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359. LA ENTRADA DEL OBISPO EN LA CATEDRAL DE CÁDIZ

5 10 2010

Una vez que el nuevo obispo de Cádiz había hecho su solemne entrada en la ciudad (ver nótula anterior), señalaba el día de toma de posesión de la silla episcopal, en la Catedral.

El día fijado, el prelado salía de su palacio acompañado de los párrocos de la ciudad hacia la iglesia de San Juan de Dios, donde era recibido por el hermano mayor de la Caridad. El obispo tomaba asiento en el presbiterio y recibía el saludo del Cabildo Catedral. A continuación entraba el Ayuntamiento bajo mazas, llevando en su seno al gobernador civil y a las autoridades militares.

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Interior de la iglesia de San Juan de Dios

El alcalde pronunciaba las siguientes palabras: “En nombre del culto pueblo de Cádiz, que tengo la alta honra de representar, presento a Vuestra Ilustrísima testimonio de adhesión y profundo respeto”. Finalizados los saludos, el Ayuntamiento bajo mazas y con el obispo ocupando la presidencia marchaba hacia la Catedral.

En la plaza de Silos Moreno aguardaba el Cabildo Catedral con el deán a la cabeza. El alcalde decía en voz alta: “El Ayuntamiento tiene la honra y la satisfacción de entregar la persona del nuevo obispo”. El deán contestaba: “Recibo”. El obispo, acompañado de los canónigos, se dirigía a la Catedral.ç

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La Catedral de Cádiz vista desde el Campo del Sur, en una imagen de comienzos del siglo XX

En las escaleras se arrodillaba y besaba la cruz que le presentaba el preste. A continuación se abría la puerta principal de la Basílica, las campanas repicaban y el coro entonaba el Te-deum laudamus. El nuevo pastor entraba en la Catedral y, tras adorar de nuevo la cruz y arrodillarse ante el altar mayor, daba su solemne bendición a los fieles.

Retirados el Ayuntamiento y demás invitados, el obispo marchaba a la Sala capitular para jurar los estatutos firmando en el libro destinado a ese objeto.

(José María Otero).



358.- LA ENTRADA DE LOS OBISPOS A CÁDIZ.

4 10 2010

Después de ser saludado por el alcalde de Cádiz en el molino de mareas de Río Arillo y descansado un rato en el llamado ‘salón del obispo’ (ver nótula anterior), el prelado de la diócesis y su séquito de autoridades iniciaban su marcha hacia la iglesia de San José,

Desde allí se mandaba recado al Ayuntamiento y la campana municipal iniciaba un repique que era seguido por las campanas de todas las iglesias. Este aviso servía para que el vecindario acudieran a presenciar la entrada en Cádiz del nuevo pastor.

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La Catedral Vieja de Cádiz

Desde los extramuros la comitiva se dirigía hacia las Puertas de Tierra. Abrían el cortejo los batidores de la Guardia Municipal y los maceros del Ayuntamiento. Los siguientes carruajes eran ocupados por los miembros del Cabildo Municipal y del Cabildo Catedral. El prelado tomaba asiento junto al gobernador civil. En el asiento de vidrio, de espaldas al cochero, marchaban el alcalde y el chantre de la Catedral.

El cortejo recorría Plocia, San Juan de Dios y Pelota. En esta calle, el obispo descendía del carruaje y al entrar en la plaza Silos Moreno recibía los honores militares por parte de una compañía con banda de música.

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La Catedral de Cádiz

El nuevo prelado penetraba a continuación en la Catedral por una puerta lateral, ya que la principal quedaba reservada para una ceremonia posterior, y rezaba durante un rato en el presbiterio. A continuación marchaba hacia el Palacio Episcopal, donde aguardaban las autoridades y todo el clero de la ciudad. Al entrar en el edificio, recibía de nuevo los honores militares establecidos.

Ocupado el trono episcopal, el obispo daba a besar su anillo y fijaba el día de entrada solemne a la Catedral, que también era objeto de un estudiado y meticuloso ceremonial.

(José María Otero)



353.- LAS DELICIAS DE MARTÍNEZ

28 09 2010

Así llamaban los gaditanos a lo que luego sería el parque Genovés. Hasta que llegaron las grandes desamortizaciones, en el siglo XIX, la ciudad de Cádiz apenas contaba entre sus murallas con amplios espacios para el paseo. Uno de estos lugares era el jardín de las Delicias, una pequeña alameda con asientos de mampostería situada al final de la plaza del Mentidero. La escasa vegetación de ese lugar hacía que los gaditanos lo conocieran despectivamente con el nombre de ‘paseo del Perejil’.

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Imagen antigua del actual parque Genovés

Malo o bueno, lo cierto es que hasta 1749 la alameda o paseo del Perejil era el único lugar de esparcimiento para los gaditanos. Pero ese año, un grupo de vecinos propone la construcción de la Alameda, entre la caletilla de Rota y la iglesia del Carmen. Para sufragar los gastos se emplean las recaudaciones de las corridas de toros celebradas en la plaza de San Roque. La ciudad se vuelca con el nuevo paseo y se olvida del Perejil.

