Gente y habitantes de Cadiz » Religiosidad

378. LA GUARDIA CIVIL Y LA NAVIDAD.

10 01 2011

Postal antigua con cuya reproducción la Guardia Civil de Cádiz ha felicitado las fiestas navideñas y el año 2011.



367. CARDENAL ZAPATA

18 10 2010

Zapata_1Antonio de Zapata y Cisneros fue obispo de Cádiz, de Pamplona, arzobispo de Burgos, cardenal, virrey de Nápoles e Inquisidor general. Había nacido en Madrid en 1550. Hijo del conde de Barajas y sobrino del cardenal Cisneros, estudió la carrera eclesiástica en el seminario de San Bartolomé de Salamanca.

Con apenas 37 años fue nombrado obispo de Cádiz, por decisión del Rey Felipe II. En la diócesis gaditana estuvo durante nueve años, hasta que en 1596 fue designado obispo de Pamplona. Como prelado de Cádiz Antonio Zapata destacó por la creación del seminario de San Bartolomé, el 2 de noviembre de 1589. Fue establecido en la calle San Juan y Zapata le dio el nombre de San Bartolomé en recuerdo del seminario donde se había formado como sacerdote.

Antonio Zapata también tuvo una decisiva influencia en la construcción de las murallas de Cádiz, recaudando para ello numerosos fondos y consiguiendo la colaboración de la ciudad de Sevilla. En recuerdo de esta colaboración la puerta de las murallas que comunicaba el muelle con el Palacio de la Aduana llevaba el nombre de Sevilla.

Desde Cádiz, Zapata marcharía a Pamplona, donde dejó grato recuerdo por las atenciones prestadas a los enfermos de la peste, que por entonces asolaba todo el norte de España. Felipe III lo nombró en 1620 virrey de Nápoles, donde la labor del antiguo obispo de Cádiz dejó mucho que desear y tuvo que ser relevado por el duque de Alba. A su regreso a España fue nombrado Inquisidor general.

El cardenal Zapata murió en Madrid el 27 de abril de 1635.

En Cádiz, Zapata cuenta con una céntrica calle donde estuvieron situados el famoso Café del Correo y el Círculo Republicano.



359. LA ENTRADA DEL OBISPO EN LA CATEDRAL DE CÁDIZ

5 10 2010

Una vez que el nuevo obispo de Cádiz había hecho su solemne entrada en la ciudad (ver nótula anterior), señalaba el día de toma de posesión de la silla episcopal, en la Catedral.

El día fijado, el prelado salía de su palacio acompañado de los párrocos de la ciudad hacia la iglesia de San Juan de Dios, donde era recibido por el hermano mayor de la Caridad. El obispo tomaba asiento en el presbiterio y recibía el saludo del Cabildo Catedral. A continuación entraba el Ayuntamiento bajo mazas, llevando en su seno al gobernador civil y a las autoridades militares.

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Interior de la iglesia de San Juan de Dios

El alcalde pronunciaba las siguientes palabras: “En nombre del culto pueblo de Cádiz, que tengo la alta honra de representar, presento a Vuestra Ilustrísima testimonio de adhesión y profundo respeto”. Finalizados los saludos, el Ayuntamiento bajo mazas y con el obispo ocupando la presidencia marchaba hacia la Catedral.

En la plaza de Silos Moreno aguardaba el Cabildo Catedral con el deán a la cabeza. El alcalde decía en voz alta: “El Ayuntamiento tiene la honra y la satisfacción de entregar la persona del nuevo obispo”. El deán contestaba: “Recibo”. El obispo, acompañado de los canónigos, se dirigía a la Catedral.ç

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La Catedral de Cádiz vista desde el Campo del Sur, en una imagen de comienzos del siglo XX

En las escaleras se arrodillaba y besaba la cruz que le presentaba el preste. A continuación se abría la puerta principal de la Basílica, las campanas repicaban y el coro entonaba el Te-deum laudamus. El nuevo pastor entraba en la Catedral y, tras adorar de nuevo la cruz y arrodillarse ante el altar mayor, daba su solemne bendición a los fieles.

Retirados el Ayuntamiento y demás invitados, el obispo marchaba a la Sala capitular para jurar los estatutos firmando en el libro destinado a ese objeto.

(José María Otero).



358.- LA ENTRADA DE LOS OBISPOS A CÁDIZ.

