Gente y habitantes de Cadiz » 2010 » Febrero

181.- GADITANOS EN LA GUITA. Una excursión a Sanlúcar de Barrameda

28 02 2010

aficion

Hoy, Día de Andalucía, comienza oficialmente la temporada taurina andaluza, y se ha hecho tradición que comience con la retransmisión de una corrida de toros por Canal Sur TV. En esta ocasión se ha elegido la plaza de Sanlúcar, un recinto muy del gusto de la afición gaditana ya que hay muchos convecinos que asisten a la bonita plaza manzanillera. Para la ocasión, traemos un grupo de gaditanos que en 2004 visitaron Sanlúcar para rendirle un homenaje a tres toreros de la ciudad que aparecen en la fotografía y que tienen nótula propia en estas páginas: Chano Rodríguez, Pepe Manteca y Pacorrito.

En la foto, entre otros, Arturo Fernández de la Puente, Juan Ramón Cirici, Pedro Boto y señora, Luis y Paco Grande, Francisco Chicón, Guillermo Boto y señora, Eduardo Lumpié y señora, Chano Rodríguez con su familia, Pepe Manteca y su familia, Juan Reyes y señora, Quico Sahagún, Paco Mora Figueroa, Paco Cuvillo, Francisco Jiménez Álvarez “Pacorrito”, Antonio Suazo, Germán López y señora, Hassan Bensiamar y los responsables de la Bodega “La Guita”, atentísimos anfitriones de este grupo de miembros del Club Taurino de Cádiz).



180.- EL HOSPITAL DE MUJERES. Un hospitalito sin enfermos

27 02 2010

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(Un detalle de la fachada del Hospital de Mujeres, en la calle del mismo nombre, un monumento que merece la pena visitar y que ha sido objeto de una espléndida restauración)

No fue el primer hospital de mujeres de nuestra ciudad. Hasta el siglo XX los hospitales en España eran fundaciones para atender a pobres y desvalidos. Lo normal era padecer y morir en casa.Los hospitales, si los había, eran para pobres y abandonados. Peor todavía para las mujeres. A finales del XVII en Cádiz se ocupaba de las enfermas pobres la madre Antonia de la Cruz, que fundó un Hospital de Mujeres con la advocación de El Carmen en 1657 en la calle Carnicería del Rey (hoy Columela) frente al Corral de Comedias (a la altura del Palillero esquina a Feduchy) y ello gracias a limosnas y donaciones testamentarias. En un cuadro de Meneses Osorio del nuevo hospital se aprecia una sala de aquella fundación.

escalera-verticalEl que se conoció como Hospitalito de mujeres se quedó chico y en 1736 comenzaron las obras del que se llamó Nuevo Hospital de Mujeres, aunque en Cádiz seguiría siendo, hasta hoy e igual que ocurre en El Puerto de Santa María, el Hospitalito, porque cuando la gente habla de Hospital de Mujeres se refiere siempre a la calle. Así se terminó en 1739, tal día como ayer, un precioso edificio barroco, obra del maestro mayor Pedro Luis Gutiérrez de San Martín, conocido como Afanador. Sus riquezas arquitectónicas y de mobiliario son de difícil cabida en este mero artículo divulgativo por lo que recomendamos su visita: la hermosa fachada, su luminoso patio, su iglesia, su escalera imperial. Y sus innumerables riquezas: el San Francisco de El Greco, que fue propiedad del obispo Armengual de la Mota y la Inmaculada de Carnicero justifican cualquier visita, mucho más sus capillas, ajuares y vía crucis. (En la imagen, una de las pecualiaridades estéticas de un edificio que guarda un gran número de tesoros artísticos: la escalalera que corona su espectacular claustro).

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(En esta vista aérea se aprecia el hundimiento de la crujía de la fachada que sufrió el edificio en 1909.  Se aprecia el castillo de San Sebastián sin faro, demolido en 1898, en la guerra de España con estados Unidos, para que no sirviera de orientación al posible ataque de una escuadra enemiga. Ese mismo año de 1909 se instaló el nuevo faro).

En 1860 las esclavas del Carmen fueron sustituidas por las Terciarias carmelitas de la Caridad y el Hospitalito siguió con su función social y asistencial. Tuvo importante protagonismo cuando la epidemia de cólera de 1885 y acogiendo a los soldados enfermos repatriados de Cuba, Puerto Rico y Filipinas desde 1898. En 1909 se hundió el salón principal junto a la fachada, disponiendo su restauración el obispo Manuel Rancés En la Guerra Civil fue hospital militar y mientras se construía la residencia Zamacola, fue desde junio de 1948 Residencia Provisional de la Caja Nacional del Seguro de Enfermedad, del Instituto Nacional de Previsión. Por falta de medios económicos fue clausurado por el obispo Añoveros en 1963, destinándose a residencia administrativa del Obispado.



