Gente y habitantes de Cadiz » Flamenco

350.- FRANCISCO SÁNCHEZ DEL ARCO. El primer periodista gaditano corresponsal de guerra

24 09 2010

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Francisco Sánchez del Arco nació en Cádiz en 1816. Periodista y autor teatral de éxito, fue el editor-responsable del periódico “El Constitucional” y de su suplemento: “Fray Gerundio y su Lego Tirabeque”. Dio a la imprenta en Cádiz obras para teatro entre 1847 y 1851 como “La sal de Jesús”, “La Serrana”, “¡Es la chachi!” y “Tal para cuál o Lola la gaditana”, ésta última, con otras de otros autores, fue el antecedente del arquetipo de nuestra Lola la Piconera. Arriba, el teatro de operaciones de la Guerra de África 1859-1960 donde además de Sánchez del Arco fue corresponsal de guerra Pedro Antonio de Alarcón.

También fue el autor de “Abenabó”, drama histórico; “El cuerno de oro”, ópera cómica; “El rey de Andalucía y guapo Francisco Esteban”, drama o “Urganda la desconocida”, comedia de magia. Además fue durante dos años diputado a Cortes.

prim-verticalMurió en Ceuta en 1860, ejerciendo de corresponsal de guerra para el periódico “El Constitucional” que hemos dicho que dirigía. La fama de iniciar este género en combate, precisamente en esa guerra de Marruecos de 1860, le corresponde a Pedro Antonio de Alarcón, pero se olvida que allí se dejó la piel este periodista gaditano, primero de la larga lista de quienes han perdido la vida a consecuencia de informar desde la peligrosa línea de fuego. Su fallecimiento no fue debido a un hecho de armas sino al cólera que azotó al contingente español en aquella contienda hispano-marroquí, que se desencadenó a finales de 1859. O’Donell estaba en el poder desde el verano anterior y fue la campaña de la toma de Tetuán y la batalla de Los Castillejos. Al lado el general prim, héroe de la batalla de Los Castillejos.

El Comercio, en su número de 8 de abril de 1860, daba noticia del fallecimiento del director del otro periódico gaditano con el que mantenía una reñida competencia y entablado agrias polémicas: “Falleció en Ceuta… el dos de abril de un ataque de cólera fulminante… durante 18 años fue periodista en Cádiz… su pobreza fue hija de su honradez”. Ahí queda eso. Poco después se le rindió un homenaje literario en nuestra ciudad con elogiosas obras de diversos autores, promovido por Adolfo de Castro y el Ateneo, pero tal vez el mejor elogio se lo hizo la competencia. Que no se olvide.



343. FOTOGRAFÍAS PARA EL RECUERDO. El ‘Pay-pay’ y la plazuela del Tío de la Tiza.

16 09 2010

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255. JUAN MARTÍNEZ VILCHES. Pericón de Cádiz

18 05 2010

Pericón_1En una entrevista en Diario de Cádiz, Juan Martínez Vilches revelaba el origen del mote ‘Pericón’. Siendo un niño de cuatro años quería ser picador y jugaba con los amigos con un castoreño y una puya. Con su media lengua decía ‘pericaón’ y los amigos terminaron por llamarlo ‘Pericón’.

El que sería enorme cantaor gaditano nació en la calle Vea Murguía en 1901. Con diez años vendía caramelos en las calles pregonando con sus cantes la mercancía. Perico Pavón lo escuchó y lo llevó a Puerto Real para que actuara en un café por seis pesetas la noche.

Poco a poco la fama de Pericón fue extendiéndose por toda Andalucía y fue contratado en el ‘Olimpia’, de Sevilla. Allí lo escuchó Concha Piquer, que lo contrató para su espectáculo ‘Las calles de Cádiz’, que estuvo cinco años en los teatros de la capital de España. Pericón ganó en 1936 el Concurso Nacional de Ópera Flamenca, celebrado en el Price de Madrid. Grabó la primera antología del cante flamenco y la primera misa flamenca. Durante muchos años actuó en la sala ‘Zambra’ de Madrid, hasta que en 1968 decidió retirarse del cante y regresar a su Cádiz natal.

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Pericón el día que se descubrió una lápida en la fachada de su casa natal. A la guitarra, Paco de Lucía

En 1969 se le ofreció un homenaje con la colocación de un lápida en la fachada de la casa donde nació. Ese día cantó admirablemente acompañado a la guitarra por Paco de Lucía.

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Pericón de Cádiz con  su hijo el fotógrafo de Diario de Cádiz, Juman.

Sin duda alguna Pericón es uno de los grandes cantaores del siglo XX. Su fama, sin embargo, la obtendría tras la publicación de ‘Las mil y una historias de Pericón de Cádiz’, que publicara José Luis Ortiz Nuevo. Falleció en Cádiz el 22 de noviembre de 1980. Estaba casado con Rosario Neto y era padre de cuatro hijos, entre ellos Antonio ‘Pericón’, y el fotógrafo Juman.