4 10 2010

Después de ser saludado por el alcalde de Cádiz en el molino de mareas de Río Arillo y descansado un rato en el llamado ‘salón del obispo’ (ver nótula anterior), el prelado de la diócesis y su séquito de autoridades iniciaban su marcha hacia la iglesia de San José,

Desde allí se mandaba recado al Ayuntamiento y la campana municipal iniciaba un repique que era seguido por las campanas de todas las iglesias. Este aviso servía para que el vecindario acudieran a presenciar la entrada en Cádiz del nuevo pastor.

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La Catedral Vieja de Cádiz

Desde los extramuros la comitiva se dirigía hacia las Puertas de Tierra. Abrían el cortejo los batidores de la Guardia Municipal y los maceros del Ayuntamiento. Los siguientes carruajes eran ocupados por los miembros del Cabildo Municipal y del Cabildo Catedral. El prelado tomaba asiento junto al gobernador civil. En el asiento de vidrio, de espaldas al cochero, marchaban el alcalde y el chantre de la Catedral.

El cortejo recorría Plocia, San Juan de Dios y Pelota. En esta calle, el obispo descendía del carruaje y al entrar en la plaza Silos Moreno recibía los honores militares por parte de una compañía con banda de música.

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La Catedral de Cádiz

El nuevo prelado penetraba a continuación en la Catedral por una puerta lateral, ya que la principal quedaba reservada para una ceremonia posterior, y rezaba durante un rato en el presbiterio. A continuación marchaba hacia el Palacio Episcopal, donde aguardaban las autoridades y todo el clero de la ciudad. Al entrar en el edificio, recibía de nuevo los honores militares establecidos.

Ocupado el trono episcopal, el obispo daba a besar su anillo y fijaba el día de entrada solemne a la Catedral, que también era objeto de un estudiado y meticuloso ceremonial.

(José María Otero)



352. El ‘salón del obispo’ en Río Arillo

27 09 2010

La entrada de un obispo en su diócesis estaba acompañada de un complicado ceremonial, hoy suprimido en su mayor parte. Al ritual de carácter eclesiástico se unían las tradiciones particulares de cada ciudad.

Cádiz no era una excepción y la entrada de un nuevo obispo llevaba consigo el cumplimiento de algunas curiosas tradiciones. Una de ellas era el recibimiento al prelado en el molino de Río Arillo, límite del término municipal.

El nuevo obispo de Cádiz acostumbraba a pernoctar la noche anterior en San Fernando. Muy temprano, el Ayuntamiento isleño bajo mazas, acompañado del capitán general y del gobernador civil de la provincia, recogía al prelado y lo acompañaba hasta el molino de marea situado en Río Arillo. Mientras tanto, el Ayuntamiento de Cádiz, también bajo mazas, con maceros, clarineros y batidores de la Guardia Municipal, subía en unos carruajes en la plaza de San Juan de Dios para marchar hacia Río Arillo.

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A las doce en punto de la mañana, el prelado pisaba el término municipal. El alcalde se adelantaba hasta la puerta del carruaje para dar el discurso de bienvenida. El obispo agradecía el saludo y ambas comitivas pasaban al interior del molino, a un salón cedido galantemente por el propietario de las salinas y que era conocido como ‘salón del obispo’. Allí las autoridades besaban el anillo del nuevo pastor de la diócesis.

Tras descansar durante una hora, el Ayuntamiento de San Fernando se despedía de los presentes y el obispo emprendía el camino hacia Cádiz en un carruaje con el alcalde y el gobernador. La comitiva, precedida por los batidores, llegaba hasta la iglesia de San José, donde daba comienzo otro curioso ceremonial.

(José María Otero)



351.- COSTUMBRES GADITANAS. Los entierros de la Santa Caridad

25 09 2010

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Es piadosa y antigua costumbre acompañar a los seres queridos a su última morada. Esta fue en Cádiz, hasta hace pocos años, el cementerio de San José, en cuyo frontis reza una cita bíblica: “profetiza sobre estos huesos”. Desde tiempo inmemorial, una hermandad gaditana, la de la Caridad, se ocupaba de enterrar a los pobres a su costa. Cuando fallecía un indigente, la Caridad dirigía un aviso por turno a los hermanos, para acompañar a la sepultura al fallecido en la pobreza. La antigua Hermandad de la Caridad ha llegado hasta nuestros días, en la imagen un capítulo en San Juan de Dios con ocasión de la festividad de San Miguel. El distintivo de los hermanos es la tohalla blanca.