179.- AGUSTÍN FERNÁNDEZ “MELU”. Un aristócrata flamenco

26 02 2010

meluverticalportadaTodavía hay quien espera encontrar a Agustín el Melu en la barra del Manteca -con su melancólica mirada escondida detrás de esas gafas que le traspasó nada menos que Aristóteles Onassis en un muelle de La Guaira- y aventurando de qué barriga se había escapado ese gato que siempre se encaramaba al saco de papas viejas de al lado de la puerta.  Aristocracia flamenca pura. Una melancólica mirada perdida en el Cádiz de otro tiempo porque Agustín fue el último de una estirpe en la que los cuatro puntos cardinales eran el cante, los gallos, el toreo y un puesto en la plaza con Cádiz en el norte magnético. (La última imagen de Agustín “El Melu”, una personalidad entrañable en el Cádiz del Siglo XX, flamenco de estirpe y un gaditano muy querido a quien se echa de menos).

melujovenverticalA los 16 años quiso ser torero y hay una historia confusa de sus andanzas en los ruedos entre 1929 y 1933. No se sabe si es cierta su famosa actuación que en una sola frase resume cartel y el resultado: “¡Camará! ¡Que rebujina formó el Melu!” o aquel toro vivo de Tetuán de las Victorias que hablaba y se comía los toreros a bocados: “todavía está padreando el cabrón” contaba Agustín cuarenta años después. Ese era Agustín evocando sus andanzas en los ruedos. Lo que sí que fue es aficionado y bueno, que no dudaba en levantarse en el tendido sevillano y dirigirse al palquito ganadero: “¡Si es que a los toros de Domecq hay que empujarlos por atrás para que embistan!”. Y gallos. (Agustín en su juventud, cuando quiso ser torero y protagonizó la famosa anécdota)

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(Pansequito, Agustín, el legendario José Luis Maldonado “Cubanito” y el no menos apreciado Ignacio Bravo Lama, hijo de otro gaditano paradigmático como fue Rafael Bravo)

En 1929 fue por vez primera a América, embarcado en el “Horacio” para abastecer de pollos ingleses al insaciable mercado caribeño. Agustín se quedaba por allí hasta que vendía el último gallo, campeones todos, en un universo de anécdotas y vivencias que terminaban todas con una esmeralda como un garbanzo, una guajira o un tarareo “¡Ay gavilán colorao!”. Cante.

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(Una histórica fotografía: Juan Vargas, uno de los puntales de otra familia flamenca gaditana como la de Manuel Ortega padre de Manolo Caracol y que fue mozo de espadas de su pariente Joselito “El Gallo” y tío Agustín “El Melu”.

Concuñado de Pastora Imperio, nunca decía que cantaba, solamente “cantiñeaba”. Muy joven actuó en Barcelona en el cuadro de Carmen Amaya y también militó en la compañía de Manolo Caracol, mucho más que primo suyo: “las personas que tiene arte se ponen feas cuando lo ejecutan”, sentencia indubitada para el cante y en el toro. Y un puesto en la plaza. Los Melu fueron carniceros toda la vida, el oficio de los gitanos emancipados, tablajero en Cádiz, una ciudad en la que el matadero era víscera principal. Daba gloria ver la blanca elegancia de este aventurero de la vida, socarrón con las marchantas. Cambió la tabla por una barra en “El Burladero” un bar que ha entrado en la leyenda de Cádiz. Algún día no se sabrá si Agustín existió o no pero hoy le echamos mucho de menos. (Francisco Orgambides).



178. PASCUAL GARCÍA DE QUIRÓS (MACARTY). El catedrático del cadismo.

25 02 2010

macarty-cara-cafePascual García, conocido mundialmente como Macarty, falleció en 2007 a los 63 años. Macarty fue un viñero nacido en Cáceres que revolucionó las costumbres populares hace más de medio siglo y que puso la primera piedra al sueño de la afición cadista. Fue el ‘repartidor oficial’ de cafés en la plaza de abastos.