231.- GANADOS Y CABESTROS. Curiosidades de las actas capitulares del Ayuntamiento de Cádiz

24 04 2010

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Las actas del Ayuntamiento de Cádiz son uno de los grandes tesoros culturales de nuestra ciudad. Desde 1596, después del saqueo Anglo-holandés, guardan entre sus miles de folios manuscritos, toda la historia de Cádiz, de sus costumbres y de sus gentes, pues los Caballeros Veinticuatro, (concejales) llevaban a los plenos del cabildo desde las salidas de las flotas de Nueva España o de Tierra Firme, hasta los asuntos del comercio o las aduanas y como no, los temas más domésticos del mercado o el matadero. (Arriba, una imagen perdida en la ciudad desde que no hay corridas de toros. Sin embargo contar con el cabestraje era muy importante en la ciudad, no solamente para los festejos taurinos sino también para conducir el ganado de carne hasta la Casa de Matanza).

mataderoFruto de un estudio detallado de ellas y aplicándolas el método heurístico de investigación histórica, pude descubrir que el toreo a pie, la llamada «Fiesta Nacional», se inició en Cádiz, en la plaza de San Antonio, en 1661, (Libro 33, Folio 213), setenta años antes de su aparición en Sevilla o Madrid. De esta forma Cádiz cuenta con el título de «cuna del toreo», uno más y no el menor, de entre los muchos que ha alcanzado entre sus pasadas grandezas. Los toros que se lidiaban en Cádiz, pastaban unos días en la dehesa de Soto (actual Campo Soto), alquilada por nuestro Ayuntamiento en la Isla de León y desde allí eran conducidos hasta Cádiz por los «encerradores» gaditanos, valiéndose de un cabestro que abría el cortejo. «Vara de encerrador», fueron entre otros, Alonso de Ortega, su hijo Juan y su nieto el famosísimo Laureano Ortega, y a su muerte, en los años de la francesada, el gran torero Jerónimo José Cándido. Obtenían pues la «Vara de encerrador» de la ciudad de Cádiz, los más famosos picadores españoles del siglo XVIII e incluso entre los matarifes de la Casa de Matanzas matadero), que siempre estuvo junto a la Cárcel Real, había picadores que se estrenaban allí mismo, como nos relata el padre Labat en su viaje a Cádiz. (La legendaria Casa de Matanza de Cádiz, cuna del toreo y del flamenco en Cádiz y lugar de empleo de los gitanos del barrio de Santa María ya que el sacrificio y despiece de las reses fue considerado un oficio infamante por manchar las manos de sangre, y por ser un emploe impropio de cristianos viejos, dio lugar a que trabaran con la “jifa” mestizos, mulatos y gitanos, personas desfavorecidas en aquellas épocas).

mellizoEl matadero de Cádiz fue «caldo de cultivo» de grandes artistas del toreo y del flamenco. Los Lavi, el Cuco, el Marinero, Agualimpia, Enrique el Mellizo o Curro Dulce por citar a los más conocidos, trabajando, viviendo y derramando su gracia y su arte, en el corazón del barrio de Santa María. Esto también es historia de Cádiz. En las actas del Ayuntamiento del año 1810 (Libro 166, folio 337 vuelta y 338), se cuenta una queja del recaudador de hacienda municipal contra el encerrador del ganado que venía de la dehesa de Soto por el camino de la escollera. Dicho vaquero, refrenaba el ganado antes de su entrada por la puerta central de las Puertas de Tierra, (no existían entonces los grandes arcos laterales) y dejaba que el cabestro entrara casi en solitario. Luego aguijoneaba al ganado para que entrara en tropel, dificultando así las tareas de recuento del recaudador de hacienda municipal. Pura picaresca gaditana pagada posiblemente por los «tablajeros» (carniceros) de la ciudad. (Enrique el Mellizo trabajó en el matadero de Cádiz y como puntillero en las plazas de toros).

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(Guillermo Boto Arnau, autor de este artículo, que ha investigado el pasado flamenco y taurino de Cádiz).

En las actas de 1811 (Libro 168. Folios 35 a 38, 270, 369 y 518), se da cuenta del robo cabestro o al menos de su desaparición. Desde entonces el Ayuntamiento abandonó la dehesa de la Isla de León y el ganado entró en barco, como nos refiere don Ramón Solís en «El Cádiz de las cortes». A pesar de ello, no se crea que los toros eran desembarcados en el muelle. Su destino era algún punto de la bahía, en extramuros, y seguían entrando a tropel hacia el matadero de San Roque, para desesperación del recaudador del Ayuntamiento. Es curioso saber que la Junta de Regencia, domiciliada entonces en la sitiada Cádiz, daba licencia «para extraer ganado, vino…, etc. del país ocupado por el enemigo». Por la concesión de estas licencias, a los patriotas que se atrevían a robar a los franceses, se les cobraba un arbitrio. Cádiz no pasó nunca hambre durante el sitio de Napoleón, e incluso la Regencia dictó un bando «declarando el estado de bloqueo» a la costa ocupada por el enemigo. Como bien señala Solis, Cádiz ha sido la única ciudad en la historia que estando sitiada, declarara el estado de bloqueo a sus sitiadores». Son cosas de Cádiz. (Guillermo Boto Arnau)



201.- SANTIAGO DONDAY. Fraguando el cante

20 03 2010

portada-VSantiago Sánchez Macías ha sido uno de los grandes del flamenco, figura histórica del cante de Cádiz, una personalidad irrepetible que nos dejó en mayo de 2004. Nacido en 1932, un 11 de enero, fue bautizado en la Catedral vieja y muy pronto comenzó a trabajar en la fragua paterna, en el barrio de San José, muy cerca del cementerio. En la fragua, en un local de la familia Sánchez Rodríguez, cosario de Puerta Tierra, aprendió el cante a compás de sudor y trabajo. Sus padres, Seis Reales y María la Sabina también cantaron por derecho los antiguos aires flamenco. La sangre del mítico siguiriyero jerezano Farrabú, su tío abuelo, alimentaba el incipiente cante de Donday que ya con doce años formó una minúscula compañía con Conchita Aranda y Cascarilla, haciendo giras por la Cuesta de la Jabonería. Entonces Santiago tenía un nombre artístico con raíz en el Matadero: El Cohete. La voz de aquel niño rompió en un eco afillao y flamenquisimo, precioso. Aficionados y artístas nunca han dejado de reconocer la belleza del rajo de Donday. (El recordado genio del cante, en una de sus últimas actuaciones. A la guitarra, otro artista que siempre tuvo gran devoción a los cantaores gaditanos y que apostó por Santiago: Paco Cepero).

