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200.- GADITANOS EN 1816. Una tienda de montañés en Cádiz

19 03 2010

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Publicamos un artículo del “Boletín Oficial de Madrid de 1833, el 16 de julio de ese año, titulado “Una tienda de montañés de Cádiz” que firmó Ángel Iznardi con el seudónimo de “El Mirón” sobre el que hizo un espléndido estudio José Escobar Arronis. Un interesantísimo testimonio sobre la vida y costumbres de los gaditanos en la época del Cádiz inmediatamente posterior al sitio francés y el periodo constituyente.

fernando-VII-verticalSerían las diez de una de las noches del mes de mayo de 1816, cuando estaba cerrando el correo en su escritorio de la calle de los Doblones don Pedro Fernández, dependiente de comercio de la casa de… a quien por familiaridad y cariño llamaban Perico sus amigos y apasionados, que los tenía muchos y buenos, merced a su genio alegre y decidor. Este establecimiento, uno de los más activos y ricos antes de la revolución americana, había venido tan a menos que de siete buques de cruz que hacían antes el comercio por cuenta de la casa con la Guaira y Puerto-Cabello, sólo conservaba ésta dos místicos para hacer el tráfico de cabotaje con los puertos de la Península, y de nueve dependientes y tres corredores del número que sacaban su holgada subsistencia y la de sus familias de los negocios y utilidades que la misma les proporcionaba, solo se sentaban en los banquillos de pino del desierto escritorio el dependiente que ya conoce el lector y que a los veintiocho años de su edad reunía un genio naturalmente chistoso, como lo son la mayor parte de los gaditanos, con un carácter alegre y divertido, y enfrente de él, al otro lado de la carpeta (que en Madrid se llama pupitre), asentaba las cuentas por partida doble otro que hacía la veces de tenedor de libros, en todo menos en el crecido sueldo que otro tiempo se pagaba en Cádiz a los de esta profesión; este tal, aunque no tan alegre como su compañero y con siete años más de edad, era de aquellos hombres que ni inventan modos de divertirse ni se niegan a tomar parte en ninguna diversión que se presenta. Precisamente esto era lo que cuadraba a la afición activa y creadora de Fernández: una persona que se dejase llevar y segundase con su cooperación los proyectos de su propia invención.

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-Sabes lo que me ocurre -dijo el secretario al contador poniendo ya la oblea y el sello a la última de las cartas- que supuesto que hemos acabado temprano el correo, nos vayamos de aquí a la tienda de la Verónica; allí encontraremos, si es que ya no se han ido a la feria de Chiclana, a Pepe y a Frasquito, y reunidos en amor y compaña tomaremos unas tajadas de pescado frito caliente y brindaremos con sendas cañas de manzanilla a la salud de la franquicia del puerto, que dicen va a conceder el Rey a Cádiz antes de mucho.

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-Dios lo haga -repuso don Casiano, que éste era el nombre del tenedor de libros- porque te aseguro que da pena ver la soledad y la tristeza de esa puerta de Sevilla de donde se veían salir en otro tiempo para la aduana, cuando andaba el comercio, docenas de carros cargados de oro y plata acuñada y de frutos preciosos, como añil y cochinilla, que valen tanto y más que los pesos duros mejicanos; entonces significaba esta casa con siete cifras el movimiento anual de su comercio; pero yo soy de opinión -continuó llevándose la mano derecha a la cabeza, movimiento adquirido por la práctica de ponerse la pluma detrás de la oreja- que aunque no sea cierto lo del puerto franco nos vayamos, como dices, a la tienda de montañés, pero cuidando de entrar por la puerta lateral de la casa-puerta, porque no parecería bien que dos personas decentes entrasen descaradamente en una taberna.

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Aún no había acabado de decir esto el sesudo tenedor de libros, y ya estaban mis dos gaditanos en la calle de la Carne, que les dio paso para llegar en un santiamén a la deseada tienda de vinos; pasaron por entre las dos filas de botas o cuarterolas pintadas con sendos jeroglíficos; y llegando a un cuartito interior reservado para los caballeros, empezaron a embaular pescadilla frita con sus correspondientes aceitunas gordales y a beber en menudos tragos la dorada manzanilla, que si se ha de dar crédito al robusto montañés, no la había más clara ni mejor en todo el término de San Lúcar (sic) de Barrameda. Llegarían a la quinta cañita, servidas todas por medios vasos, cuando apareció por la puerta el calavera de Frasquito fumando un puro de la vuelta de abajo y repartiendo bocas de la isla a cuantos encontraba al paso.