capilla-verticalDesde San Juan de Dios, generalmente lugar del fallecimiento de los mendigos sin techo ni familia, partía un cortejo como el que describe Juan Pineda en “Impresiones y recuerdos” en la década de los ochenta del siglo XIX. Al frente un acólito alzaba la manguilla azul de la Hermandad, coronada por el corazón entre llamas de amor y la crucecita. Detrás, en un carro de la más modesta clase de la funeraria, el féretro de la Hermandad con el cadáver. A ambos lados, cuatro faroles portados por uniformados cargadores y detrás el capellán y el hermano que por turno estaba obligado a acompañar al fallecido. Unas veces había familia, las más era un triste y reducido cortejo. La capilla de la Hermandad en la Iglesia de San Juan de Dios, su sede canónica.

La comitiva subía andando la cuesta de San Juan de Dios, pasaba por la plaza de toros, la Cárcel Real y el Matadero, hasta la Puerta de Tierra, donde los acompañantes subían a los carruajes hacia San José. Allí se dejaban los faroles en la capilla, los cargadores portaban el féretro y tras la insignia de la Caridad, seguían hasta la fosa común, lugar donde tras las preces de rigor se daba sepultura al cadáver, sin el féretro, que volvía a usar la Hermandad. Antes de arrojar tierra alguna sobre la cara del cadáver, el sepulturero se la tapaba con un pañuelo. En Cádiz las hermanas de la Caridad siempre proporcionaban un pañuelo para los muertos sin caja fallecidos en San Juan de Dios: “para que no hiciera ofensa la tierra en la cara de los muertos”. Antigua costumbre gaditana, decía Pineda, porque más allá hay otra vida a la que hay que llegar con la cara muy limpia.



332.- LA GALEONA DE LA VIÑA. La Divina Pastora

3 09 2010

pastora-verticalLa imagen de la Virgen del Rosario que se denomina popularmente como “La galeona”, no es la única en nuestra ciudad que ha surcado el Atlántico y navegado en este tipo de naves en el transcurso del siglo XVIII. Así la crónicas apuntan a otra que se donó a la Capilla de la Divina Pastora, siendo en esta ocasión su donante D. José de Rojas Recaño, quien era natural de Cádiz y había recibido de sus padres lo que denominaba “su casa principal” en la entonces calle de la Amargura (luego Capuchinos y actual Sagasta). Su educación castrense se había configurado en el Castillo medieval como Guardia Marina y en su trayectoria militar llegó al rango de Teniente General de la Real Armada, Capitán General y Gobernador político y militar de la ciudad de Cartagena en el Levante, donde falleció el 7 de octubre de 1794. Ostentaba además los títulos de Marqués de Casa Rojas y de Conde de Casa Recaño y Caballero de la Orden de Santiago. En la foto de “Pasión y Gloria”, la imagen de la Divina Pastora.

Así pues y centrándonos en el tema que nos ocupa, señalan las crónicas que en 1753 fue cuando “habiendo arribado a este puerto el navío de guerra El Fuerte, que la traía a su bordo como patrona, su comandante D. José Rojas solicitó y obtuvo de la referida corporación trasladarla a la citada capilla, la cual se llevó a efecto el día 14 de octubre del citado año, siendo conducida desde el muelle con asistencia de la cruz parroquial del Sagrario, una diputación del Cabildo secular, el cuerpo de la hermandad y multitud de jefes, oficiales y personas distinguidas: teniendo lugar al siguiente día una solemne fiesta en su obsequio, lo que contribuyó en alto grado a propagar en esta ciudad su culto y devoción”.

galeona-cara-verticalAquella imagen quedó emplazada en el Panteón de la referida Capilla, y sólo se tiene constancia que saliera en procesión en 1867 cuando la guía local informa que “Este año la Archicofradía de la Divina Pastora sacó procesionalmente en la tarde del 15 de agosto, en cuyo día celebra su fiesta, la imagen de su titular que se venera en el panteón de la capilla de su nombre, cuyo religioso acto tuvo lugar en el mayor lucimiento.”