Morrongo-VCon esa cuna, con esa sangre vieja regando sus venas, con esa escuela de la fragua y con la tradición flamenca de Cádiz mamada en los adoquines del barrio, por fuerza tenía que surgir un genio y llegar a las máximas alturas del flamenco. Pero Donday, que se había licenciado cum laude en el arte flamenco en las aulas de El Mentidero oyendo a Rosa la Papera y a Antonio Guerrero nuca quiso dar el paso a profesional, prefirió la seguridad del trabajo en la fragua escarmentado en cabeza ajena, según contaba, de algunos cantaores que habían terminado en la miseria en aquellos difíciles años: “Antes casi todos los que vivían del cante se morían de hambre en una esquina. Yo lo tenía seguro” dijo. En casa doce hijos que alimentar le irían dando la razón. (El disco “Morrongo”, la gran obra final de Santiago Donday, colofón de su trayectoria y un verdadero tesoro para los aficionados al flamenco).

puroyjondo2-VContumaz, renunció a muchas ofertas, incluso una ya legendaria del marido de Concha Piquer, el matador de toros Antonio Márquez. Pero como el decía, de vez en cuando se quitaba la tizne y se iba de juerga, a los cuartos. Comenzó un culto secretista a su figura, de aficionados muy cabales y su figura, la pureza de su cante y los viejos sonidos y estilos que afloraban de su garganta fue cobrando un relieve singular. En su madurez por fin, comenzaron sus contadas actuaciones en público, escasas apariciones televisivas y circulaban como alhajas cintas y vídeos de Santiago. Por fin un disco, en 2003, “Morrongo”, poco antes de su muerte. (Otra de las huellas del cante de este artista fraguero, dueño de una de las voces más flamencas de la historia del cante gaditano).



200.- GADITANOS EN 1816. Una tienda de montañés en Cádiz

19 03 2010

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Publicamos un artículo del “Boletín Oficial de Madrid de 1833, el 16 de julio de ese año, titulado “Una tienda de montañés de Cádiz” que firmó Ángel Iznardi con el seudónimo de “El Mirón” sobre el que hizo un espléndido estudio José Escobar Arronis. Un interesantísimo testimonio sobre la vida y costumbres de los gaditanos en la época del Cádiz inmediatamente posterior al sitio francés y el periodo constituyente.

fernando-VII-verticalSerían las diez de una de las noches del mes de mayo de 1816, cuando estaba cerrando el correo en su escritorio de la calle de los Doblones don Pedro Fernández, dependiente de comercio de la casa de… a quien por familiaridad y cariño llamaban Perico sus amigos y apasionados, que los tenía muchos y buenos, merced a su genio alegre y decidor. Este establecimiento, uno de los más activos y ricos antes de la revolución americana, había venido tan a menos que de siete buques de cruz que hacían antes el comercio por cuenta de la casa con la Guaira y Puerto-Cabello, sólo conservaba ésta dos místicos para hacer el tráfico de cabotaje con los puertos de la Península, y de nueve dependientes y tres corredores del número que sacaban su holgada subsistencia y la de sus familias de los negocios y utilidades que la misma les proporcionaba, solo se sentaban en los banquillos de pino del desierto escritorio el dependiente que ya conoce el lector y que a los veintiocho años de su edad reunía un genio naturalmente chistoso, como lo son la mayor parte de los gaditanos, con un carácter alegre y divertido, y enfrente de él, al otro lado de la carpeta (que en Madrid se llama pupitre), asentaba las cuentas por partida doble otro que hacía la veces de tenedor de libros, en todo menos en el crecido sueldo que otro tiempo se pagaba en Cádiz a los de esta profesión; este tal, aunque no tan alegre como su compañero y con siete años más de edad, era de aquellos hombres que ni inventan modos de divertirse ni se niegan a tomar parte en ninguna diversión que se presenta. Precisamente esto era lo que cuadraba a la afición activa y creadora de Fernández: una persona que se dejase llevar y segundase con su cooperación los proyectos de su propia invención.

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-Sabes lo que me ocurre -dijo el secretario al contador poniendo ya la oblea y el sello a la última de las cartas- que supuesto que hemos acabado temprano el correo, nos vayamos de aquí a la tienda de la Verónica; allí encontraremos, si es que ya no se han ido a la feria de Chiclana, a Pepe y a Frasquito, y reunidos en amor y compaña tomaremos unas tajadas de pescado frito caliente y brindaremos con sendas cañas de manzanilla a la salud de la franquicia del puerto, que dicen va a conceder el Rey a Cádiz antes de mucho.

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-Dios lo haga -repuso don Casiano, que éste era el nombre del tenedor de libros- porque te aseguro que da pena ver la soledad y la tristeza de esa puerta de Sevilla de donde se veían salir en otro tiempo para la aduana, cuando andaba el comercio, docenas de carros cargados de oro y plata acuñada y de frutos preciosos, como añil y cochinilla, que valen tanto y más que los pesos duros mejicanos; entonces significaba esta casa con siete cifras el movimiento anual de su comercio; pero yo soy de opinión -continuó llevándose la mano derecha a la cabeza, movimiento adquirido por la práctica de ponerse la pluma detrás de la oreja- que aunque no sea cierto lo del puerto franco nos vayamos, como dices, a la tienda de montañés, pero cuidando de entrar por la puerta lateral de la casa-puerta, porque no parecería bien que dos personas decentes entrasen descaradamente en una taberna.