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En la imagen, cedida por Juan Torres, puede verse el teatro existente en el interior del parque

En 1852 se nombra comisario de jardines, arbolado y paseos a José Antonio Martínez, un hombre dinámico y emprendedor. Martínez acomete la reforma del Perejil para transformarlo en un jardín digno de Cádiz. Coloca árboles, siembra especies de toda clase, instala bancos y arregla el piso. Amplía el paseo hasta llegar casi a la Caleta y, en pocos años, convierte ese lugar en un sitio encantador. En justa correspondencia, los gaditanos comenzaron a llamar al jardín ‘las Delicias de Martínez’.

Este lugar sería el elegido por el alcalde Valverde para celebrar la Velada de los Ángeles. Más tarde, el alcalde Genovés, emprendería su reforma hasta levantar el parque que lleva su nombre.

(José María Otero)



352. El ‘salón del obispo’ en Río Arillo

27 09 2010

La entrada de un obispo en su diócesis estaba acompañada de un complicado ceremonial, hoy suprimido en su mayor parte. Al ritual de carácter eclesiástico se unían las tradiciones particulares de cada ciudad.

Cádiz no era una excepción y la entrada de un nuevo obispo llevaba consigo el cumplimiento de algunas curiosas tradiciones. Una de ellas era el recibimiento al prelado en el molino de Río Arillo, límite del término municipal.

El nuevo obispo de Cádiz acostumbraba a pernoctar la noche anterior en San Fernando. Muy temprano, el Ayuntamiento isleño bajo mazas, acompañado del capitán general y del gobernador civil de la provincia, recogía al prelado y lo acompañaba hasta el molino de marea situado en Río Arillo. Mientras tanto, el Ayuntamiento de Cádiz, también bajo mazas, con maceros, clarineros y batidores de la Guardia Municipal, subía en unos carruajes en la plaza de San Juan de Dios para marchar hacia Río Arillo.

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A las doce en punto de la mañana, el prelado pisaba el término municipal. El alcalde se adelantaba hasta la puerta del carruaje para dar el discurso de bienvenida. El obispo agradecía el saludo y ambas comitivas pasaban al interior del molino, a un salón cedido galantemente por el propietario de las salinas y que era conocido como ‘salón del obispo’. Allí las autoridades besaban el anillo del nuevo pastor de la diócesis.

Tras descansar durante una hora, el Ayuntamiento de San Fernando se despedía de los presentes y el obispo emprendía el camino hacia Cádiz en un carruaje con el alcalde y el gobernador. La comitiva, precedida por los batidores, llegaba hasta la iglesia de San José, donde daba comienzo otro curioso ceremonial.

(José María Otero)



351.- COSTUMBRES GADITANAS. Los entierros de la Santa Caridad

25 09 2010

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Es piadosa y antigua costumbre acompañar a los seres queridos a su última morada. Esta fue en Cádiz, hasta hace pocos años, el cementerio de San José, en cuyo frontis reza una cita bíblica: “profetiza sobre estos huesos”. Desde tiempo inmemorial, una hermandad gaditana, la de la Caridad, se ocupaba de enterrar a los pobres a su costa. Cuando fallecía un indigente, la Caridad dirigía un aviso por turno a los hermanos, para acompañar a la sepultura al fallecido en la pobreza. La antigua Hermandad de la Caridad ha llegado hasta nuestros días, en la imagen un capítulo en San Juan de Dios con ocasión de la festividad de San Miguel. El distintivo de los hermanos es la tohalla blanca.

capilla-verticalDesde San Juan de Dios, generalmente lugar del fallecimiento de los mendigos sin techo ni familia, partía un cortejo como el que describe Juan Pineda en “Impresiones y recuerdos” en la década de los ochenta del siglo XIX. Al frente un acólito alzaba la manguilla azul de la Hermandad, coronada por el corazón entre llamas de amor y la crucecita. Detrás, en un carro de la más modesta clase de la funeraria, el féretro de la Hermandad con el cadáver. A ambos lados, cuatro faroles portados por uniformados cargadores y detrás el capellán y el hermano que por turno estaba obligado a acompañar al fallecido. Unas veces había familia, las más era un triste y reducido cortejo. La capilla de la Hermandad en la Iglesia de San Juan de Dios, su sede canónica.

La comitiva subía andando la cuesta de San Juan de Dios, pasaba por la plaza de toros, la Cárcel Real y el Matadero, hasta la Puerta de Tierra, donde los acompañantes subían a los carruajes hacia San José. Allí se dejaban los faroles en la capilla, los cargadores portaban el féretro y tras la insignia de la Caridad, seguían hasta la fosa común, lugar donde tras las preces de rigor se daba sepultura al cadáver, sin el féretro, que volvía a usar la Hermandad. Antes de arrojar tierra alguna sobre la cara del cadáver, el sepulturero se la tapaba con un pañuelo. En Cádiz las hermanas de la Caridad siempre proporcionaban un pañuelo para los muertos sin caja fallecidos en San Juan de Dios: “para que no hiciera ofensa la tierra en la cara de los muertos”. Antigua costumbre gaditana, decía Pineda, porque más allá hay otra vida a la que hay que llegar con la cara muy limpia.