Era tradición que el 15 de agosto la Archicofradía de la Divina Pastora sacara en procesión la imagen de su titular

La misma fuente de información nos indica que a partir de 1868, ya fue la titular del templo la que presidiera aquella procesión de culto externo. Por su emplazamiento en la cripta posiblemente no sufriera desperfectos en los acontecimientos y saqueos que precedieron a la Guerra Civil, aunque desconocemos su estado actual estimamos que entrarán dentro de la restauración que se está llevando en aquella capilla. Sobre este aspecto llamar la atención, de la paralización que ha sufrido este proyecto de rehabilitación sin que se conozca una fecha para su conclusión. Por otro lado se hace necesario que la opinión publica sepa también las expectativas de futuro que planean sobre otro edificio religioso como es el Convento de Santa María del que se desconoce el momento de inicio de sus obras, después de 9 años de permanecer cerrado. En nuestra memoria está el proceso que siguió el tristemente desparecido Convento de los Capuchinos después de años de abandono, allá por la década de los ochenta del pasado siglo. Hemos de pensar sobre todo en la cercanía de una fecha tan significativa como el 2012 cuando la ciudad debe vestir sus mejores galas para enseñar a los visitantes.

José Antonio Fierro Cubiella



315.- EL HALLAZGO. Por Miguel Ángel Castellano Pavón y Francisco Manuel Ramírez León

17 07 2010

cristoLa muy sonora voz de un enorme cataclismo, interrumpío el silencio y la calma con el que acometían el delicado trabajo. Un grave y seco retumbo proveniente de la Sacristía, acababa de romper la paz, el ambiente sosegado y relajado, que acompañaba a aquel pequeño grupo que con entusiasmo, mimo y entrega, preparaban el bosque de cera que daría luz al siempre cuidadísimo altar de cultos cuaresmales que preparaban para sus Titulares. Al unísono, no pudieron evitar dar un respingo ante lo que era seguro y violento aviso de que el causante del sobresalto común, por lo aparatoso y fortísimo del estruendo, no debia de ser cosa pequeña.

Se miraron los unos a los otros, con el susto terrible aún reflejado en cada uno de los rostros, queriendo buscar que el compañero cercano le diese crédito y respuesta, a aquel estallido que provino de la Sacristía. “¡Ay, ay, ay, …, que no sea por culpa nuestra!, ¡ay, ay , …, que nos mata el Padre Germán!.”, dijo el de más edad, un cofrade veterano que a pesar de su ya larga edad, volaba mas que corría hacia la Sacristía. Con más miedo que curiosidad, adentró su cabeza en el ámbito oscuro del recinto; el temblor nervioso de sus manos le impedía atinar con la llave de la luz. Una mano más joven logró llenar de luz a aquella habitación, perfumada con el siempre grato olor del incienso quemado. No encontraron lo que más o menos llevaba cada cual en su mente: la ruina por desplome del antiguo y achacoso techo, mostrándoles como testigo unas vigas rotas ya vencidas por los siglos. Muy al contrario de lo esperado, en el suelo yacia boca abajo el enorme armario de las ropas litúrgicas: un imponente, colosal, antiguo y muy bello trabajo de ebanistería, que desde hacia por lo menos 300 años, guardaba el ajuar ceremonial y cultual de los padres de la Orden. Se acercaron todos, rodeando al rendido mueble que les mostraba sus heridas de madera: las viejas tablas rotas o desenclavadas. A pesar de la aún generalizada consternación, hubo quién suspiro de alivio: “¡Para nada hemos tocado el armario!, ¿verdad?”, interrogó el veterano cofrade.

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“¡Ha sido la carcoma, que se ha comido las patas!.¡Mira, mira,…, como está todo esto lleno de agujeritos!”, contestó uno de los presentes, que en cuclillas les mostraba al resto del grupo, una de las que ahora era desgajada y astillada pata delantera. “¡Os lo dije desde que las detectamos en el retablo del Santo Cristo, que no debian de ser las únicas!. ¡Mirad ahora!, ¡que lástima: las roidas patas no han podido soportar el peso del armario, se han quebrado y se venido para delante el mueble!. ¡Y suerte, de que no había nadie aquí, porque si no…!. “¡Anda, déjame tu navajita!”, interrumpió uno de los cofrades, ya entretenido en desprender un pequeño sobre que se encontraba fijado al envés de las maderas que formaban el suelo del armario, ahora visibles tras el vuelco. No hizo falta la navajita, pues la cola que fijaba el sobre a las maderas apenas puso resistencia: “¡Aquí dentro debe de estar, la firma del maestro que hizo el mueble!”, dijo incorporándose y mostrando el hallazgo a los demás.