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Aún no había acabado de decir esto el sesudo tenedor de libros, y ya estaban mis dos gaditanos en la calle de la Carne, que les dio paso para llegar en un santiamén a la deseada tienda de vinos; pasaron por entre las dos filas de botas o cuarterolas pintadas con sendos jeroglíficos; y llegando a un cuartito interior reservado para los caballeros, empezaron a embaular pescadilla frita con sus correspondientes aceitunas gordales y a beber en menudos tragos la dorada manzanilla, que si se ha de dar crédito al robusto montañés, no la había más clara ni mejor en todo el término de San Lúcar (sic) de Barrameda. Llegarían a la quinta cañita, servidas todas por medios vasos, cuando apareció por la puerta el calavera de Frasquito fumando un puro de la vuelta de abajo y repartiendo bocas de la isla a cuantos encontraba al paso.

-¿Pues y Pepe? -le preguntó Perico viendo que venía sin el compañero.

-Quién cuenta con Pepe para nada; si os tengo dicho que Pepe es un gallina, figúrate un hombre que dice que no se ha achispado en su vida. Allí se queda en la confitería de Cosi poniéndose de dulces hasta los topes; en fin, es hombre de aquellos que por un merengue o por una peregrina de yema dejará todos los vinos del mundo.

-¡Pobre hombre! -exclamó apurando el vaso el honrado don Casiano.

gitanilla-horizontal-Mas ¿para qué nos hace falta? -continuó el recién llegado- cuando ustedes acaben ahí nos vamos en casa de doña Cornelia y allí oirán vmds. cantar una cachucha a su sobrina Pepa, que es una muchacha que tiene todo el salero del barrio de la Viña; cabello y ojos más negros que el azabache, cintura que cabe aquí (y juntaba los cuatro dedos índices y pulgares), pecho que no se encuentra pañuelo que le baste en todas las tiendas de la calle de Juan-de-Andas, pie como un dije y pierna hecha a torno.

-Que me place -dijo Fernández, el cual siempre se hallaba dispuesto a todo lo que fuese broma y jaleo- esa Pepa ¿es una que vive en la calle de la Bomba?

-No, hombre, ¿estás en tu juicio? ¿Os había yo de llevar a una casa de la calle de la Bomba? Vive en la calle del Hércules y muy pronto se va a mudar a la del Fideo. Don Casiano, ¿quiere usted venir?

-Yo no descompongo función; siempre tengo abierta la cuenta corriente de las bromas para asentar cuantas partidas vayan cayendo; vamos allá enhorabuena, pero antes, ¡Montañés! -llamando al de la tienda que se presentó al instante-, enjuague usted esos cristales y repita usted la convidada.

merinoHízolo el montañés con su acreditada actividad, y bebida y pagada por los concurrentes aquella última refacción, salieron más alegres que unas castañuelas, dirigiéndose por la plaza de S. Antonio y la calle del Veedor hacia la casa de la buena doña Cornelia; mas al llegar a la esquina de la plazuela del Mentidero notaron que había en medio de la calle por donde tenían que pasar una cuadrilla de mozos con capa cantando la caña y las playeras al estilo del país, con su correspondiente guitarra, que es lo que se llama correrla en algunos pueblos de Andalucía. Paráronse los tres hasta reconocer el terreno con la vista y a poco oyeron que empezó a tocar el de la guitarra el acompañamiento de la tonada del Polo y cantó uno de los músicos con gruesa voz y con gentil talante la siguiente copla dirigida a cierta hembra de la calle:

Si supiera o entendiera

que el sol que sale te ofende,

con el sol me peleara

y al mesmo sol diera muerte.

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Trazas llevaban los de la música de no acabar tan presto, visto lo cual por nuestros galanes y considerando prudentemente que sería algo ocasionado el atravesar por medio de los que cantaban a tales horas y por tales barrios, no yendo, como no iban, prevenidos para pelear nuestros comerciantes, volvieron grupas y, rodeando la manzana, bajaron por la calle llamada del Ángel y se entraron en casa de doña Cornelia, diciendo con tono de desprecio mientras subían la escalera:

-Valientes personajes serán los tales musiquillos, ¡algunos mercaderes de la calle del Sacramento cuando más y mucho!

bombaLa doña recibió al Sr. D. Frasquito con aquella alegría de quien ve llegar a su casa a un antiguo parroquiano o marchante, como dicen en Cádiz, y sentados todos en la sala empezó a circular la guitarra por los concurrentes, tan dulcemente entretenidos aquella noche que cuando recordaron asomaba ya el sol su radiante cabellera por entre las espumosas ondas del Atlántico. La narración prolija del sarao de doña Cornelia podrá ser materia de otro artículo. (El Mirón).



186.- FALLA, LORCA, PICARDO.

5 03 2010

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Publicamos un fragmento de un espléndido trabajo del escritor portuense Luis Suárez Ávila, al hilo de la reciente nótula de Agustin “El Melu”. Suárez escribió este trabajo en 1998, que contiene no pocas referencias de Agustín Fernández y de la tradición flamenca de Cádiz y los puertos. Luis Sárez guardó gran amistad con quine fue figura clave en la cultura urbana de la ciudad en el siglo XX. (En la foto, Manuel de Falla y Matheu)

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Federico García Lorca 

Quedó demostrado que Granada no era la cuna. Falla, Lorca, y todos los intelectuales que promovieron el Concurso de Cante Jondo, se equivocaron. Ni Granada era la cuna, ni Granada tenía nada que decir en cuestión de cante. La misma preparación del concurso estuvo orientada a salvar del alma popular, algo que no era popular. Ya lo había dicho, en 1881, “Demófilo”. Entre los muchos errores estuvo el de tratar de enseñar a cantar, unas semanas antes del Concurso, mediante placas de gramófono, a los aficionados granadinos. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir: que ganaron los premios el casi niño Manolo Caracol, que llevaba a sus espaldas toda la genealogía cantaora de Cádiz y de Sevilla que fueron los Ortega, y Diego Bermúdez Cala, “El Tenazas”, natural de Morón de la Frontera, viejecito, cuarterón por Bermúdez, aquejado de un dolencia de pulmón por mor de una antigua puñalada, cantaor que había bebido en las fuentes de Silverio y, a través de él, de las de El Fillo.

