investigaciones Estéticas.

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Vista de Cádiz desde la torre nordeste de la Casa de las cuatro torres. De izquierda a derecha: La Torre de la Contaduría (campanario de la Catedral Vieja), Torre del Sagrario de la Catedral Vieja, la Catedral Nueva. En primer término, la torre sureste de la Casa de las cuatro torres.

Tan ilustre personaje no ha tenido mejor cicerone que el Dr. Lorenzo Alonso de la Sierra quien ha sabido, como siempre y de forma magistral, guiar por todos los rincones de nuestra ciudad a la afamada profesora. Tenía Doña Clara curiosidad por conocer el antiguo titular de la Cofradía de la Vera-Cruz, por ser éste de factura mexicana, de los llamado de papelón. Y de la Casa de la decana hermandad y siempre orientados por la labia sabia del Dr. Lorenzo, acabamos por subir a la Casa de las cuatro torres, para que conociese nuestra tan particular manera de entender la Arquitectura, nacida allá por las centurias en las que fuimos Emporio, de las necesidades y conveniencias de aquellos Cargadores a Indias, además de ser reflejo de sus vanidades, de prestigio social, y de la riqueza enorme que atesoraron.

Desde luego, hoy en día no se comercia en Cádiz con las riquezas americanas; ya contamos por siglos que esto no pasa. Disfrutamos de la herencia de una época sublime que modeló gran parte de la ciudad: fijó su perfil urbanístico, y en cierta forma, nuestra manera de entender y gustar de algunas de las disciplinas del Arte, y el carácter de su gente. Reconocemos los de aquí la importancia del impacto americano, y gustamos y mucho de ello, aún en asuntos que pueden parecer menos graves: el habla y el folclore propio, ya sea en el flamenco o el del nuestro sonoro Carnaval. Y los que nos vienen de tierras americanas, verán reflejadas por cualquier rincón de nuestra vieja ciudad, maneras y formas de un lenguaje Barroco y aún del Neoclásico, que son también las suyas propias.

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Izquierda, detalle ornamental que fecha la Casa en 1745. Derecha, detalle de la portada de una de las entradas de la Casa por la calle Manuel Rancés, una cartela de rocallas de buena labra, con los anagramas de Jesús, María y José.

Son Carmen y Clara, dos mujeres que recrean de muy distintas maneras con sus respectivas ocupaciones, los evidentes testigos de un todavía cercano pasado común: la una, ejercitándose con un cante gitano-andaluz que vino de vuelta felizmente contaminado de sones antillanos; la otra, con sus valiosos estudios sobre un Arte desarrollado en la Norteamérica más hispánica, que partió de ida de estas tierras meridionales netamente europeo, para enriquecerse en las Indias con la mezcla de autóctonos gustos indígenas. Una es de este rincón, y siempre lo tiene presente, y la foránea seguro que lo recordará; pues es nuestro Cádiz trayéndonos siempre al presente la grandeza de un pasado que fue mejor, una esquina del Mundo que cobija a la nostalgia, y la contagia bien pronto.

En este final del estío, inmersos como ya estamos en la rutina de la vida ordinaria, acudimos a la memoria. Y con el consuelo de los buenos recuerdos, se conforma un pensamiento: quizás no haya manera más agradable y sencilla de rememorar los tiempos ricos del comercio americano, que en una desocupada tarde de verano disfrutar del ocaso, desde la Casa de las cuatro torres.

Miguel Ángel Castellano Pavón y Francisco Manuel Ramírez León.

Fotografías: de los autores y de Manuel Miraut.



343. FOTOGRAFÍAS PARA EL RECUERDO. El ‘Pay-pay’ y la plazuela del Tío de la Tiza.

16 09 2010

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