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Ante la atractiva naturaleza del nuevo hecho, una más poderosa curiosidad que hasta el entonces reinante desconcierto, se apoderó del grupo. Se encaminaron hacia la mesa grande, donde había mejor luz. “¡Manéjalo tú, que estás acostumbrado a tratar con los papelotes antiguos!, le indicó el cofrade veterano a uno del grupo. Como si fuese de cristal y no de papel, con enorme cuidado, lo tomó, y sobre la mesa empezó a observarlo: no se veia huella de un sellado con lacre, ni había referencia escrita alguna, pero tampoco parecía que hubiese sido manipulado. Abrió el sobre por la solapa, despegándola; de su interior surgieron unas cuartillas primorosamente dobladas. Empezó a desdoblarlas, muy despacito y muy delicadamente, casi sin forzarlas; contaron hasta 4 hojillas, no más grandes que la mitad de un folio, coloreada la tez de amarillo por los muchos años que debían de contar. Se distinguían dos elegantes caligrafías, formadas por letras menudas y largas, escritas con una tinta que aún más ennoblecida por el transcurrir de los siglos, ya se habían tornado parda. ¡Traedme mi maletín, que deben de estar mis gafas para el cerca,… y la lupa grande!”, espetó nervioso el experto. Con el refuerzo de la más clara y blanca luz de una lámpara portátil, y al amparo de las expectativas que se abrían, iniciaron una esforzada lectura:

Notas del cuaderno de bitácora del navio que nos trajo la nueva hechura del Santo Xto. Cádiz. Abril, 1775.

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Nos hizo la muda a la lengua castellana que nos es propia, el Excmo. y Muy noble Sr. Francesco Maria Enmanuel Doménico Maratta di Guidi, natural de Savona, y hermano y bienhechor de esta nuestra muy Venerable Hermandad de la Vera Cruz. Que el Stmo. Xto., Ntra. Sra. Mater Misericordae y el Sr. San Jorge, de quienes siempre fue fervoroso devoto, lo acogan.

Dia 17 de octubre de 1773. En la ciudad de Nápoles, yo Francesco Maria Cruze Nadales, hijo de Giovanni Batista Cruze Rossi y de Úrsula Nadales Guiducci, fui contratado para transportar desde dicho puerto 10 kilos de seda de Ceilán a Génova. El importe estipulado sería de 148 onzas de plata. Allí una vez que el navío Santo Spirito partió por el Mediterráneo rumbo a Génova y entregada la mencionada mercancía tomará la ayuda de Aniello Paoli Marona, para el envío de un enigmático cargamento que debería ser transportado con sumo cuidado, desde dicho puerto a la vieja ciudad de Cadice, ciudad costera del sur de la España y puerto rico donde los haya, al ser punto de embarque hacia las Indias Occidentales.

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Génova, 20 de octubre de 1773. Mercancía descargada y entregada sin tropiezo alguno. Cantidades cobradas. En la aduana se realiza las firmas pertinentes en presencia del que sería desde ahora mi acompañante el mencionado Aniello Paoli. Un bulto perfectamente embalado de unas 120 libras es embarcado para ser entregado en el puerto arriba citado.

26 de octubre. Día tranquilo. Falta un día para concluir la travesía. Durante toda la noche se celebró en cubierta el final de la singladura con una bulliciosa fiesta hasta el amanecer cuando el gallo cacareó tres veces, cantaron las ninfas del mar y bailaron los centauros. Por la ventana de la cocina se alzaba vapor de agua blanco, cuya forma recordaba la cola de algún espíritu, y se esparcía un delicioso olor a hervido. También se oían los animales, voces de los cocineros y el alegre entrechocar de los cacharros de cocina. El sol poniente hacia resaltar cuatro gigantescas columnas de mármol, dispuestas para adornar cualquier plaza de la ciudad a la que iban destinadas.