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Manolo Caracol con su padre, Manuel Ortega, que fue el Napoleón de los mozos de espadas, y que le sirvió los estoques a José Gómez Ortega “Gallito”.

Lo de Frasquito Yerbabuena, o lo de “La Gazpacha” no fueron más que unas anécdotas. Don Francisco de Paula Valladar, cronista oficial de la provincia de Granada, ya lo había advertido en la revista “Alhambra”, en febrero de 1922: “Soy entusiasta de la fiesta de los cantos populares granadinos, pero dejémonos del cante jondo. Corremos, no lo olvide el Centro, el peligro gravísimo de que esa fiesta pueda convertirse en una españolada”. Pero el Centro Artístico Granadino, anunciaba en el Defensor de Granada, el 11 de mayo de 1922, el establecimiento de una “Escuela de Cante Jondo”, con toda urgencia, que “había comenzado a funcionar con gran animación…contándose para las enseñanzas con un excelente gramófono y una rica colección de discos del clásico cante”. ¡Buena forma de resucitar lo tradicional!.

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Álvaro Picardo con José María Pemán, en las carreras de caballos de la playa Victoria.

Falla, para apoyar al concurso de Granada, se puso en contacto con su amigo el mecenas, erudito y bibliófilo gaditano Álvaro Picardo Gómez y le sugirió organizar en Cádiz un Concierto de Cante Jondo. Éste se celebró en la Academia de Santa Cecilia el 18 de junio de 1922 y comenzó a las nueve de la noche. Picardo organizó y costeó el “concierto” y, como es lógico, no tuvo que enseñar a cantar a nadie.

mellizo-vSe limitó a buscar a quienes eran portadores de la tradición: a los hijos de Enrique “El Mellizo”, a Antonio Jiménez y a Enrique Jiménez “Er Morsilla”. El tocaor fue Manuel Pérez “El Pollo”, discípulo de Patiño el famoso maestro gaditano. Alvaro Picardo tuvo de dónde escoger. En cualquier rincón de los barrios de Santa María, del arrabal del Matadero, del Pópulo, de la Viña… Estaban vivos, además, Soléa la de Juanelo, Diego Antúnez, Enrique y Luisa Butrón, Ignacio Espeleta y su hermano El Pollo Rubio, Rosa La Papera, Juan El Caoba, Chele Fateta, Aurelio, Manuel Ortega, Chiclanita, Macandé, Charol, Remedios Fernández, Joseíco, Pepe El Límpio, Luis El Compare… todo el estado mayor del cante y del baile de Cádiz. E iba despuntando, en la intimidad de las casas gitanas, toda una constelación que iluminaría, con los años, el firmamento flamenco. En el “concierto” gaditano surgieron, como por ensalmo, cantes que habían estado soterrados, pero que pertenecían a líneas familiares de sus intérpretes y se habían forjado en el solar donde se estaban produciendo: las siguiriyas del portuense Tomás El Nitri, las de los gaditanos Curro Dulce, Andrés “El Loro” y Enrique “El Mellizo”; soleares de Cádiz y de Paquirri “El Guanté”, serranas por el estilo de Tomás “El Nitri”, polos, la caña de “El Fillo”, saetas viejas, martinetes, el romance de Bernardo del Carpio y el del Moro Alcaide (Moro Tarfe) que fue el apoyo literario del enigmático cante por “gilianas”. (Enrique el Mellizo).

chorrojumo-vAquí, en Cádiz, sí que estuvo presente la llama viva de la tradición oral, casera, doméstica, hermética. Por eso, Lorca , al cabo del tiempo, cuando quiere decir algo sobre el cante o sobre los gitanos–se ha escrito– abandona la Andalucía de guardarropía romántica y equívoca de un “Chorrojumo” esperpéntico (autoproclamado Rey de los Gitanos que vendía sus fotos a los turistas de la Alhambra, vestido con marsellés, calzonas abotonadas, catite y polainas de becerro) y el Sacromonte refocilado en mantener una farsa a tono con los visitantes basada en la parodia y en el mercadeo del remedo, y se planta en la Andalucía real, viva y “verdadera” del Observatorio de San Fernando. Su conversión se operó lentamente, pero no cerró en falso. Por lo pronto, la Semana Santa del año 21, la pasan, en Sevilla, Falla, Federico y su hermano Francisco. Allí es donde conocen a Manuel Torre que será luego “el hombre con mayor cultura en la sangre que he conocido” y que sorpende a Falla cuando afirmó que “todo lo que tiene sonidos negros tiene duende”. En Granada, durante el Concurso del año 22, Manuel Torre, prosigue su amistad con Falla y Lorca, porque interviene en algunas fiestas privadas que organizan. Luego, el 27, en “Pino Montano”, el cortijo sevillano de Sánchez Mejías, con la excusa de Gongora, se desemboca en juergas nocturnas a las que acude el cantaor jerezano. (El legendario Chorrojumo, príncipe gitano).