Pascual Macarty fue una persona irrepetible, que se hizo famoso no tanto repartiendo cafés en el Andalucía como por ser el hincha número uno del Cádiz C. F.  Se apasionó con el equipo amarillo en una época complicada, cuando Francisco Márquez Veiga y su directiva viajaban por esos campos de Dios y aún no se había saboreado la gloria de Primera División.

Durmiendo y soñando con su Cádiz, con su Caleta, con su plaza de las Flores. Probablemente así se marchó Pascual García de Quirós Caballero, Macarty, la primera persona de este mundo que se volvió loco por el cadismo.

Pascual nació en Cáceres, aunque a los pocos meses de nacer su familia se trasladó a Cádiz, donde creció como un viñero más, enamorándose de cuanto le rodeaba, de su playa escondida entre castillos, de sus fiestas, de la que fue protagonista por su buen humor y descaro, formando parte como postulante del coro de la Salle Viña o la chirigota de Manolo Santander, que en vida le dedicó un pasodoble extraordinario. “Cada vez que ganaba el Cádiz había que enviarle un ramo de flores a la Patrona. Tenía la cabeza muy bien y lo había dejado todo preparado. Los floreros de la plaza de Abastos tenían esa orden y Pascual les había dejado dinero para ello”, comentaba un amigo íntimo tras su falleciento.

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Macarty, acompañado por Mágico González y la plantilla del Cádiz. Miren la cara de felicidad.

Pascual era un apasionado de Cádiz pero nunca olvidó sus raíces, de hecho, era socio de la Casa de Extremadura en la ciudad, con la que colaboraba activamente. Su prima no podía dejar de insistir en que “por ponerse una camiseta de su equipo, el Cádiz y una bufanda y acudir al fútbol dispuesto a animar a su equipo lo llamaban loco”. Esa locura, bendita locura, ha germinado ahora en un sentimiento que va más allá del fútbol y que casi puede considerarse una religión, una religión que perdió a uno de sus principales correligionarios, uno de esos que lloraba de emoción o de rabia, de los buenos.

macarty carnavalAllí, libre ya de sus ataduras, podrá volver a dar saltos de alegría en el marcador de la torre de Preferencia, disfrazarse de masajista del Atlético Agujetas o encender velas a su Virgen de la Palma. “Gracias a Macarty y a su bendita locura, es posible que un día, dentro de algún tiempo, le cuente a mi hijo que la primera vez que lo llevé al fútbol, con apenas dos años, fue un Domingo de Ramos en que Cádiz y Sporting de Gijón empataron a uno en un feo partido. Y puede que le diga que si nadie le miró con cara de asombro mientras observaba la camiseta del Cádiz que vestía fue porque medio siglo antes un ser enorme, pese a su poco más de metro y medio de estatura, desafió las costumbres recatadas de su querida ciudad y puso la primera piedra al sueño de una afición. Ese mismo día, Pascual atravesó los umbrales de la memoria para hacerse inmortal”, señaló un amigo de verdad. Macarty, en los años setenta, haciendo feliz a la gente.

LA FINAL JAMÁS CONTADA. Por Jorge Bezares.

Pocos días antes de morir, el fotógrafo gaditano Juan Martínez Neto, Juman para todo Cádiz, me citó en una esquina de la barra del Pedrín. Llegó repartiendo besos a diestro y siniestro y con la cámara a cuestas a pesar de que gozaba de una más que merecida jubilación. Se acomodó en un taburete resoplando, me pidió tabaco y me lanzó una diatriba sobre los estancos, establecimientos que nunca frecuentó por una cuestión de principios aun siendo un fumador empedernido.

Con esa media voz que Dios le dio, un hablar tan pausado como desesperante y tras un rodeo de varias horas que comenzó en el Cádiz fenicio de Pericón y acabó justo en la plaza de San Antonio, con El Cojo Peroche y El Beni frente a la casa de Pemán, Juman me aseguró, entre susurros, que su padre, el gran Pericón de Cádiz, le legó en el lecho de muerte una historia póstuma sobre lo que aconteció en una final del Trofeo Carranza, jamás contada por orden expresa de la autoridad competente. Eso sí, antes de contármela, me hizo repetir 666 veces el equipo que logró el ascenso a Primera con Enrique Mateo y jurar sobre el gol que Mágico González le metió en 1986 al racinguista Pedro Alba que sólo haría pública la historia póstuma de Pericón cuando Saturno confluyera con Venus en el cielo de La Caleta, una extrañísima alineación que sólo se da una vez cada 69 años, cuando las mojarritas copulan con las caballas.

