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186.- FALLA, LORCA, PICARDO.

5 03 2010

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Publicamos un fragmento de un espléndido trabajo del escritor portuense Luis Suárez Ávila, al hilo de la reciente nótula de Agustin “El Melu”. Suárez escribió este trabajo en 1998, que contiene no pocas referencias de Agustín Fernández y de la tradición flamenca de Cádiz y los puertos. Luis Sárez guardó gran amistad con quine fue figura clave en la cultura urbana de la ciudad en el siglo XX. (En la foto, Manuel de Falla y Matheu)

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Federico García Lorca 

Quedó demostrado que Granada no era la cuna. Falla, Lorca, y todos los intelectuales que promovieron el Concurso de Cante Jondo, se equivocaron. Ni Granada era la cuna, ni Granada tenía nada que decir en cuestión de cante. La misma preparación del concurso estuvo orientada a salvar del alma popular, algo que no era popular. Ya lo había dicho, en 1881, “Demófilo”. Entre los muchos errores estuvo el de tratar de enseñar a cantar, unas semanas antes del Concurso, mediante placas de gramófono, a los aficionados granadinos. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir: que ganaron los premios el casi niño Manolo Caracol, que llevaba a sus espaldas toda la genealogía cantaora de Cádiz y de Sevilla que fueron los Ortega, y Diego Bermúdez Cala, “El Tenazas”, natural de Morón de la Frontera, viejecito, cuarterón por Bermúdez, aquejado de un dolencia de pulmón por mor de una antigua puñalada, cantaor que había bebido en las fuentes de Silverio y, a través de él, de las de El Fillo.

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Manolo Caracol con su padre, Manuel Ortega, que fue el Napoleón de los mozos de espadas, y que le sirvió los estoques a José Gómez Ortega “Gallito”.

Lo de Frasquito Yerbabuena, o lo de “La Gazpacha” no fueron más que unas anécdotas. Don Francisco de Paula Valladar, cronista oficial de la provincia de Granada, ya lo había advertido en la revista “Alhambra”, en febrero de 1922: “Soy entusiasta de la fiesta de los cantos populares granadinos, pero dejémonos del cante jondo. Corremos, no lo olvide el Centro, el peligro gravísimo de que esa fiesta pueda convertirse en una españolada”. Pero el Centro Artístico Granadino, anunciaba en el Defensor de Granada, el 11 de mayo de 1922, el establecimiento de una “Escuela de Cante Jondo”, con toda urgencia, que “había comenzado a funcionar con gran animación…contándose para las enseñanzas con un excelente gramófono y una rica colección de discos del clásico cante”. ¡Buena forma de resucitar lo tradicional!.

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Álvaro Picardo con José María Pemán, en las carreras de caballos de la playa Victoria.

Falla, para apoyar al concurso de Granada, se puso en contacto con su amigo el mecenas, erudito y bibliófilo gaditano Álvaro Picardo Gómez y le sugirió organizar en Cádiz un Concierto de Cante Jondo. Éste se celebró en la Academia de Santa Cecilia el 18 de junio de 1922 y comenzó a las nueve de la noche. Picardo organizó y costeó el “concierto” y, como es lógico, no tuvo que enseñar a cantar a nadie.

mellizo-vSe limitó a buscar a quienes eran portadores de la tradición: a los hijos de Enrique “El Mellizo”, a Antonio Jiménez y a Enrique Jiménez “Er Morsilla”. El tocaor fue Manuel Pérez “El Pollo”, discípulo de Patiño el famoso maestro gaditano. Alvaro Picardo tuvo de dónde escoger. En cualquier rincón de los barrios de Santa María, del arrabal del Matadero, del Pópulo, de la Viña… Estaban vivos, además, Soléa la de Juanelo, Diego Antúnez, Enrique y Luisa Butrón, Ignacio Espeleta y su hermano El Pollo Rubio, Rosa La Papera, Juan El Caoba, Chele Fateta, Aurelio, Manuel Ortega, Chiclanita, Macandé, Charol, Remedios Fernández, Joseíco, Pepe El Límpio, Luis El Compare… todo el estado mayor del cante y del baile de Cádiz. E iba despuntando, en la intimidad de las casas gitanas, toda una constelación que iluminaría, con los años, el firmamento flamenco. En el “concierto” gaditano surgieron, como por ensalmo, cantes que habían estado soterrados, pero que pertenecían a líneas familiares de sus intérpretes y se habían forjado en el solar donde se estaban produciendo: las siguiriyas del portuense Tomás El Nitri, las de los gaditanos Curro Dulce, Andrés “El Loro” y Enrique “El Mellizo”; soleares de Cádiz y de Paquirri “El Guanté”, serranas por el estilo de Tomás “El Nitri”, polos, la caña de “El Fillo”, saetas viejas, martinetes, el romance de Bernardo del Carpio y el del Moro Alcaide (Moro Tarfe) que fue el apoyo literario del enigmático cante por “gilianas”. (Enrique el Mellizo).