espeleta-vPara mí que es Ignacio Sánchez Mejías quien transfigura a Lorca y lo pone definitiva y visceralmente en contacto con Andalucía La Baja. En Cádiz, Lorca intima con Pastora Pavón, “La Niña de los Peines, “sombrío genio hispánico, equivalente en capacidad de fantasía a Goya o a Rafael El Gallo”, que cantaba en una tabernilla gaditana. En Cádiz, se oficia una reunión flamenca a la que asiste Lorca y “allí estaba Ignacio Espeleta, hermoso como una tortuga romana,…Allí Eloisa, la caliente aristócrata, ramera de Sevilla, descendiente directa de Soledad Vargas, que en el treinta no se quiso casar con un Rothschild porque no la igualaba en sangre. Allí estaban los Florida que la gente cree carniceros, pero que en realidad son sacerdotes milenarios que siguen sacrificando toros a Gerión, y en un ángulo, el imponente ganadero Don Pablo Murube, con aire de máscara cretense”. Por cierto que el inefable Juan Antonio Campuzano, el poeta de Puerto Real muerto hace unos veinte años, afirmaba que los Florida no son otros que los “Melu” de Cádiz, según confesión del propio “Perico El Melu”, y que Joaquín Romero Murube decía que el don Pablo Murube, no existió, que era Don Felipe Murube, el ganadero, el que ya, en el año 21, proporcionó un balcón, en la calle Sierpes de Sevilla, a Falla y a Federico y a Francisco García Lorca para presenciar el paso de la cofradías de la Semana Santa. Años después, el ganadero estuvo en la reunión de Cádiz. (Ignacio Espeleta).

melu-vNo podía ser otro que Felipe Murube, el único que, por sus facciones, podía tener aire de máscara cretense. El mismo Don Felipe Murube que Fernando el de Triana cita como uno de los entendidos en cante en su “Arte y artistas flamencos”, en 1935. Federico va atando cabos y sacando conclusiones, después de lo ocurrido en Granada, después de su conocimiento de Manuel Torre, de Pastora Pavón, de “La Macarrona”, de Chacón… que anduvieron, inexplicablemente, por fuera del Concurso del año 22. Va convenciéndose de aquello que, por fin, dice en una entrevista que le hacen en el “Mercantil Valenciano” en 1935: “Desde Jerez a Cádiz, diez familias de la más impenetrable casta pura guardan con avaricia la gloriosa tradición de lo flamenco…” Ha caído de su peso: diez familias, de Jerez a Cádiz. Lo demás, es abandono ominoso del propio folklore, rico y antiguo, en las otras Andalucías, para pretender, miméticamente, cantar por siguiriyas o soleares, desde que Silverio hace sus giras, o desde que hay placas de gramófono. Dejaron en la cuneta sus rancios fandangos locales, sus “roás”, sus “moscas”, sus “cachuchas” granadinas, sus “chacarrá”, sus “zambras” …–¿Por qué?– para querer tener el atractivo de la Andalucía menos islamizada y más real. (Agustín el Melu con Francisco Jiménez Nondedeu “Pacorro”).

villalon-vYa, en 1862, con motivo del viaje de Isabel II a Andalucía, se aprecia la diferencia. En la “Crónica del viaje de SS.MM. y AA.RR. a las Provincias Andaluzas…”por Don Francisco María Turino, se escribe que, durante la estancia de Isabel II en Granada: “A eso de las diez de la mañana una comparsa de gitanos estuvo bailando frente a palacio, ofreciendo cuadros y escenas características que marcan la debida distinción entre los zíngaros (?) de la Andalucía baja y los de las Alpujarras”. Antoñito el Camborio es un nombre verdadero; “El Amargo” es un apodo oído. Pertenecen ambos a personas que han sido transculturadas poéticamente por Lorca. Son, Antoñito el Camborio y “El Amargo”, nombres sonoros, poetizables. Como escriben Allen Josephs y Juan Caballero, “cuando el poeta precisa que su Antoñito el Camborio es el prototipus del veritable gitano, no es porque ha poetizado al gitano verídico de ese nombre que vivió en Chauchina, un pueblo cerca de Fuentevaqueros, sino porque ha dado su nombre de Antoñito el Camborio a una personificación poética de algún miembro de una de esas diez familias”. Caso parecido sucede con “El Amargo”. Federico recordaba y dejó escrito: “Teniendo yo ocho años y mientras jugaba en mi casa de Fuente Vaqueros se asomó a la ventana un muchacho que a mí me pareció un gigante y que me miró con un desprecio y un odio que nunca olvidaré y escupió dentro al retirarse. A lo lejos una voz lo llamó: “”¡Amargo, ven!””…Esta figura es una obsesión en mi obra poética. Ahora ya no sé si la vi o se me apareció, si me la imaginé o ha estado a punto de ahogarme con las manos…” Y Lorca se venga de esta obsesión, emplazándolo, como los Carvajales a Fernando IV. Sin embargo cuando recurre, en sus Viñetas flamencas, a Silverio Franconetti o a Manuel Torre, está tratando nombres y personajes reales, estantes y oficiantes en su medio natural. “De Jerez a Cádiz”, que es lo mismo que han acuñado los flamencos en el dicho de que “De El Cuervo para abajo está el ajo”. O el exabrupto del ganadero, poeta, espiritista y teósofo, Fernando Villalón-Daoiz Halcón, Conde de Miraflores de los Angeles: “El mundo se divide en dos partes: Cádiz y Sevilla”. Evidentemente eran el horizonte de su espacio vital y el perímetro donde se forjan las manifestaciones que, con razón o sin ella, llegan a ser la carátula tópica de la españolidad. No debe olvidarse la amistad entrañable de Villalón con Lorca, desde que fueron presentados por Ignacio Sánchez Mejías: “Federico, aquí te presento a Fernando Villalón, el mejor poeta novel de Andalucía”. ((Fernando Villalón).

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Coches de caballo en la antigua parada de la estación. En Cádiz las reuniones de aficionaddos al cante iban de venta en venta en estos oches, con los artistas.