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Ese Cadi, oé…

Hoy, después de recibir la confirmación de la mismísima NASA, a través de un primo mío de Medina Sidonia, de que este fenómeno planetario se produjo el pasado 1 de julio, estoy en disposición de liberarme de esta pesada carga que he llevado con una discreción de Carmelitas Descalzas por la sagrada promesa que hice a Juman y, sobre todo, por la obra de arte que dejó el salvadoreño en la memoria colectiva cadista a costa del portero y la defensa del Racing de Santander.

A continuación, como un mero escribano, paso a relatar con pelos y señales en primerísima persona de Juman esa increíble final del Trofeo Carranza y pido a Dios que me ilumine en el que, sin duda, será en el mayor trance de mi vida profesional y personal.

Mi padre me contó que en un año bisiesto que ni siquiera se recoge en los calendarios y en una noche de luna, el Cádiz derrotó al Real Madrid por cuatro goles a tres en una final del Trofeo Carranza. Los cadistas habían dejado en la cuneta, en la primera semifinal, a un equipo brasileño muy conocido pero que desapareció para siempre tras el partido. Los madridistas habían pasado por encima del Inter de Luisito Suárez, con Di Stéfano, Puskas, Gento y Kopa como estrellas.

José Luis Riera, entrenador del Cádiz, había emprendido aquel año una profunda renovación del equipo apostando firmemente por la cantera por orden del presidente, don Francisco Márquez Veiga, y había reclutado en las plazas de Cádiz, en una especie de casting como el de las películas, a varios chavales que apuntaban buenas maneras y que lo demostraban a diario a costa del mobiliario municipal. En la plaza de las Flores, el técnico hizo un descubrimiento inesperado: un chicuco que vendía papeletas clandestinas y daba cafés del bar Alhambra se coló en un partidillo de selección y sin derramar una gota de siete largos de leche, cuatro cortados y tres solos que llevaba en una bandeja de latón metió, en carrera, la pelota por la escuadra de la puerta de Correos ante el asombro de todos, incluido el cartero de guardia. El mocito se llamaba Pascual García de Quirós. Medía menos de un metro sesenta y 18 años lo contemplaban. Días más tarde, Riera lo citó de forma clandestina en el antiguo campo del Mirandilla para hacerle una prueba más seria una semana antes de Trofeo Carranza. Allí descubrió que, además de golpear la pelota con precisión de francotirador, era tan rápido como Gento y un marcador insuperable a pesar de su propensión a perderse tácticamente.

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Macarty, en plena Caleta, luciendo su escultural figura y ataviado con sombrerito blanco para protegerse del sol y bañador estampado en tonos paste.

En fin, el entrenador lo convocó para el Carranza, pero lo ocultó a todo el mundo por temor a que su osadía de convertir a un chicuco en futbolista pasara a la historia en forma de una letra de Carnaval y fuera tildado para siempre de entrenador majarón. Lo rebautizó como Macarty para darle más empaque al muchacho y lo instaló en un trastero cercano al vestuario, custodiado por un acomodador de Puntales muy discreto, sordo y con la vista cansada.

En el primer partido, el Cádiz se paseó ante el combinado brasileño, que, sin duda, llegó sin fuelle tras conocer en profundidad la noche gaditana, con parada y fonda en el Pay-pay, donde, como es sabido, las mujeres fumaban y daban besos por dinero. Dos horas después de que hubiera terminado el encuentro, el entrenador cadista recuperó al chicuco, que yacía adormilado en el suelo del trastero, y sin darle ninguna explicación lo envió de vuelta a su casa.

Dos días después, el Cádiz se enfrentaba en la final al Real Madrid. Riera repitió la jugada y volvió a convocar al muchacho en el trastero. En el descanso, los cadistas perdían por 3-0, con dos goles de Di Stéfano y uno de Puskas. El saco parecía estar servido para satisfacción de los gaditanos llegados de la provincia y para disgustos de los nativos cadistas. En el minuto 7 de la segunda parte, el entrenador amarillo salió disparado del banquillo, se adentró en el vestuario e instantes después apareció en el campo con Macarty. El muchacho portaba una camiseta que casi le cubría las rodillas y llevaba el número 13. De inmediato, Riera pidió el cambio: el sustituido era Adolfo Bolea. Cuando el chicuco saltó al campo una gran carcajada explotó en el Carranza y algunos pescadores de Rota dedicados a la pesca de la urta juraron que se escuchó al otro lado de la Bahía como cuando la explosión de Cádiz. Acto seguido, un silencio sepulcral se adueñó el estadio, y un carnicero de Chiclana aficionado a la ópera aprovechó su momento de gloria y, a modo de reproche, espetó con una voz atronadora: “¡Este Cádiz, joé, Riera!”.