chorrojumo-vAquí, en Cádiz, sí que estuvo presente la llama viva de la tradición oral, casera, doméstica, hermética. Por eso, Lorca , al cabo del tiempo, cuando quiere decir algo sobre el cante o sobre los gitanos–se ha escrito– abandona la Andalucía de guardarropía romántica y equívoca de un “Chorrojumo” esperpéntico (autoproclamado Rey de los Gitanos que vendía sus fotos a los turistas de la Alhambra, vestido con marsellés, calzonas abotonadas, catite y polainas de becerro) y el Sacromonte refocilado en mantener una farsa a tono con los visitantes basada en la parodia y en el mercadeo del remedo, y se planta en la Andalucía real, viva y “verdadera” del Observatorio de San Fernando. Su conversión se operó lentamente, pero no cerró en falso. Por lo pronto, la Semana Santa del año 21, la pasan, en Sevilla, Falla, Federico y su hermano Francisco. Allí es donde conocen a Manuel Torre que será luego “el hombre con mayor cultura en la sangre que he conocido” y que sorpende a Falla cuando afirmó que “todo lo que tiene sonidos negros tiene duende”. En Granada, durante el Concurso del año 22, Manuel Torre, prosigue su amistad con Falla y Lorca, porque interviene en algunas fiestas privadas que organizan. Luego, el 27, en “Pino Montano”, el cortijo sevillano de Sánchez Mejías, con la excusa de Gongora, se desemboca en juergas nocturnas a las que acude el cantaor jerezano. (El legendario Chorrojumo, príncipe gitano).

espeleta-vPara mí que es Ignacio Sánchez Mejías quien transfigura a Lorca y lo pone definitiva y visceralmente en contacto con Andalucía La Baja. En Cádiz, Lorca intima con Pastora Pavón, “La Niña de los Peines, “sombrío genio hispánico, equivalente en capacidad de fantasía a Goya o a Rafael El Gallo”, que cantaba en una tabernilla gaditana. En Cádiz, se oficia una reunión flamenca a la que asiste Lorca y “allí estaba Ignacio Espeleta, hermoso como una tortuga romana,…Allí Eloisa, la caliente aristócrata, ramera de Sevilla, descendiente directa de Soledad Vargas, que en el treinta no se quiso casar con un Rothschild porque no la igualaba en sangre. Allí estaban los Florida que la gente cree carniceros, pero que en realidad son sacerdotes milenarios que siguen sacrificando toros a Gerión, y en un ángulo, el imponente ganadero Don Pablo Murube, con aire de máscara cretense”. Por cierto que el inefable Juan Antonio Campuzano, el poeta de Puerto Real muerto hace unos veinte años, afirmaba que los Florida no son otros que los “Melu” de Cádiz, según confesión del propio “Perico El Melu”, y que Joaquín Romero Murube decía que el don Pablo Murube, no existió, que era Don Felipe Murube, el ganadero, el que ya, en el año 21, proporcionó un balcón, en la calle Sierpes de Sevilla, a Falla y a Federico y a Francisco García Lorca para presenciar el paso de la cofradías de la Semana Santa. Años después, el ganadero estuvo en la reunión de Cádiz. (Ignacio Espeleta).

