Gente y habitantes de Cadiz » 344.- DESDE LA CASA DE LAS CUATRO TORRES.

344.- DESDE LA CASA DE LAS CUATRO TORRES.

17 09 2010

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Ahora que ya se van acortando los días, palidece el Sol y se presiente cercana la llegada de la estación más bonita del ciclo, comenzamos a añorar los momentos despreocupados y de asueto que se disfrutaron en los días largos y calurosos del verano. Y hay quién los recordamos con intensa melancolía, pues ya la sentimos en el justo instante que fueron vividos, cuando constituyeron nuestro tiempo presente. La casa de las Cuatro Torres desde la plaza de Argüelles.

Y esto nos sucede cuando sentimos que lo que estamos disfrutando es único, feliz y seguramente por desgracia, irrepetible; ya sea por el sitio en el cual nos vimos ubicado, por la compañía que nos envolvía, o simplemente por que lo transcurre ante nuestros ojos, que aunque sea sencillo el asunto, quizás hasta tan simple como una amena conversación, nos colma como poquitas cosas pueden hacerlo en esta vida nuestra que nos ha tocado.

2-verticalY han sido de las jornadas estivales, dos las más afortunadas, las que más nos saciaron. Y las dos transcurrieron en un barroco caserón de los más bonitos, de los que todavía saben lucir en el rico y singular caserío gaditano, su un tanto achacoso traje de siglo XVIII: la Casa de las cuatro torres. Y si le debemos la suerte de haber conocido las intimidades de tan imponente edificio al que hasta hace pocas fechas ha sido su último inquilino, Manuel Miraut, -amigo de los de ya hace años, que nos abrió su torre, su hogar-, dos mujeres fueron, una por jornada, las que gobernaron con su presencia en aquellas muy evocadoras por americanistas, vivencias de unas tardes de verano. Detalle de los esgrafiados en almagra, de la garita de la torre nordeste iluminada por el Sol poniente.

Para paladear un buen cante flamenco impregnado de Mar Caribe, no hay mejor escenario en el mundo que las torres miradores de Cádiz, desde dónde se otea por todos lados el Atlántico que los trajo. Y posiblemente no haya garganta más curtida y preparada para esos menesteres de saberlos bien interpretar, que la voz flamenca, dulce y sabia en los cantes de Cádiz, de Doña Carmen de la Jara. Coincidimos con la cantaora en la torre de Lolo, invitados junto con otros afortunados a contemplar unas vistas dominadas por la mole de la Catedral de las Américas, y el espectáculo enorme de la puesta del Sol sobre el mar tranquilo de la Alameda gaditana.

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Así cuando ya se nos había ido el Sol despidiéndose con un guiño verde en su último rayo, -que según nos dicen es raro de ver, y por tanto generoso donador de anhelados deseos y portador de buenas venturas-, quiso una inspiradísima artista, simplemente por que le salió del alma, regalarnos sin más música que su voz, unos cantes de los llamados de ida y vuelta, rumbas y otros sones latino-americanos mecidos por la cadencia de un compás flamenco. Y en un íntimo recital flamenco al amparo de la garita de la torre, se hizo la noche, avanzó la madrugada, que fue fresca, y se nos cayó del almanaque un día grato.Detalles de la torre nordeste de la Casa de las cuatro torres.

Durante el verano siempre ha sido normal la asistencia a Cádiz de personajes vinculadas con el mundo de la cultura, dando fe de ello los afamados Cursos de Verano en figuras como Marañón o Coctau, y tantos otros que se dieron cita en nuestra siempre querida ciudad. No ha sido este el motivo para la persona que ahora nos va a ocupar, pero si ha coincidido con ello.

Durante varios días estuvo con nosotros Clara Bargellini Cioni, profesora del Instituto de Investigaciones Estética de la UNAM de México, de cuna italiana y mexicana de adopción. Como toda persona ilustre y sin afán de notoriedad, pasó desapercibida para la prensa local. La profesora Bargellini recibió su licenciatura de la Universidad de Pennsylvania en Philadelphia, y su doctorado en Historia del Arte en la Universidad de Harvard. Además, Catedrática de Historia del Arte en el Colegio de Historia, y en el Posgrado de Historia del Arte en la Facultad de Filosofía y Letras de la misma UNAM. Ha sido profesora visitante en las universidades de Zacatecas y Chihuahua, y en el Institute of Fine Arts de la Universidad de Nueva York, así como en las Universidades de Chicago y Pennsylvania, entre otras.

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De izquierda a derecha: Lorenzo Alonso de la Sierra, Clara Bargellini, Miguel Ángel Castellano.

Entre libros y artículos, ya sea en solitario o en colaboraciones, numerosas son sus publicaciones sobre el mundo del Arte y la Historia en la Nueva España: “La catedral de Chihuahua” (1984), “La arquitectura de la plata: iglesias monumentales del centro-norte de México, 1640-1752” (1991), “La Catedral de Saltillo: tiempo y espacio de un acervo”, “Historia y arte en un pueblo rural: San Bartolomé, hoy Valle de Allende, Chihuahua” (1998), “Chihuahua, caminos del pasado, el sur del estado” (2000), y “Misiones para Chihuahua” (2004). Persona preocupada en la conservación del Patrimonio Universal, -fue becada por la Fundación Kress en Florencia después de la inundación de 1966-, y miembro fundador del Comité asesor del Laboratorio de Diagnóstico de Obras de Arte del Instituto de Investigaciones Estéticas.