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27 de octubre. El puerto de Cádiz es avistado cuando desde lo alto del mástil de nuestra goleta se anuncia la arribada a la ciudad. Un hecho de resaltar a la llegada a la ciudad de Cádiz, que no sucede como en otras ciudades que a su llegada sobresale las torres o cúpula de su iglesia mayor o catedral; sino todo un sinfín de torres miradores que le da un aire a mi entender como de ciudad medieval. Como sucede en Siena y que yo recordaba, pues la visité con mi padre siendo yo aun un muchacho; y que aunque su llegada no se hiciera por mar, siempre me impresionó. En Cádiz, y una vez desembarcada la mercancía, desde el muelle y transportada en un carro arrastrado por dos mulos seria desviada por la Puerta de San Carlos. Otra de las cosa a destacar de esta antigua ciudad es que a no tener espacio para crecer a lo ancho lo hace hacia lo alto como le sucede a los jóvenes en llegando la edad.

escudoAl desembarcar, unos niños pedigüeños se nos ofrecen para empujar el cargamento. Deambulamos por la plaza de las Cuatro Torres, paseo de las Nieves, y por allí desembocamos a la calle del Camino que nos llevaría hasta la plaza de Loreto, en el llamado barrio de la Observancia llegando a las doce de la mañana tocando las campanas la hora del Angelus. En la puerta del convento franciscano, se encontraba Fray Benito Huerta Punsert guardián de dicha casa y una comitiva compuesta por cuatro señores y el donante de la mercancía un tal don Juan Gómez de Figueroa, según manifestó, todos entrados en años, que se hicieron cargo de la mercancía reseñada. Una vez bajada del carro y siempre llevado con sumo cuidado, fue introducida por el patio columnado hasta unos aposentos que presentaban aspecto de Sacristía, al comprobar su similitud con otros conocidos en mi ciudad natal. En el silencio del claustro se escuchaban ecos de campanillas. Un lego sacaba agua del aljibe más cercano a la puerta dando sus sones la garrucha con su continuo chirriar de abajo arriba. Tras la firma y su consiguiente entrega de la documentación reglamentaria a la entrega de la mercancía mi compañero y yo, y una vez cobrada la cuantía estipulada nos dirigimos de nuevo según nos indicaron por el camino del Baluarte de san Felipe, desde donde divisaríamos de nuevo el puerto de la ciudad.

Al dorso de la última hoja, escrito con peor letra, se pudo leer:

Por mandato de Fray Jerónimo de la Cruz, hizo la hechura de este armario para el Convento del Sr. San Francisco de esta ciudad de Cádiz, el maestro Juan Nicolás Silva y López, con la ayuda de su hijo Pedro Juan Nicolás Silva.

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Os suplico que delante de la muy antigua hechura del Stmo. Xto. de la Vera Cruz, del cual soy fervoroso devoto y siempre así ha de ser pues jamás a otro he de reconocer, mandéis decir misas por mi alma, que por esta soberbia mía, no ha de estar limpia antes los ojos del Padre. Ni tranquila tampoco anda mi conciencia, por el hurto y extravío que he cometido de estas hojas. Os lo ruego por caridad cristiana. Que Dios Ntro. Sr. en su infinita Misericordia y su Sta. Madre me perdonen.

Ante aquellas palabras sinceras, hubo quien ya no pudo contener más la emoción ante los momentos vividos en aquella ya inolvibable y accidentada tarde. El hallazgo, corroboraba las antiguas historias que hablaban de rencillas, de unas heridas abiertas hace siglos en el seno de la decana hermandad. Traía al presente, el amor, la devoción inquebrantable, que los hermanos de los pasados siglos, le habian profesado a la dramática y tosca hechura del antiguo titular. Así pues, para muchos que no necesariamente entendían de estéticas, ni atendían a las corrientes artísticas dominantes de su tiempo, que en definitiva, solo sabían atenerse a sus devociones, únicamente aquella talla indiana, podía ser su Cristo de la Vera-Cruz. Y aún quedando en las muy malas condiciones, que el detrozo de una aciaga y lluviosa tarde de un Jueves Santo, le ocasionó a su frágil hechura de papel.

Claro estaba, que aún quedaba mucho por estudiar de aquel documento; pero, ahora, ante todo, lo que más debía de preocuparles a aquellos cofrades de su futuro más inmediato, iba a consistir en las muchísimas explicaciones que ante los sucesos acaecidos aquella tarde, tendrían necesariamente que ofrecerle al Padre Germán. ¡¡Que ya se le oía venir, llamándolos a gritos, por las naves de la Iglesia!!. CADITALIA.