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352. El ‘salón del obispo’ en Río Arillo

27 09 2010

La entrada de un obispo en su diócesis estaba acompañada de un complicado ceremonial, hoy suprimido en su mayor parte. Al ritual de carácter eclesiástico se unían las tradiciones particulares de cada ciudad.

Cádiz no era una excepción y la entrada de un nuevo obispo llevaba consigo el cumplimiento de algunas curiosas tradiciones. Una de ellas era el recibimiento al prelado en el molino de Río Arillo, límite del término municipal.

El nuevo obispo de Cádiz acostumbraba a pernoctar la noche anterior en San Fernando. Muy temprano, el Ayuntamiento isleño bajo mazas, acompañado del capitán general y del gobernador civil de la provincia, recogía al prelado y lo acompañaba hasta el molino de marea situado en Río Arillo. Mientras tanto, el Ayuntamiento de Cádiz, también bajo mazas, con maceros, clarineros y batidores de la Guardia Municipal, subía en unos carruajes en la plaza de San Juan de Dios para marchar hacia Río Arillo.

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A las doce en punto de la mañana, el prelado pisaba el término municipal. El alcalde se adelantaba hasta la puerta del carruaje para dar el discurso de bienvenida. El obispo agradecía el saludo y ambas comitivas pasaban al interior del molino, a un salón cedido galantemente por el propietario de las salinas y que era conocido como ‘salón del obispo’. Allí las autoridades besaban el anillo del nuevo pastor de la diócesis.

Tras descansar durante una hora, el Ayuntamiento de San Fernando se despedía de los presentes y el obispo emprendía el camino hacia Cádiz en un carruaje con el alcalde y el gobernador. La comitiva, precedida por los batidores, llegaba hasta la iglesia de San José, donde daba comienzo otro curioso ceremonial.

(José María Otero)



351.- COSTUMBRES GADITANAS. Los entierros de la Santa Caridad

25 09 2010

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Es piadosa y antigua costumbre acompañar a los seres queridos a su última morada. Esta fue en Cádiz, hasta hace pocos años, el cementerio de San José, en cuyo frontis reza una cita bíblica: “profetiza sobre estos huesos”. Desde tiempo inmemorial, una hermandad gaditana, la de la Caridad, se ocupaba de enterrar a los pobres a su costa. Cuando fallecía un indigente, la Caridad dirigía un aviso por turno a los hermanos, para acompañar a la sepultura al fallecido en la pobreza. La antigua Hermandad de la Caridad ha llegado hasta nuestros días, en la imagen un capítulo en San Juan de Dios con ocasión de la festividad de San Miguel. El distintivo de los hermanos es la tohalla blanca.

capilla-verticalDesde San Juan de Dios, generalmente lugar del fallecimiento de los mendigos sin techo ni familia, partía un cortejo como el que describe Juan Pineda en “Impresiones y recuerdos” en la década de los ochenta del siglo XIX. Al frente un acólito alzaba la manguilla azul de la Hermandad, coronada por el corazón entre llamas de amor y la crucecita. Detrás, en un carro de la más modesta clase de la funeraria, el féretro de la Hermandad con el cadáver. A ambos lados, cuatro faroles portados por uniformados cargadores y detrás el capellán y el hermano que por turno estaba obligado a acompañar al fallecido. Unas veces había familia, las más era un triste y reducido cortejo. La capilla de la Hermandad en la Iglesia de San Juan de Dios, su sede canónica.