melu-vNo podía ser otro que Felipe Murube, el único que, por sus facciones, podía tener aire de máscara cretense. El mismo Don Felipe Murube que Fernando el de Triana cita como uno de los entendidos en cante en su “Arte y artistas flamencos”, en 1935. Federico va atando cabos y sacando conclusiones, después de lo ocurrido en Granada, después de su conocimiento de Manuel Torre, de Pastora Pavón, de “La Macarrona”, de Chacón… que anduvieron, inexplicablemente, por fuera del Concurso del año 22. Va convenciéndose de aquello que, por fin, dice en una entrevista que le hacen en el “Mercantil Valenciano” en 1935: “Desde Jerez a Cádiz, diez familias de la más impenetrable casta pura guardan con avaricia la gloriosa tradición de lo flamenco…” Ha caído de su peso: diez familias, de Jerez a Cádiz. Lo demás, es abandono ominoso del propio folklore, rico y antiguo, en las otras Andalucías, para pretender, miméticamente, cantar por siguiriyas o soleares, desde que Silverio hace sus giras, o desde que hay placas de gramófono. Dejaron en la cuneta sus rancios fandangos locales, sus “roás”, sus “moscas”, sus “cachuchas” granadinas, sus “chacarrá”, sus “zambras” …–¿Por qué?– para querer tener el atractivo de la Andalucía menos islamizada y más real. (Agustín el Melu con Francisco Jiménez Nondedeu “Pacorro”).

villalon-vYa, en 1862, con motivo del viaje de Isabel II a Andalucía, se aprecia la diferencia. En la “Crónica del viaje de SS.MM. y AA.RR. a las Provincias Andaluzas…”por Don Francisco María Turino, se escribe que, durante la estancia de Isabel II en Granada: “A eso de las diez de la mañana una comparsa de gitanos estuvo bailando frente a palacio, ofreciendo cuadros y escenas características que marcan la debida distinción entre los zíngaros (?) de la Andalucía baja y los de las Alpujarras”. Antoñito el Camborio es un nombre verdadero; “El Amargo” es un apodo oído. Pertenecen ambos a personas que han sido transculturadas poéticamente por Lorca. Son, Antoñito el Camborio y “El Amargo”, nombres sonoros, poetizables. Como escriben Allen Josephs y Juan Caballero, “cuando el poeta precisa que su Antoñito el Camborio es el prototipus del veritable gitano, no es porque ha poetizado al gitano verídico de ese nombre que vivió en Chauchina, un pueblo cerca de Fuentevaqueros, sino porque ha dado su nombre de Antoñito el Camborio a una personificación poética de algún miembro de una de esas diez familias”. Caso parecido sucede con “El Amargo”. Federico recordaba y dejó escrito: “Teniendo yo ocho años y mientras jugaba en mi casa de Fuente Vaqueros se asomó a la ventana un muchacho que a mí me pareció un gigante y que me miró con un desprecio y un odio que nunca olvidaré y escupió dentro al retirarse. A lo lejos una voz lo llamó: “”¡Amargo, ven!””…Esta figura es una obsesión en mi obra poética. Ahora ya no sé si la vi o se me apareció, si me la imaginé o ha estado a punto de ahogarme con las manos…” Y Lorca se venga de esta obsesión, emplazándolo, como los Carvajales a Fernando IV. Sin embargo cuando recurre, en sus Viñetas flamencas, a Silverio Franconetti o a Manuel Torre, está tratando nombres y personajes reales, estantes y oficiantes en su medio natural. “De Jerez a Cádiz”, que es lo mismo que han acuñado los flamencos en el dicho de que “De El Cuervo para abajo está el ajo”. O el exabrupto del ganadero, poeta, espiritista y teósofo, Fernando Villalón-Daoiz Halcón, Conde de Miraflores de los Angeles: “El mundo se divide en dos partes: Cádiz y Sevilla”. Evidentemente eran el horizonte de su espacio vital y el perímetro donde se forjan las manifestaciones que, con razón o sin ella, llegan a ser la carátula tópica de la españolidad. No debe olvidarse la amistad entrañable de Villalón con Lorca, desde que fueron presentados por Ignacio Sánchez Mejías: “Federico, aquí te presento a Fernando Villalón, el mejor poeta novel de Andalucía”. ((Fernando Villalón).

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Coches de caballo en la antigua parada de la estación. En Cádiz las reuniones de aficionaddos al cante iban de venta en venta en estos oches, con los artistas.

Porque, a raíz de todo eso, para Lorca, la “ciudad de los gitanos” es Jerez de la Frontera y lo tiene grabado, indeleblemente, en su memoria (”Que te busquen en mi frente”), y el “locus” flamenco por excelencia, “Las calles de Cádiz”. Las juergas, en Cádiz, eran ambulantes, en coches de caballo, por las calles, con paradas señaladas, puntuales y gloriosas en tabernas, colmados y ventorrilos de extramuros. Así, “Las calles de Cádiz”, titula el espectáculo que, con Ignacio Sánchez Mejías, estrenan en el Teatro Español de Madrid, el año 32. En él figuran nada menos que Ignacio Espeleta, El Niño Gloria, Rafael Ortega, Juana La Macarrona, La Malena, La Geroma, Manolita Maora, Pablito y Gineto de Cádiz, Adelita la de Chaqueta… la flor y nata del flamenquerío bajoandaluz. Y la Argentinita y Pilar López.