Porque, a raíz de todo eso, para Lorca, la “ciudad de los gitanos” es Jerez de la Frontera y lo tiene grabado, indeleblemente, en su memoria (”Que te busquen en mi frente”), y el “locus” flamenco por excelencia, “Las calles de Cádiz”. Las juergas, en Cádiz, eran ambulantes, en coches de caballo, por las calles, con paradas señaladas, puntuales y gloriosas en tabernas, colmados y ventorrilos de extramuros. Así, “Las calles de Cádiz”, titula el espectáculo que, con Ignacio Sánchez Mejías, estrenan en el Teatro Español de Madrid, el año 32. En él figuran nada menos que Ignacio Espeleta, El Niño Gloria, Rafael Ortega, Juana La Macarrona, La Malena, La Geroma, Manolita Maora, Pablito y Gineto de Cádiz, Adelita la de Chaqueta… la flor y nata del flamenquerío bajoandaluz. Y la Argentinita y Pilar López.

LORCA Y AGUSTIN EL MELU

Agustín decía que conoció a Lorca. Su hermano Perico afirmaba que los “Florida” eran ellos mismos, los “Melu”, a quienes Federico había conocido en un fiesta que se organizó en Cádiz. Juan Antonio Campuzano decía lo mismo. Yo no sé si sería verdad o no. Agustín Fernández López, “El Melu”, por los años 60, era ya sexagenario. Es decir que iba más o menos con el siglo. Había nacido en Cádiz, en una familia gitana, como Dios manda. Por Fernández descendía de su abuelo Pedro Fernández Piña, “El Viejo de la Isla”, y su tía abuela fue María Fernández Piña, “María Borrico”, dos impresionantes siguiriyeros. Por Fernández, era primo segundo de Ramón Medrano Fernández, gitano, concesionario del carro de la carne, que conocía toda la escuela de cantes de Sanlúcar. Por López, Agustín descendía de los López de El Puerto de Santa María, una familia gitana apodada “Tabares”, matarifes y carniceros, de los mismos López que el de Juan José Niño López, el mayor romancista andaluz, gitano, nacido en El Puerto en 1859 y hermano de otro romancista y rancio cantaor: Manuel Sacramento Niño López, tatarabuelo –¡lo que son las cosas!– de Josemi Carmona Niño, el de “Ketama”. Toda la familia de Agustín, su padre y sus hermanos, José y Perico, fueron tablajeros, carniceros, y además, Agustín, novillero, sobresaliente en numerosos “mano a manos”, criador y exportador de gallos de pelea, cantaor y dueño de una taberna, santo lugar gaditano de la flamenquería, llamada “El Burladero”. Su hermana Milagros, bailaora, se casó con el guitarrista Víctor Rojas Monje, hermano de Pastora Imperio. ¡Qué razón tuvo Federico cuando concluyó con que sólo son diez familias de la más impenetrable casta pura…! ¡Desde Jerez a Cádiz!. Ahí, en Agustín, hay una muestra de la endogamia y de la avaricia con que han guardado la tradición de lo flamenco. Pues Agustín decía haber conocido a Lorca, cosa que pude averiguar, e impartía, como he escrito ya, en otra ocasión, su “edición crítica oral” del “Romancero gitano”, en su cátedra de la calle Columela, en el Bar Andalucía, dentro, al lado de una de las ventanas, la de la izquierda, según se mira la fachada, en la tertulia que mantenía con José Brea, que había sido novillero, gallero de postín y buen aficionado al cante, con otros cuantos no menos aficionados y los que por allí recalábamos.

gineto-vEn el Bar Andalucía, en la terraza, se sentaba también José Espeleta, hijo de Ignacio, que tenía por oficio pegar carteles de toros o de lo que fuera y rezaba en las tarjetas que repartía, como su profesión: “Fijador de propaganda mural”. Digno hijo de su padre, porque, para más identidad, cantaba con gracia y sabor inenarrables las cosas de Ignacio. (Pablito de Cádiz y Gineto, que actuaron en el espectáculo “Las calles de Cádiz” que promovió Ignacio Sánchez Mejías).

Agustín “El Melu”– no se sabe de dónde lo había aprendido–, decía que el “Romancero gitano” era un libro “mitológico y arcano”. Y lo decía con propiedad. Afirmaba conocer el secreto de muchas imágenes y metáforas del “Romancero” de Lorca que habían escapado a la crítica literaria más circunspecta. Y lo acreditaba. Por ejemplo, después de hacer un breve discurso sobre el culto a la virginidad de las muchachas de su raza, de la ceremonia ancestral de la boda, en que, de madrugada, una vieja gitana, la torera o matadora, doblando sobre un dedo un pañuelo blanco de seda, comprobaba la doncellez de la desposada, la desfloraba y, los restos sanguinolentos del himen, quedaban, tal cual tres rosas, en el pañuelo desplegado; después de contar el júbilo de la comunidad gitana, por la comprobación de la virginidad de la novia, a la que se le subía en volandas, se le vitoreaba, se le aclamaba y se le colgaban las toronjas en el cuello y se le echaban cantidades verdaderamente industriales de almendras peladillas.