La comitiva subía andando la cuesta de San Juan de Dios, pasaba por la plaza de toros, la Cárcel Real y el Matadero, hasta la Puerta de Tierra, donde los acompañantes subían a los carruajes hacia San José. Allí se dejaban los faroles en la capilla, los cargadores portaban el féretro y tras la insignia de la Caridad, seguían hasta la fosa común, lugar donde tras las preces de rigor se daba sepultura al cadáver, sin el féretro, que volvía a usar la Hermandad. Antes de arrojar tierra alguna sobre la cara del cadáver, el sepulturero se la tapaba con un pañuelo. En Cádiz las hermanas de la Caridad siempre proporcionaban un pañuelo para los muertos sin caja fallecidos en San Juan de Dios: “para que no hiciera ofensa la tierra en la cara de los muertos”. Antigua costumbre gaditana, decía Pineda, porque más allá hay otra vida a la que hay que llegar con la cara muy limpia.



350.- FRANCISCO SÁNCHEZ DEL ARCO. El primer periodista gaditano corresponsal de guerra

24 09 2010

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Francisco Sánchez del Arco nació en Cádiz en 1816. Periodista y autor teatral de éxito, fue el editor-responsable del periódico “El Constitucional” y de su suplemento: “Fray Gerundio y su Lego Tirabeque”. Dio a la imprenta en Cádiz obras para teatro entre 1847 y 1851 como “La sal de Jesús”, “La Serrana”, “¡Es la chachi!” y “Tal para cuál o Lola la gaditana”, ésta última, con otras de otros autores, fue el antecedente del arquetipo de nuestra Lola la Piconera. Arriba, el teatro de operaciones de la Guerra de África 1859-1960 donde además de Sánchez del Arco fue corresponsal de guerra Pedro Antonio de Alarcón.

También fue el autor de “Abenabó”, drama histórico; “El cuerno de oro”, ópera cómica; “El rey de Andalucía y guapo Francisco Esteban”, drama o “Urganda la desconocida”, comedia de magia. Además fue durante dos años diputado a Cortes.

prim-verticalMurió en Ceuta en 1860, ejerciendo de corresponsal de guerra para el periódico “El Constitucional” que hemos dicho que dirigía. La fama de iniciar este género en combate, precisamente en esa guerra de Marruecos de 1860, le corresponde a Pedro Antonio de Alarcón, pero se olvida que allí se dejó la piel este periodista gaditano, primero de la larga lista de quienes han perdido la vida a consecuencia de informar desde la peligrosa línea de fuego. Su fallecimiento no fue debido a un hecho de armas sino al cólera que azotó al contingente español en aquella contienda hispano-marroquí, que se desencadenó a finales de 1859. O’Donell estaba en el poder desde el verano anterior y fue la campaña de la toma de Tetuán y la batalla de Los Castillejos. Al lado el general prim, héroe de la batalla de Los Castillejos.

El Comercio, en su número de 8 de abril de 1860, daba noticia del fallecimiento del director del otro periódico gaditano con el que mantenía una reñida competencia y entablado agrias polémicas: “Falleció en Ceuta… el dos de abril de un ataque de cólera fulminante… durante 18 años fue periodista en Cádiz… su pobreza fue hija de su honradez”. Ahí queda eso. Poco después se le rindió un homenaje literario en nuestra ciudad con elogiosas obras de diversos autores, promovido por Adolfo de Castro y el Ateneo, pero tal vez el mejor elogio se lo hizo la competencia. Que no se olvide.



347. LUIS GONZÁLEZ BRAVO. Un gaditano presidente del Gobierno

21 09 2010

Bravo_1Otro gaditano que alcanzó, en varias ocasiones, la presidencia del Consejo de Ministros.

Luis González Bravo nació en Cádiz en julio de 1811. Su padre era un destacado empleado del Ministerio de Hacienda que estuvo destinado en nuestra ciudad durante algunos años. Estudió Humanidades en Madrid y Jurisprudencia en Alcalá de Henares. Poco tiempo estuvo dedicado a la abogacía, ya que pronto destacó en política escribiendo en el periódico madrileño El Guirigay con el seudónimo Ibrahim Clarete.