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Vista de Cádiz desde la torre nordeste de la Casa de las cuatro torres. De izquierda a derecha: La Torre de la Contaduría (campanario de la Catedral Vieja), Torre del Sagrario de la Catedral Vieja, la Catedral Nueva. En primer término, la torre sureste de la Casa de las cuatro torres.

Tan ilustre personaje no ha tenido mejor cicerone que el Dr. Lorenzo Alonso de la Sierra quien ha sabido, como siempre y de forma magistral, guiar por todos los rincones de nuestra ciudad a la afamada profesora. Tenía Doña Clara curiosidad por conocer el antiguo titular de la Cofradía de la Vera-Cruz, por ser éste de factura mexicana, de los llamado de papelón. Y de la Casa de la decana hermandad y siempre orientados por la labia sabia del Dr. Lorenzo, acabamos por subir a la Casa de las cuatro torres, para que conociese nuestra tan particular manera de entender la Arquitectura, nacida allá por las centurias en las que fuimos Emporio, de las necesidades y conveniencias de aquellos Cargadores a Indias, además de ser reflejo de sus vanidades, de prestigio social, y de la riqueza enorme que atesoraron.

Desde luego, hoy en día no se comercia en Cádiz con las riquezas americanas; ya contamos por siglos que esto no pasa. Disfrutamos de la herencia de una época sublime que modeló gran parte de la ciudad: fijó su perfil urbanístico, y en cierta forma, nuestra manera de entender y gustar de algunas de las disciplinas del Arte, y el carácter de su gente. Reconocemos los de aquí la importancia del impacto americano, y gustamos y mucho de ello, aún en asuntos que pueden parecer menos graves: el habla y el folclore propio, ya sea en el flamenco o el del nuestro sonoro Carnaval. Y los que nos vienen de tierras americanas, verán reflejadas por cualquier rincón de nuestra vieja ciudad, maneras y formas de un lenguaje Barroco y aún del Neoclásico, que son también las suyas propias.

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Izquierda, detalle ornamental que fecha la Casa en 1745. Derecha, detalle de la portada de una de las entradas de la Casa por la calle Manuel Rancés, una cartela de rocallas de buena labra, con los anagramas de Jesús, María y José.

Son Carmen y Clara, dos mujeres que recrean de muy distintas maneras con sus respectivas ocupaciones, los evidentes testigos de un todavía cercano pasado común: la una, ejercitándose con un cante gitano-andaluz que vino de vuelta felizmente contaminado de sones antillanos; la otra, con sus valiosos estudios sobre un Arte desarrollado en la Norteamérica más hispánica, que partió de ida de estas tierras meridionales netamente europeo, para enriquecerse en las Indias con la mezcla de autóctonos gustos indígenas. Una es de este rincón, y siempre lo tiene presente, y la foránea seguro que lo recordará; pues es nuestro Cádiz trayéndonos siempre al presente la grandeza de un pasado que fue mejor, una esquina del Mundo que cobija a la nostalgia, y la contagia bien pronto.

En este final del estío, inmersos como ya estamos en la rutina de la vida ordinaria, acudimos a la memoria. Y con el consuelo de los buenos recuerdos, se conforma un pensamiento: quizás no haya manera más agradable y sencilla de rememorar los tiempos ricos del comercio americano, que en una desocupada tarde de verano disfrutar del ocaso, desde la Casa de las cuatro torres.

Miguel Ángel Castellano Pavón y Francisco Manuel Ramírez León.

Fotografías: de los autores y de Manuel Miraut.


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2 respuestas a “344.- DESDE LA CASA DE LAS CUATRO TORRES.”

17 09 2010
Neli (19:56:31) :

Magnífico su trabajo “Desde la Casa de las cuatro torres”.
En un tiempo, una de las torres fue adquirida por el matrimonio de actores Servando Carballar (gaditano) y Carmen Heymann, que con su pequeño hijo Vandi pasaban en ella los veranos, mientras actuaban con sus obras de teatro medieval, recitaban y movían sus marionetas en el patio de la Facultad de Medicina, dentro de los Cursos de Verano de la Universidad.
En su torre recibían a los amigos y a esos personajes que venían a los Cursos.
El pequeño Vandi (Servando Carballar Heymann) es hoy un famoso músico y empresario. Yo diría, un fuera de serie.
Para su Blog “Gente y habitantes de Cádiz” le sugiero dediquen una entrada a la pareja Servando y Carmita, valiosos actores que tan unidos estuvieron a la vida cultural de Cádiz por tantos años.
Cuando hace algún tiempo se representó en el Falla la obra “El Atalayero” de Fernando Quiñones musicada y puesta en escena por Juan Antº Castañeda, vino expresamente de Madrid Servando Carballar, muy amigo de ámbos, a interpretar un papel protagonista.

1 10 2010
A.H.RZ. (10:03:47) :

ME PARECE ESTUPENDO LA VISITA DE GENTES IMPORTANTE A NUESTRA CIUDAD, Y MAS SI SON INFORMADOS COMO LA DOCTORA CLARA BARGELLINI.

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