-¿Pues y Pepe? -le preguntó Perico viendo que venía sin el compañero.

-Quién cuenta con Pepe para nada; si os tengo dicho que Pepe es un gallina, figúrate un hombre que dice que no se ha achispado en su vida. Allí se queda en la confitería de Cosi poniéndose de dulces hasta los topes; en fin, es hombre de aquellos que por un merengue o por una peregrina de yema dejará todos los vinos del mundo.

-¡Pobre hombre! -exclamó apurando el vaso el honrado don Casiano.

gitanilla-horizontal-Mas ¿para qué nos hace falta? -continuó el recién llegado- cuando ustedes acaben ahí nos vamos en casa de doña Cornelia y allí oirán vmds. cantar una cachucha a su sobrina Pepa, que es una muchacha que tiene todo el salero del barrio de la Viña; cabello y ojos más negros que el azabache, cintura que cabe aquí (y juntaba los cuatro dedos índices y pulgares), pecho que no se encuentra pañuelo que le baste en todas las tiendas de la calle de Juan-de-Andas, pie como un dije y pierna hecha a torno.

-Que me place -dijo Fernández, el cual siempre se hallaba dispuesto a todo lo que fuese broma y jaleo- esa Pepa ¿es una que vive en la calle de la Bomba?

-No, hombre, ¿estás en tu juicio? ¿Os había yo de llevar a una casa de la calle de la Bomba? Vive en la calle del Hércules y muy pronto se va a mudar a la del Fideo. Don Casiano, ¿quiere usted venir?

-Yo no descompongo función; siempre tengo abierta la cuenta corriente de las bromas para asentar cuantas partidas vayan cayendo; vamos allá enhorabuena, pero antes, ¡Montañés! -llamando al de la tienda que se presentó al instante-, enjuague usted esos cristales y repita usted la convidada.

merinoHízolo el montañés con su acreditada actividad, y bebida y pagada por los concurrentes aquella última refacción, salieron más alegres que unas castañuelas, dirigiéndose por la plaza de S. Antonio y la calle del Veedor hacia la casa de la buena doña Cornelia; mas al llegar a la esquina de la plazuela del Mentidero notaron que había en medio de la calle por donde tenían que pasar una cuadrilla de mozos con capa cantando la caña y las playeras al estilo del país, con su correspondiente guitarra, que es lo que se llama correrla en algunos pueblos de Andalucía. Paráronse los tres hasta reconocer el terreno con la vista y a poco oyeron que empezó a tocar el de la guitarra el acompañamiento de la tonada del Polo y cantó uno de los músicos con gruesa voz y con gentil talante la siguiente copla dirigida a cierta hembra de la calle:

Si supiera o entendiera

que el sol que sale te ofende,

con el sol me peleara

y al mesmo sol diera muerte.

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Trazas llevaban los de la música de no acabar tan presto, visto lo cual por nuestros galanes y considerando prudentemente que sería algo ocasionado el atravesar por medio de los que cantaban a tales horas y por tales barrios, no yendo, como no iban, prevenidos para pelear nuestros comerciantes, volvieron grupas y, rodeando la manzana, bajaron por la calle llamada del Ángel y se entraron en casa de doña Cornelia, diciendo con tono de desprecio mientras subían la escalera:

-Valientes personajes serán los tales musiquillos, ¡algunos mercaderes de la calle del Sacramento cuando más y mucho!

bombaLa doña recibió al Sr. D. Frasquito con aquella alegría de quien ve llegar a su casa a un antiguo parroquiano o marchante, como dicen en Cádiz, y sentados todos en la sala empezó a circular la guitarra por los concurrentes, tan dulcemente entretenidos aquella noche que cuando recordaron asomaba ya el sol su radiante cabellera por entre las espumosas ondas del Atlántico. La narración prolija del sarao de doña Cornelia podrá ser materia de otro artículo. (El Mirón).


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