LORCA Y AGUSTIN EL MELU

Agustín decía que conoció a Lorca. Su hermano Perico afirmaba que los “Florida” eran ellos mismos, los “Melu”, a quienes Federico había conocido en un fiesta que se organizó en Cádiz. Juan Antonio Campuzano decía lo mismo. Yo no sé si sería verdad o no. Agustín Fernández López, “El Melu”, por los años 60, era ya sexagenario. Es decir que iba más o menos con el siglo. Había nacido en Cádiz, en una familia gitana, como Dios manda. Por Fernández descendía de su abuelo Pedro Fernández Piña, “El Viejo de la Isla”, y su tía abuela fue María Fernández Piña, “María Borrico”, dos impresionantes siguiriyeros. Por Fernández, era primo segundo de Ramón Medrano Fernández, gitano, concesionario del carro de la carne, que conocía toda la escuela de cantes de Sanlúcar. Por López, Agustín descendía de los López de El Puerto de Santa María, una familia gitana apodada “Tabares”, matarifes y carniceros, de los mismos López que el de Juan José Niño López, el mayor romancista andaluz, gitano, nacido en El Puerto en 1859 y hermano de otro romancista y rancio cantaor: Manuel Sacramento Niño López, tatarabuelo –¡lo que son las cosas!– de Josemi Carmona Niño, el de “Ketama”. Toda la familia de Agustín, su padre y sus hermanos, José y Perico, fueron tablajeros, carniceros, y además, Agustín, novillero, sobresaliente en numerosos “mano a manos”, criador y exportador de gallos de pelea, cantaor y dueño de una taberna, santo lugar gaditano de la flamenquería, llamada “El Burladero”. Su hermana Milagros, bailaora, se casó con el guitarrista Víctor Rojas Monje, hermano de Pastora Imperio. ¡Qué razón tuvo Federico cuando concluyó con que sólo son diez familias de la más impenetrable casta pura…! ¡Desde Jerez a Cádiz!. Ahí, en Agustín, hay una muestra de la endogamia y de la avaricia con que han guardado la tradición de lo flamenco. Pues Agustín decía haber conocido a Lorca, cosa que pude averiguar, e impartía, como he escrito ya, en otra ocasión, su “edición crítica oral” del “Romancero gitano”, en su cátedra de la calle Columela, en el Bar Andalucía, dentro, al lado de una de las ventanas, la de la izquierda, según se mira la fachada, en la tertulia que mantenía con José Brea, que había sido novillero, gallero de postín y buen aficionado al cante, con otros cuantos no menos aficionados y los que por allí recalábamos.

gineto-vEn el Bar Andalucía, en la terraza, se sentaba también José Espeleta, hijo de Ignacio, que tenía por oficio pegar carteles de toros o de lo que fuera y rezaba en las tarjetas que repartía, como su profesión: “Fijador de propaganda mural”. Digno hijo de su padre, porque, para más identidad, cantaba con gracia y sabor inenarrables las cosas de Ignacio. (Pablito de Cádiz y Gineto, que actuaron en el espectáculo “Las calles de Cádiz” que promovió Ignacio Sánchez Mejías).

Agustín “El Melu”– no se sabe de dónde lo había aprendido–, decía que el “Romancero gitano” era un libro “mitológico y arcano”. Y lo decía con propiedad. Afirmaba conocer el secreto de muchas imágenes y metáforas del “Romancero” de Lorca que habían escapado a la crítica literaria más circunspecta. Y lo acreditaba. Por ejemplo, después de hacer un breve discurso sobre el culto a la virginidad de las muchachas de su raza, de la ceremonia ancestral de la boda, en que, de madrugada, una vieja gitana, la torera o matadora, doblando sobre un dedo un pañuelo blanco de seda, comprobaba la doncellez de la desposada, la desfloraba y, los restos sanguinolentos del himen, quedaban, tal cual tres rosas, en el pañuelo desplegado; después de contar el júbilo de la comunidad gitana, por la comprobación de la virginidad de la novia, a la que se le subía en volandas, se le vitoreaba, se le aclamaba y se le colgaban las toronjas en el cuello y se le echaban cantidades verdaderamente industriales de almendras peladillas.