macarty-alcaldesaMacarty salió con instrucciones precisas de no dejar vivir a la delantera madridista, que se tomó a chanza su presencia en el campo, y de disparar a puerta sin pensárselo. Después de unos primeros momentos atenazado por los nervios, el chicuco se centró cuando Riera le ordenó: “¡Niño, como en la plaza de las Flores, sin derramar el café! En ésas se encontró en la banda izquierda con Paco Gento, que le tiró larga la pelota por la derecha y arrancó por la izquierda, casi fuera del terreno de juego, para intentar plantarse ante el portal cadista. Macarty se revolvió como un trompo, corrió como alma que lleva al diablo y dejó a la Galerna del Cantábrico en calma chicha. Los aplausos y una risa nerviosa se apoderaron del Carranza, y el carnicero de Chiclana soltó entonces: “¡Ese Cádiz, oé!”, que perdura hasta nuestros días como el grito de guerra por antonomasia del cadismo. Pero lo mejor, según me contó mi padre, estaba por llegar. La alcaldesa entrega una placa a Pascual.

En el minuto 15, ni un segundo más ni uno menos, Macarty le robó la cartera a Di Stéfano en el círculo central, avanzó unos metros y lanzó un zapatazo que se coló por toda la escuadra . El delirio llegó a las gradas. El astro argentino perdió la compostura tras recibir una reprimenda de Miguel Muñoz -la primera de su carrera deportiva-. Fue el inicio de su declive deportivo. Cinco minutos más tardes, el damnificado fue Puskas. El húngaro dribló a la defensa y al portero cadista, pero cuando iba a marcar a puerta vacía, Marcarty se lanzó al suelo, le rebañó la pelota e inició el contragolpe saliendo como un rayo por la banda derecha. Su centro-chut se coló de nuevo por la escuadra larga del portero. Sus compañeros se abalanzaron sobre el chicuco, que se vio sepultado por una montaña de gachones que lo estaban matando a besos y a abrazos. El Real Madrid de Di Stéfano empezó a temer lo peor y a conocer el amargo sabor del miedo escénico del Carranza.

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Pascual García de Quirós ‘Macarty’ fue nombrado socio de honor de la peña La Salle-Viña.

Según mi padre, desde los duros antiguos no se veía en Cádiz tal derroche de euforia colectiva. En el minuto treinta, el Madrid, con el mono de trabajo puesto, empezó a apretar y Kopa remató un cornet en el área chica a bocajarro. La pelota se fue a estrellar en la cabeza de Macarty, que se golpeó con el poste y se hizo una brecha por la que sangraba como un cerdito. La suerte de los campeones, pobre mío. El colegiado interrumpió el partido. Y el chicuco fue atendido por un jovencísimo Rovira, que le cosió sin anestesia- siete puntos y medio de sutura- y le puso una venda blanca que le cubría toda la cabeza. El Cádiz se rearmó y Macarty remató de cabeza en plancha un centro medido que acabó, cómo no, entrando por la escuadra. Ojú, el estadio entero lloraba: unos de alegría y otros, los de la provincia, de pena. 3-3, y el héroe de la remontada volvió a sangrar tras el testarazo pero continuó en el terreno de juego.

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Rodeado siempre de símbolos cadistas.

El tiempo reglamentario se cumplió, y los jugadores de ambos equipos afrontaron la prórroga muertos. Tras unos treinta minutos complementarios marcados por un toma y daca permanente, sin tregua, el empate seguía en el marcador. Y a un aficionado cadista, de profesión inventor, se le ocurrió que el triunfo se dirimiera desde el punto de penalti -por primera vez en la historia del fútbol mundial- y el alcalde de Cádiz, José León de Carranza, le dio el visto bueno por parecerle ingenioso: un jugador de cada equipo lanzaría desde los once metros, más o menos. Di Stéfano hizo una paradiña y mandó el balón al travesaño. Como no podía ser de otra forma, Macarty era el encargado de lanzar por parte de Cádiz. Riera le dijo que tirara fuerte y a la escuadra, pero cuando se encaminó hacia la pelota tropezó, se rehizo como pudo y sólo acertó a picar el balón con suavidad por el centro de la portería. Gol a lo Macarty y no a lo Panenka. El jugador checo lo ejecutó igual pero 20 años después. El Carranza se caía mientras los jugadores del Cádiz volvían a sepultar a Macarty y los del Madrid, abatidos, yacían llorando sobre el terreno de juego.