lorcaEntonces se entonaba el canto cuasi sagrado de la alboreá: “En un verde prado/ tendí mi pañuelo;/ nacieron tres rosas/ como tres luceros”; “Esta noche mando yo/ mañana, mande quien quiera,/ esta noche voy a poner/ por las esquinas banderas”. Después de explicar todo eso, Agustín decía: “Verde que te quiero verde”, equivale a decir “Virgen que te quiero virgen”. Sagaz interpretación de quien, como los de su raza, compara la virginidad de sus mocitas con el verdor de un prado. Y continuaba: “El barco sobre la mar/ y el caballo en la montaña, porque la virginidad es que cada cosa esté en su sitio”. A renglón seguido, por ejemplo, la emprendía con el romance de “San Gabriel”, donde Lorca escribe: “El niño canta en el seno/ de Anunciación sorprendida./ Tres balas de almendra verde/ tiemblan en su vocecita”, porque, decía “El Melu”, “las almendras que se le tiran a las novias gitanas son símbolo de la fecundidad”. Verdad, le dije yo, que había leído, por aquellos entonces, “La rama dorada” de Frazer que decía que “la almedra hace concebir a las vírgenes; basta con ponerlas en su regazo”. O que “los frigios representaban al padre de todas las cosas en forma de almendro. El almendro es el símbolo de la virilidad fecundante que engendró a Atis”. Cuando la emprendía con los versos “¡Oh ciudad de los gitanos!/por las esquinas, banderas…”, sacaba a colación la letra de la alboreá “…/…/esta noche voy a poner/ por las esquinas banderas”. Volvía con lo de “Alrededor de Thamar/ gritan vírgenes gitanas/ y otras recogen las gotas/ de su flor martirizada./ Paños blancos enrojecen/ en las alcobas cerradas…” Y explicaba cómo Tamar era una mártir de la virginidad, como Santa María Goreti, y que las gitanas recogieron su virgo en un pañuelo blanco, en la alcoba, sin que los extraños pudieran entrar, como en las bodas gitanas. Una vez, decía “El Melu”, vino aquí, a Cádiz, un doctor del Instituto Pasteur, de Francia, y confirmó que la saliva es el mejor curativo para las heridas, los rasguños y los eczemas. Fíjate que a los niños las madres les ponen saliva y le dicen: “Sana, sana/culito de rana;/ si no sanas hoy,/ sanarás mañana”. Pues Lorca coge eso y dice: ” La Virgen cura a los niños/ con salivilla de estrella”, porque la saliva, mojada, da reflejitos, como estrellas y porque la saliva es de la Virgen, es saliva del cielo, como las estrellas. De “las altas barandas” y “los barandales de la luna”, decía Agustín que había que tener en cuenta que en el cielo hay barandas y balcones, como se desprende del romance de Santa Catalina, “Por las barandas del cielo/ se pasea una zagala…” y el villancico de que “En el cielo se alquilan balcones/ para una boda que se va a hacé;/ que se casa la Virgen María/ con el Patriarca Señó San José”. Agustín todo esto lo decía con autoridad, remarcando las frases, dándole el son al verso, creyendo lo que contaba, misteriosamente. (Luis Suárez Ávila).



179.- AGUSTÍN FERNÁNDEZ “MELU”. Un aristócrata flamenco

26 02 2010

meluverticalportadaTodavía hay quien espera encontrar a Agustín el Melu en la barra del Manteca -con su melancólica mirada escondida detrás de esas gafas que le traspasó nada menos que Aristóteles Onassis en un muelle de La Guaira- y aventurando de qué barriga se había escapado ese gato que siempre se encaramaba al saco de papas viejas de al lado de la puerta.  Aristocracia flamenca pura. Una melancólica mirada perdida en el Cádiz de otro tiempo porque Agustín fue el último de una estirpe en la que los cuatro puntos cardinales eran el cante, los gallos, el toreo y un puesto en la plaza con Cádiz en el norte magnético. (La última imagen de Agustín “El Melu”, una personalidad entrañable en el Cádiz del Siglo XX, flamenco de estirpe y un gaditano muy querido a quien se echa de menos).

melujovenverticalA los 16 años quiso ser torero y hay una historia confusa de sus andanzas en los ruedos entre 1929 y 1933. No se sabe si es cierta su famosa actuación que en una sola frase resume cartel y el resultado: “¡Camará! ¡Que rebujina formó el Melu!” o aquel toro vivo de Tetuán de las Victorias que hablaba y se comía los toreros a bocados: “todavía está padreando el cabrón” contaba Agustín cuarenta años después. Ese era Agustín evocando sus andanzas en los ruedos. Lo que sí que fue es aficionado y bueno, que no dudaba en levantarse en el tendido sevillano y dirigirse al palquito ganadero: “¡Si es que a los toros de Domecq hay que empujarlos por atrás para que embistan!”. Y gallos. (Agustín en su juventud, cuando quiso ser torero y protagonizó la famosa anécdota)

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(Pansequito, Agustín, el legendario José Luis Maldonado “Cubanito” y el no menos apreciado Ignacio Bravo Lama, hijo de otro gaditano paradigmático como fue Rafael Bravo)

En 1929 fue por vez primera a América, embarcado en el “Horacio” para abastecer de pollos ingleses al insaciable mercado caribeño. Agustín se quedaba por allí hasta que vendía el último gallo, campeones todos, en un universo de anécdotas y vivencias que terminaban todas con una esmeralda como un garbanzo, una guajira o un tarareo “¡Ay gavilán colorao!”. Cante.

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(Una histórica fotografía: Juan Vargas, uno de los puntales de otra familia flamenca gaditana como la de Manuel Ortega padre de Manolo Caracol y que fue mozo de espadas de su pariente Joselito “El Gallo” y tío Agustín “El Melu”.

Concuñado de Pastora Imperio, nunca decía que cantaba, solamente “cantiñeaba”. Muy joven actuó en Barcelona en el cuadro de Carmen Amaya y también militó en la compañía de Manolo Caracol, mucho más que primo suyo: “las personas que tiene arte se ponen feas cuando lo ejecutan”, sentencia indubitada para el cante y en el toro. Y un puesto en la plaza. Los Melu fueron carniceros toda la vida, el oficio de los gitanos emancipados, tablajero en Cádiz, una ciudad en la que el matadero era víscera principal. Daba gloria ver la blanca elegancia de este aventurero de la vida, socarrón con las marchantas. Cambió la tabla por una barra en “El Burladero” un bar que ha entrado en la leyenda de Cádiz. Algún día no se sabrá si Agustín existió o no pero hoy le echamos mucho de menos. (Francisco Orgambides).