lorcaEntonces se entonaba el canto cuasi sagrado de la alboreá: “En un verde prado/ tendí mi pañuelo;/ nacieron tres rosas/ como tres luceros”; “Esta noche mando yo/ mañana, mande quien quiera,/ esta noche voy a poner/ por las esquinas banderas”. Después de explicar todo eso, Agustín decía: “Verde que te quiero verde”, equivale a decir “Virgen que te quiero virgen”. Sagaz interpretación de quien, como los de su raza, compara la virginidad de sus mocitas con el verdor de un prado. Y continuaba: “El barco sobre la mar/ y el caballo en la montaña, porque la virginidad es que cada cosa esté en su sitio”. A renglón seguido, por ejemplo, la emprendía con el romance de “San Gabriel”, donde Lorca escribe: “El niño canta en el seno/ de Anunciación sorprendida./ Tres balas de almendra verde/ tiemblan en su vocecita”, porque, decía “El Melu”, “las almendras que se le tiran a las novias gitanas son símbolo de la fecundidad”. Verdad, le dije yo, que había leído, por aquellos entonces, “La rama dorada” de Frazer que decía que “la almedra hace concebir a las vírgenes; basta con ponerlas en su regazo”. O que “los frigios representaban al padre de todas las cosas en forma de almendro. El almendro es el símbolo de la virilidad fecundante que engendró a Atis”. Cuando la emprendía con los versos “¡Oh ciudad de los gitanos!/por las esquinas, banderas…”, sacaba a colación la letra de la alboreá “…/…/esta noche voy a poner/ por las esquinas banderas”. Volvía con lo de “Alrededor de Thamar/ gritan vírgenes gitanas/ y otras recogen las gotas/ de su flor martirizada./ Paños blancos enrojecen/ en las alcobas cerradas…” Y explicaba cómo Tamar era una mártir de la virginidad, como Santa María Goreti, y que las gitanas recogieron su virgo en un pañuelo blanco, en la alcoba, sin que los extraños pudieran entrar, como en las bodas gitanas. Una vez, decía “El Melu”, vino aquí, a Cádiz, un doctor del Instituto Pasteur, de Francia, y confirmó que la saliva es el mejor curativo para las heridas, los rasguños y los eczemas. Fíjate que a los niños las madres les ponen saliva y le dicen: “Sana, sana/culito de rana;/ si no sanas hoy,/ sanarás mañana”. Pues Lorca coge eso y dice: ” La Virgen cura a los niños/ con salivilla de estrella”, porque la saliva, mojada, da reflejitos, como estrellas y porque la saliva es de la Virgen, es saliva del cielo, como las estrellas. De “las altas barandas” y “los barandales de la luna”, decía Agustín que había que tener en cuenta que en el cielo hay barandas y balcones, como se desprende del romance de Santa Catalina, “Por las barandas del cielo/ se pasea una zagala…” y el villancico de que “En el cielo se alquilan balcones/ para una boda que se va a hacé;/ que se casa la Virgen María/ con el Patriarca Señó San José”. Agustín todo esto lo decía con autoridad, remarcando las frases, dándole el son al verso, creyendo lo que contaba, misteriosamente. (Luis Suárez Ávila).


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6 respuestas a “186.- FALLA, LORCA, PICARDO.”

5 03 2010
Ignacio Moreno Aparicio (10:05:17) :

Mis felicitaciones a D. Luis Suarez por este detalladísimo artículo que ilustra con mucha precisión detalles de la vida del inolvidable Agustín.

6 03 2010
LSA (09:22:29) :