El alcalde de Cádiz no cabía en su orondo cuerpo. Pero la alegría iba a durar poco. Según me contó mi padre en su lecho de muerte, un número de la Guardia Civil requirió en plena jarana al primer edil gaditano. Tenia una llamada telefónica muy importante. La conversación fue corta pero muy clarita: -“Buenas noches, José León, te llamo para ordenarte que ese partido no lo puede ganar el Cádiz por una cuestión de Estado, por España. Así que lo mejor es que digáis que no se pudo celebrar al inundarse el campo por una tormenta de verano. Conviértelo en una piscina y la agencia EFE hará el resto“, le ordenó su interlocutor a Carranza. -“Pero cómo se lo explico al pueblo de Cádiz, excelencia“, acertó a contestarle el alcalde gaditano. -“Pues dile que os voy a hacer ese puente que me vienes pidiendo de forma tan insistente“, concluyó la autoridad competente tras un viva a España.

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Macarty y Luque bailan en el vestuario del Martínez Valero tras el ascenso de 1981.

Al día siguiente, DIARIO DE CÁDIZ informó a toda plana que Franco había ordenado la construcción de un puente sobre la Bahía. Y, como segunda noticia, que la final del Trofeo Carranza no se había podido jugar por una tormenta de verano. Una foto, con el campo convertido en una piscina, justificaba la decisión. Además, comunicó que la edición de este año bisiesto había quedado anulada en su totalidad por orden gubernativa. Así, el Cádiz, que participaba por primera vez, no debutaría oficialmente en el Trofeo de Trofeos hasta muchos años después.

Cádiz entero asumió el trato como bueno pero a regañadientes, y Macarty, decepcionado, volvió al trajín diario del mercado y nunca más jugó profesionalmente al fútbol. Pero dicen que en la plaza de las Flores de madrugada montaba partidos clandestinos. Allí, entre sus cuatro esquinas y con la puerta de Correos como portería, se hicieron peloteros o mejoraron Machicha, Juanito Mariana, Monolín Bueno, los hermanos Mejías, Juan José, Mágico González, Quevedo, Barla, Jose, Cortijo, Calderón y Kiko, con Macarty como maestro.

El chicuco tiene una prueba irrefutable de aquel glorioso partido: la camiseta que lució Di Stéfano manchada de sangre, con una dedicatoria de puño y letra del astro argentino: “Para Macarty, el mejor jugador del mundo. Cádiz, 4; Real Madrid, 3. Final Trofeo Carranza“. Palabra de Pericón”.

Tras esta increíble historia que me contó Juman, años más tarde supe que el cajonazo que le dio el jurado a ‘Los Cubatas’ -por orden de Carlos Díaz- en las semifinales de 1986 del concurso del Falla se debió a que la chirigota de Paco Rosado amenazó con cantar un cuplé revelando la final jamás contada. Decía así: “Llevo tantos años queriendo contarlo/que esta noche no me calla nadie a mí./Un Trofeo a mi Cai le mangaron./¡Le hizo cuatro en la final al Madrid!/ Macarty fue la bomba que puso Riera pá destrozarlos/ y pá acallar las bocas/tuvo que hablar hasta el mismo Franco:/ “Si ahí nunca hubo Trofeo,/ yo te construyo el puente que falta”./ Y se imagina usted ya/ lo que contestó Carranza./ Si te sientan mal los cubatas,/no te pongas metepatas./¡Ay, acuéstate!/¡Ay, acuéstate!/¡Ay, acuéstate!”. (Texto JORGE BEZARES).



177. ALBERTO AGUDO LUENGO. Un humanista en Cádiz.

24 02 2010

1-Alberto-AgudoNació el 20 de noviembre de 1909 en el pueblo de Valseca, muy cerca de la ciudad de Segovia. Estudió el Bachillerato en la capital segoviana, en donde conoció a Antonio Machado, su profesor de francés y también su amigo. En el homenaje que se le hizo en 1994, en el 25º aniversario del Instituto Isla de León, su hija Teresa Agudo explicaba que “Antonio Machado le inculcó el amor a la literatura y a las lenguas, amor que transmitió como nadie a todos sus alumnos, a su mujer, a sus hijas, a todos cuantos le rodeaban.” Alberto Agudo Luengo llegó a aprender francés, inglés, árabe, griego y sobre todo latín.