350.- FRANCISCO SÁNCHEZ DEL ARCO. El primer periodista gaditano corresponsal de guerra

24 09 2010

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Francisco Sánchez del Arco nació en Cádiz en 1816. Periodista y autor teatral de éxito, fue el editor-responsable del periódico “El Constitucional” y de su suplemento: “Fray Gerundio y su Lego Tirabeque”. Dio a la imprenta en Cádiz obras para teatro entre 1847 y 1851 como “La sal de Jesús”, “La Serrana”, “¡Es la chachi!” y “Tal para cuál o Lola la gaditana”, ésta última, con otras de otros autores, fue el antecedente del arquetipo de nuestra Lola la Piconera. Arriba, el teatro de operaciones de la Guerra de África 1859-1960 donde además de Sánchez del Arco fue corresponsal de guerra Pedro Antonio de Alarcón.

También fue el autor de “Abenabó”, drama histórico; “El cuerno de oro”, ópera cómica; “El rey de Andalucía y guapo Francisco Esteban”, drama o “Urganda la desconocida”, comedia de magia. Además fue durante dos años diputado a Cortes.

prim-verticalMurió en Ceuta en 1860, ejerciendo de corresponsal de guerra para el periódico “El Constitucional” que hemos dicho que dirigía. La fama de iniciar este género en combate, precisamente en esa guerra de Marruecos de 1860, le corresponde a Pedro Antonio de Alarcón, pero se olvida que allí se dejó la piel este periodista gaditano, primero de la larga lista de quienes han perdido la vida a consecuencia de informar desde la peligrosa línea de fuego. Su fallecimiento no fue debido a un hecho de armas sino al cólera que azotó al contingente español en aquella contienda hispano-marroquí, que se desencadenó a finales de 1859. O’Donell estaba en el poder desde el verano anterior y fue la campaña de la toma de Tetuán y la batalla de Los Castillejos. Al lado el general prim, héroe de la batalla de Los Castillejos.

El Comercio, en su número de 8 de abril de 1860, daba noticia del fallecimiento del director del otro periódico gaditano con el que mantenía una reñida competencia y entablado agrias polémicas: “Falleció en Ceuta… el dos de abril de un ataque de cólera fulminante… durante 18 años fue periodista en Cádiz… su pobreza fue hija de su honradez”. Ahí queda eso. Poco después se le rindió un homenaje literario en nuestra ciudad con elogiosas obras de diversos autores, promovido por Adolfo de Castro y el Ateneo, pero tal vez el mejor elogio se lo hizo la competencia. Que no se olvide.



345. ¡QUÉ SUBA EL CÁDIZ! En tiempo de buenos propósitos

18 09 2010

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Septiembre es el mes de los buenos propósitos y de los sueños con ocasión del fin del verano, la vuelta al colegio o al trabajo… Empezamos dietas, estudios, trabajos, colecciones y la liga de fútbol. Nada mejor ante el otoño que desear que este año suba el Cádiz recordando con esta imagen el ascenso a Segunda División de 1955. Los gaditanos lo festejaron de lo lindo, como se ve en la fotografía, y nada mejor que nuestro deseo y propósito de que ustedes lo disfruten al final de la liga. ¡Ese Cádiz………………. joé!



341. EL CEMENTERIO DE LOS INGLESES.

14 09 2010

La fantasía popular aseguraba que la primera persona enterrada en el cementerio de Cádiz era un hombre cuyo exclusivo oficio era afeitar a los negros que los mercaderes de esclavos desembarcaban en las playas de Puntales. Las autoridades eclesiásticas de la época decidieron darle sepultura en un alejado patio perteneciente a la iglesia de San José.

Sin embargo, en 1932, una investigación demostró que no había constancia oficial de dicho enterramiento ya que el primero correspondía al gaditano Miguel María Chacopianete, sepultado el 9 de junio de 1802.

El cementerio de Cádiz contaba con un patio, convenientemente separado del resto, destinado a los no católicos. Sin duda debido a las malas condiciones del lugar, la colonia británica residente en Cádiz decidió adquirir unos terrenos al final del callejón de la Figurina (actual avenida de Portugal), lindando con las vías del ferrocarril, para destinarlo a cementerio.

Según Eva María Prieto, en un documentado estudio sobre el cementerio de los ingleses, los terrenos fueron adquiridos por el cónsul de la Gran Bretaña, Macpherson Brackenbury, hacia el año 1876.

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El cementerio de los ingleses estaba situado al final de la avenida de Marconi, junto a las vías del ferrocarril.

Cien años más tarde los terrenos pasaron a manos del Ayuntamiento de Cádiz, que lo destinaría a parque público. El embajador de la Gran Bretaña llegó a nuestra ciudad en abril de 1976 para formalizar la cesión con el alcalde Emilio Beltrami.

El 13 de mayo de 1978, un anuncio del consulado británico a través de Diario de Cádiz hacía saber que los restos de los allí enterrados serían trasladados al cementerio municipal si antes no eran reclamados por sus familiares.