Agustín era un señor. Siempre iba impecablemente vestido, aunque, en ocasiones estuvera más tieso que Paco Sanchís. Su conversación era deliciosa. Era educadísimo y recuerdo que en una ocasión fui a Cadiz, en el vapor, con la actriz de teatro Maria Paz Ballesteros. Encontramos a Agustín en su tertulia y, en seguida, se comenzó a hablar de teatro. No sé por qué razón en la conversación salió en nombre de Don Jacinto Benavente. Uno allí presente, sin venir a cuento, dijo: Ese era maricón. Agustín se indignó, hizo un aparte con él y le recriminó: Mira, eso no se dice, que hay una señora delante, al menos dí pederasta, pederasta.
En otra ocasión en su “Bar El Burladero” estuvimos un día entero reunidos con Antonio Mairena, Juan Talegas, Aurelio, El Flecha, y Antonio mandó, al taxis de Dos Hermanas que nos había llevado, a buscar a El Negro, a Alonso el del Cepillo , a Ramón Medrano y a Agujetas el Viejo. Allí se cantó todo lo cantable, acompañados por la guitarra de Melchor de Marchena. Cantó Agustín por siguiriyas de su bisabuelo el Viejo de la Isla. Inenarrable, sublime todo. Creo recordar que fue en el verano de 1973, porque era cuando yo estaba preparando con Antonio Mairena el disco de Philips “Cantes de Cádiz y los Puertos”. De cuando en cuando yo salía a comprar un papelón de pescado frito y a seguir.

6 03 2010
LSA (09:29:25) :

Curro, ahí te reproduzco un trozo de mi habitual columna del Diario de Cádiz, de hace muchos años, sobre Agustín El Melu:

“Agustín una vez, por lo que fuera, se quedó más tieso que Paco Sanchís y un amigo suyo le ofreció trabajo: embarcarse en la “Trasmediterránea”. Agustín, que no quería porque no había estado nunca embarcado, cedió, ante la presión de un amigo suyo, marinero, y se embarcó. El viaje era para Génova. A Agustín nada más embarcar, le pusieron un cinturón lleno de herramientas, alicates, destornilladores, voltímetros, etc. Sorprendido, se le dijo que era el electricista del barco. Agustín manifestó que no sabía nada de electricidad. Su amigo le dijo que no importaba, porque nunca había habido una avería. Pero ocurrió que en medio del Mediterráneo se fue la luz del barco. -¡Agustín, Agustín!… Todo el mundo llamaba a Agustín y Agustín quería, en esos momentos, que se lo tragara la tierra o la mar. El capitán, a la hora y media, después de estar Agustín escaqueándose, diciendo que los plomillos estaban bien, que toda la instalación estaba en orden, le preguntó qué era lo que pasaba y cómo iba a arreglar la avería. Y Agustín, sin salida posible, pero con un aplomo digno de mejor empresa, respondió: -”Mi capitán, ésto no es del barco, ésto es de la “Sevillana”. Y el capitán, en vez de enfadarse, se revolcaba, porque esas cosas nada más que ocurren por aquí o en territorio gaditano, que al fin y al cabo, un barco es, con la Ley en la mano, territorio nacional.”

27 03 2010
JJGL (15:08:35) :

Magnífico artículo. Con relación a don Álvaro Picardo y Gómez, gran bibliófilo, decir que fue propietario, por adquisición a don Miguel Gallardo, de Puerto Real, del manuscrito de las denominadas “Memorias” del saboyano Raimundo de Lantery, y las publicó en una tirada muy corta, 250 ejemplares, en Cádiz, 1949. Sobre el texto del señor Picardo, el profesor Bustos Rodríguez las reeditó en 1983, edición de la Caja de Ahorros de Cádiz. Pero del manuscrito original, de gran importancia lexicográfica, nada se sabe actualmente. Su estudio por los lexicógrafos españoles dieciochistas resulta hoy imprescindible, y quedaría muy agradecido si recibiera alguna información al respecto del eventual paradero actual del manuscrito, con todas las garantías que, naturalmente, me fueran exigidas con antelación. JJGL. Madrid

5 06 2010
Carlos (21:03:43) :

De los artículos más subjetivos que he leído. Sin duda barre para su propia casa en sobremanera, de modo que resultan grotescos los contrastes con lo dicho por otros estudiosos de la vida de estos personajes, y en concreto de Falla y Lorca.

4 07 2010
LSA (21:19:45) :

Para Carlos.

Me encanta que no le guste mi artículo sobre Lorca. Es señal que usted ha seguido a todos los que dicen cuatro lugares comunes sobre el poeta y otros lo copian, lo recopian hasta la saciedad.
Don Francisco Ayala, cuando leyó el artículo completo, del que es parte lo publicado aquí, me felicitó por lo documentado y novedoso.
Isabelita García Lorca, también.
Se ha publicado en Boletín de la Fundación García Lorca.
Le felicito, Don Carlos, por serla voz discrepante, aunque sin argumentos serios, como sucede siempre.

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