Terminado el bachillerato en Segovia, estudió en Madrid y Salamanca la carrera de Filosofía y Letras, y también la licenciatura de Derecho. Tuvo la oportunidad de conocer a grandes maestros, como Miguel de Unamuno y como José Ortega y Gasset. En su etapa de estudiante en Madrid, visitó también la Residencia de Estudiantes, en la que conoció a María de Maeztu y a Federico García Lorca. Más tarde, consiguió una beca de la Institución Libre de Enseñanza y comenzó a trabajar como investigador en el Centro de Estudios Históricos, en su Departamento de Lexicografía que dirigía el poeta Pedro Salinas con el que tuvo una gran amistad.

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El primer Liceo de San Fernando, un centro laico fundado por Alberto Agudo.

Aprobó las oposiciones de profesor de Latín para instituto de enseñanza media y eligió plaza en el antiguo Instituto Columela de Cádiz. Desde 1933 a 1935 da clase en el edificio de la calle San Francisco y después se trasladó al Instituto de Alcázar de San Juan donde llegó a ser su director. Agudo fue militante socialista desde su juventud, por lo que fue represaliado en 1940 por un delito de adhesión a la rebelión, pena que cumplió durante seis años en distintas prisiones. Llegó a trabajar como peón caminero y, al salir de la cárcel, quedó inhabilitado para el ejercicio de la enseñanza y de la abogacía. Sólo pudo trabajar en centros privados de enseñanza, como en las Carmelitas y en la Compañía de María, ambos en San Fernando.

En el libro del 25º aniversario del Instituto Isla de León, su hija Teresa Agudo nos detalla estos difíciles comienzos en la enseñanza isleña:

Después, con compañeros represaliados también, Ernestina Casenave, Bernardo Perea y otros, crean el primer centro laico de enseñanza media. A esta academia privada le ponen el nombre de “El Liceo”, que aún conserva, y que poco a poco se les va llenando de alumnos. Pero, por circunstancias que ahora no voy a relatar, sólo pueden mantenerla durante dos años, creo que de 1947 a 1949, fecha en la que se hacen cargo de ella los Hermanos Carmelitas, aunque contratan a mi padre y a sus compañeros como profesores.

La ciudad de San Fernando, La Isla, fue, pues, su inmediato destino tras el paréntesis de la cárcel. San Fernando le acoge y este acogimiento le acarrea la gran suerte de contar con la presencia de un hombre que transmitió Humanismo a muchas generaciones de alumnos isleños.”

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Alberto Agudo con alumnos del Instituto Isla de León.

Alberto Agudo forma parte de la historia educativa de San Fernando, en gran manera debido a sus excelentes relaciones con su alcalde, Francisco García Ráez, con el que promueve la creación de un patronato municipal que promoviera el primer instituto de enseñanza media de San Fernando. En 1958 Alberto Agudo inaugura el Patronato “Rafael Estrada Arnáiz”, en el edificio que hoy alberga el colegio Almirante Laulhé. Su labor educativa en este “Instituto antiguo” fue muy importante, lo que favoreció su rehabilitación en la enseñanza pública. Hasta 1969, fecha en la que crea el actual Instituto Isla de León, Alberto Agudo junto a otros profesores, en su mayoría isleños, consiguió que muchos hombres y mujeres de San Fernando tuvieran acceso a una enseñanza media.

Alberto Agudo fue casi siempre el director “provisional” del Patronato, pero en 1969 , al integrarse muchos de sus profesores en el nuevo instituto Isla de León, consiguió ser elegido el primer director del centro. Don Alberto, como se le llamaba en el instituto con respeto, pidió años más tarde su traslado a Cádiz en donde se jubiló poco después.

El escritor Enrique Montiel, en el 25º aniversario del Instituto Isla de León, expresaba su agradecimiento, como antiguo alumno, a este profesor modélico:

En un bachillerato en donde las humanidades tenían un peso considerable, don Alberto era la quintaesencia de que las humanidades no eran solamente las declinaciones ni los verbos deponentes latinos, representaba como nadie el valor de la cultura como exponente de la civilización… y de la civilidad, de lo “civil”, de lo democrático.” (Texto: Carlos Sánchez Ruiz).