Los primeros escritos de González Bravo son furiosamente liberales, atribuyéndose esta actitud radical a las persecuciones que había sufrido su familia al caer el sistema constitucional. De carácter afable, el gaditano González Bravo era tremendamente pasional. El política pasó de ser un exaltado liberal a defender lo contrario poco tiempo más tarde. Combatió con las armas la insurrección militar del general León y, sin embargo, fue su defensor en el Consejo de Guerra y lo acompañó hasta su ejecución tras intentar obtener el perdón.

El 1 de diciembre de 1843, González Bravo es nombrado presidente del Consejo de Ministros. Al faltarle el apoyo de los diputados, el político gaditano no duda en suspender las sesiones y cuando comprueba conatos de rebelión decide encarcelar a los políticos que poco antes le había llevado hasta el Gobierno. Durante su mandato se aprueba la creación de la Guardia Civil. Cuando dimite, González Bravo es nombrado embajador en Portugal, donde permanece largo tiempo.

Ministro de la Gobernación con Narváez, González Bravo vuelve a la presidencia del Gobierno en 1868, poco antes de que estallara la revolución de Cádiz e Isabel II marchara hacia el exilio. Falleció en Biarritz en 1871.



346.-LAS ESENCIAS DEL GARUM GADITANO.

20 09 2010

Los aristócratas romanos y del resto de provincias imperiales se desvivían por el garum, el bovril marino que enloquecía los paladares de hace dos mil años. Y en concreto, el garum por antonomasia era el procedente de las costas gaditanas, bañadas por corrientes que llevaban el pescado azul más apreciado de la Antigüedad.

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(Baelo Claudia, la actual Bolonia, donde se fabricaba el garum).

El garum gaditano, que tanto dio que habla se expendía en delicados recipientes porque era el non plus ultra gastronómico, la ambrosía que resucitaba (y también enmascaraba) cualquier vianda.
Hablamos de nuestra más primitiva delicatessen y la que ha tenido los precios más prohibitivos en toda la historia, por encima de los caviares del Guadalquivir. El garum costaba muchísimo y sólo estaba al alcande de bolsillos imperiales desahogados. Un litro de garum de Cádiz llegaba a suponer en los mercados de destino unos 500 sestercios, lo que traducido resulta al poder adquisitivo de hoy como unos 3.000 euros. En compensación, apenas unas gotas revolucionaban el sabor de cualquier plato e incluso los malos vinos mediterráneos de entonces.

El garum se añadía a todo y se aliñaba con todo, por lo que el poseedor de cualquier frasquito tenía un tesoro para sus ágapes.
Del garum sólo nos ha llegado  una idea de su composición: tripas y despojos de pescados azules (atunes, caballas, boquerones y sardinas) expuestas al sol y a la maceración con vinagres, especias y hierbas aromáticas. De ahí que la fórmula gaditana se diferenciara por calidad respecto a las que se hacían en el resto de la costa española levantina, por la Galia y en la propia Italia. Con la zurrapa del garum, más agua o vino, se producía un subproducto, el alec, que era con el que se sazonaban los pucheros mundandos  y las ollas de las legiones. Al menos la plebe se acercaba así a los paladares de los potentados de aquella Roma que transfiguró el mundo.

(TEXTOS: FRANCISCO A. GALLARDO)



344.- DESDE LA CASA DE LAS CUATRO TORRES.

17 09 2010

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Ahora que ya se van acortando los días, palidece el Sol y se presiente cercana la llegada de la estación más bonita del ciclo, comenzamos a añorar los momentos despreocupados y de asueto que se disfrutaron en los días largos y calurosos del verano. Y hay quién los recordamos con intensa melancolía, pues ya la sentimos en el justo instante que fueron vividos, cuando constituyeron nuestro tiempo presente. La casa de las Cuatro Torres desde la plaza de Argüelles.

Y esto nos sucede cuando sentimos que lo que estamos disfrutando es único, feliz y seguramente por desgracia, irrepetible; ya sea por el sitio en el cual nos vimos ubicado, por la compañía que nos envolvía, o simplemente por que lo transcurre ante nuestros ojos, que aunque sea sencillo el asunto, quizás hasta tan simple como una amena conversación, nos colma como poquitas cosas pueden hacerlo en esta vida nuestra que nos ha tocado.

