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225. HISTORIA DE UN HURACAN

18 04 2010

La ciudad de Cádiz ha vivido a lo largo de los últimos cinco siglos grandes desastres, causados tanto por fenómenos naturales como por la propia acción del hombre o sus creaciones. Algunos de ellos son bien conocidos a pesr del paso de los años, como es el caso del ataque del Conde Essex en 1596, el maremoto de 1755 o, ya más recientemente, la explosión de 1947.

Sin embargo, no fueron los únicos grandes desastres de la historia gaditana. Hay otros que, pese los graves daños causados, han pasado más desapercibidos por la falta de información existente. Uno de ellos fue un huracán que asoló gran parte de Cádiz el 15 de marzo de 1671, huracán del que existe constancia a través de un documento cuya copia obra en poder de mi archivo.

Se trata de una carta que se envió desde Cádiz hasta la Corte de Portugal y que en 1926 fue recuperada por Moses Bensabat Amzalak, profesor del Instituto Superior de Comercio de Lisboa y miembro de la Academia de las Ciencias de Lisboa, quien realizó cien copias, todas ellas numeradas, del citado documento. Según se refleja en la carta, aunque con expresiones de la época, el desastre comenzó a las tres y media de la madrugada del denominado «Domingo de Lázaro», cuando la lluvia y el viento del sur dieron paso a los primeros truenos. Sobre las cuatro, el viento comenzó a rolar a suroeste, escuchándose entonces un estruendo tan grande y unos relámpagos tan disformes que ni los más viejos del lugar recordaban.

El huracán entró por el centro de la ciudad, dejando a sus lados el barrio de Santa María, la zona de San Antonio y San Francisco. El primer estrago lo hizo en el Convento de los Padres Capuchinos, donde se llevó por delante tanto la valla como las canales de plomo. Las paredes de casi todas las celdas (habitaciones) fueron cayendo conforme los religiosos iban saliendo. Uno de ellos, aturdido por el fenómeno, no acertó a salir por la puerta, quedando en pie su estancia mientras las de ambos lados eran arrastradas por el viento. También cayeron la enfermería y la cocina, además de producirse importantes daños en todo el edificio.

Al margen de los daños referidos anteriormente, en la carta enviada a la Corte se describe con profusión de detalles la trayectoria del huracán por el interior del Convento. El apartado referido a ello añadía textualmente: «Y es de notar, que habiendo entrado el huracán por una gatera de la puerta que sale al campo, halló cerrada la del Claustro, y a su lado otra puerta de otro aposento con gatera, sin tener otro ningún resuello, con que para salir abrió un agujero de una tercia en redondo en una pared de más de pie y medio de grueso; de tal manera, que se pone en duda, si una bala de seis libras disparada hubiera podido hacer otro tanto. Y a la vuelta de la Iglesia hizo rajas una ventana, y su vidriera, y a la otra ni la tocó; Y en el patio del Convento clavó una teja en medio de una cruz, y la cruz que estaba delante del Convento llevó un gran trecho allí, doblando los clavos, y lo hizo siendo una viga, más de cien pedazos, y tronchó por medio la peana de cantos, lo que cincuenta hombres no hubieran podido hacer».

Posteriormente, el huracán puso rumbo a la zona por entonces conocida como Los Descalzos, donde, sin embargo, no causó excesivos daños materiales, a pesar de haber afectado a varias casas. Su siguiente destino fue el callejón del Emperador, donde el huracán pareció haber recobrado su devastadora fuerza, a tenor de lo que se describe en el histórico documento. En esta zona causó nuevos estragos, cobrándose las primeras víctimas mortales, una madre, su hija y el nieto, mientras otra hija lograba salvarse a pesar de encontrarse todos ellos en una misma cama. En una casa cercana a la anterior, las víctimas fueron el hijo mayor del Alférez Ochoa y su mujer.

En Candelaria derribó por completo el campanario, situado más bajo que los miradores. Al final, la campana acabó en una azotea cercana. De una casa cercana a esta zona y de nueva construcción arrancó hasta siete vigas. El huracán también había dejado huellas de su paso por la calle Compañía, donde igualmente causó importantes daños materiales, al igual que sucedió en la casa de la Cadena, la calle Guanteros o San Francisco, en las que derribó miradores, balcones, ventanas, paredes, gallineros, chimeneas y tapias.

Tampoco se salvó el barrio del Pópulo, donde, según se cuenta, «derribó de encima de la media naranja el globo de bronce, que pesa más de dos quintales, cayendo junto al cuerpo de Guarda». La puerta de la mar y el baluarte de Santa Cruz fueron también lugares de paso antes de que el viento huracanado llegara a la playa, donde casi todos los barcos acabaron con la quilla hacia arriba, estuvieran o no cargados.

El documento cita entre las embarcaciones afectadas a «gabarras, tartanas, bergantines y faetias», además de varias naos que quedaron totalmente destrozados, resaltando que como «cosa bien notable» que en una de ellas «metió la lancha, que estaba en el agua, encima del combes». Fue precisamente entre los miembros de las tripulaciones de estas embarcaciones donde hubo que lamentar más muertes.

Los efectos del huracán se dejaron notar en toda la Bahía, hasta donde llegó un fuerte hedor a azufre, mientras en Cádiz el viento empezaba a calmarse. El documento terminaba valorando económicamente los destrozos sufridos. La carta enviada a la Corte concluía así: «Y finalmente, ha sido tanto el destrozo y los sucesos de aquella noche, que no bastaría una mano de papel para referirlo todo. Lo que se computa como pérdida en esta ciudad serán más de quinientos mil ducados; y las embarcaciones y mercaderías que estaban surtas en la Bahía, más de dos millones. Dios por su infinita misericordia, nos tenga de su mano y nos libre de semejantes borrascas y desdichas y nos de gracia para servirle y una hora feliz para nuestra salvación».

(TEXTOS JUAN TORRES GARCÍA)


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