176. JERONIMO JIMÉNEZ. Un compositor olvidado

23 02 2010

Jiménez_1Músicas tan pegadizas y conocidas como `La boda de Luis Alonso’, o el pasodoble `Los voluntarios’ se deben al gaditano Jerónimo Jiménez. Nació accidentalmente en Sevilla en 1852, ya que sus padres se encontraban en esa ciudad traba jando en un teatro. Esta circunstancia motivaría una simpática anécdota años más tarde, en 1930, cuando los concejales del Ayuntamiento de Cádiz quisieron poner una lápida en la casa natal de Jiménez. Afortunadamente el alcalde, Ramón de Carranza, salió airosamente del trance diciendo a los concejales, “de regalos a Sevilla, nada”.

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El Teatro Principal de Cádiz, situado en la calle Novena y derribado en los años veinte del pasado siglo. escenario de grandes triunfos de Jerónimo Jiménez.

Jiménez fue seise de la Catedral de Cádiz y aventajado alumno del conser vatorio Odero. Fue becado por la Diputación para completar sus estudios en París y Milán.  El 1869, cuando Jerónimo Jiménez contaba 17 años de edad, se recibió en Cádiz un telegrama pidiendo un director de orquesta para Gibraltar. Enviaron a Jiménez y los profesores se opusieron a trabajar con un director tan joven. Al comenzar los ensayos el músico gaditano cerró la partitura y siguió dirigiendo de memoria. Terminado el ensayo, los profesores de la orquesta de Gibraltar abrazaron a Jiménez augurándole grandes éxitos.

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Una representación de La boda de Luis Alonso en el teatro de la Maestranza de Sevilla

Durante muchos años el compositor gozó del favor del público.  En Cádiz fue director de la prestigiosa Sociedad de Conciertos y del Teatro Principal. Trasladó su domicilio a Madrid siendo director de orquesta del Teatro Real y de la Sociedad de Conciertos de esa capital. Manuel de Falla era un gran admirador de Jiménez.

Cuando en 1934 el Ayuntamiento de Cádiz quiso dar el nombre de una plaza al autor de `El amor brujo’, Falla manifestó que ya le había tributado muchos honores y que Cádiz debía dar a esa plaza el nombre de Jerónimo Jiménez



175. RAMÓN DÍAZ FLETILLA. Las coplas con doble sentido

22 02 2010

cara_1Sin ningún género de dudas el maestro del doble sentido en las letras del Carnaval gaditano. Muchísimos aficionados todavía recuerdan coplas de Los Cristaleros, de Las cotorritas de Filipinas y de otras agrupaciones de Fletilla que con doble sentido supieron burlar cualquier tipo de censura.
Ramón Díaz nació en el barrio del Balón el 22 de diciembre de 1908. Tuvo una infancia difícil, entrando a trabajar muy joven en los talleres de Diario de Cádiz.  Posteriormente trabajaría en la construcción. Su magnífica voz hizo que sus amistades y conocidos le apodaran ‘Fletilla’, en homenaje al tenor de moda en la época, Miguel Fleta.
Ramón Díaz comenzó muy joven formando parte de los mejores coros de su tiempo. Quiso salir con Las doce figuras de la baraja, pero no dispuso del dinero necesario para comprar el tipo. En 1934 obtuvo un primer premio en el concurso con el coro Las mariposas.

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Ramón Díaz Fletilla, con grandes bigotas, aparece en el centro de una de sus mejores agrupaciones carnavalescas, Los Periodistas, que obtuvieron un gran triunfo en las Fiestas Típicas Gaditanas de 1958.

Pero los grandes éxitos de Fletilla tendrían lugar a partir de los años cincuenta del pasado siglo.  Es autor de numerosas agrupaciones como Los locutores de radio, Los periodistas, Los sastres remendones, Las cotorritas de Filipinas, Los martinicos, Los birrias, Los jugadores de golf, Los don Cicuta, Los de la madre Pelusa o Los mulilleros de Cai.
Toda su vida transcurrió en su querido barrio del Mentidero, del que fue pregonero en 1986. Su afición a la lectura hizo que llegara a escribir una obra de teatro, que estrenó en 1946 y que se titulaba, ‘La divina justicia’.

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Las cotorritas de Filipinas, otro de los grandes éxitos de Ramón Díaz Fletilla. Fiestas Típicas de 1965.

En 1987 fue el encargado de pregonar el Carnaval desde el tablado de la plaza de San Antonio.
Fletilla fue distinguido con el antifaz de oro y una peña llevaba  su nombre.
Estaba casado con Ana Marín y tuvo cinco hijos. Falleció en septiembre de 1997.