2-verticalY han sido de las jornadas estivales, dos las más afortunadas, las que más nos saciaron. Y las dos transcurrieron en un barroco caserón de los más bonitos, de los que todavía saben lucir en el rico y singular caserío gaditano, su un tanto achacoso traje de siglo XVIII: la Casa de las cuatro torres. Y si le debemos la suerte de haber conocido las intimidades de tan imponente edificio al que hasta hace pocas fechas ha sido su último inquilino, Manuel Miraut, -amigo de los de ya hace años, que nos abrió su torre, su hogar-, dos mujeres fueron, una por jornada, las que gobernaron con su presencia en aquellas muy evocadoras por americanistas, vivencias de unas tardes de verano. Detalle de los esgrafiados en almagra, de la garita de la torre nordeste iluminada por el Sol poniente.

Para paladear un buen cante flamenco impregnado de Mar Caribe, no hay mejor escenario en el mundo que las torres miradores de Cádiz, desde dónde se otea por todos lados el Atlántico que los trajo. Y posiblemente no haya garganta más curtida y preparada para esos menesteres de saberlos bien interpretar, que la voz flamenca, dulce y sabia en los cantes de Cádiz, de Doña Carmen de la Jara. Coincidimos con la cantaora en la torre de Lolo, invitados junto con otros afortunados a contemplar unas vistas dominadas por la mole de la Catedral de las Américas, y el espectáculo enorme de la puesta del Sol sobre el mar tranquilo de la Alameda gaditana.

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Así cuando ya se nos había ido el Sol despidiéndose con un guiño verde en su último rayo, -que según nos dicen es raro de ver, y por tanto generoso donador de anhelados deseos y portador de buenas venturas-, quiso una inspiradísima artista, simplemente por que le salió del alma, regalarnos sin más música que su voz, unos cantes de los llamados de ida y vuelta, rumbas y otros sones latino-americanos mecidos por la cadencia de un compás flamenco. Y en un íntimo recital flamenco al amparo de la garita de la torre, se hizo la noche, avanzó la madrugada, que fue fresca, y se nos cayó del almanaque un día grato.Detalles de la torre nordeste de la Casa de las cuatro torres.

Durante el verano siempre ha sido normal la asistencia a Cádiz de personajes vinculadas con el mundo de la cultura, dando fe de ello los afamados Cursos de Verano en figuras como Marañón o Coctau, y tantos otros que se dieron cita en nuestra siempre querida ciudad. No ha sido este el motivo para la persona que ahora nos va a ocupar, pero si ha coincidido con ello.

Durante varios días estuvo con nosotros Clara Bargellini Cioni, profesora del Instituto de Investigaciones Estética de la UNAM de México, de cuna italiana y mexicana de adopción. Como toda persona ilustre y sin afán de notoriedad, pasó desapercibida para la prensa local. La profesora Bargellini recibió su licenciatura de la Universidad de Pennsylvania en Philadelphia, y su doctorado en Historia del Arte en la Universidad de Harvard. Además, Catedrática de Historia del Arte en el Colegio de Historia, y en el Posgrado de Historia del Arte en la Facultad de Filosofía y Letras de la misma UNAM. Ha sido profesora visitante en las universidades de Zacatecas y Chihuahua, y en el Institute of Fine Arts de la Universidad de Nueva York, así como en las Universidades de Chicago y Pennsylvania, entre otras.

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De izquierda a derecha: Lorenzo Alonso de la Sierra, Clara Bargellini, Miguel Ángel Castellano.

Entre libros y artículos, ya sea en solitario o en colaboraciones, numerosas son sus publicaciones sobre el mundo del Arte y la Historia en la Nueva España: “La catedral de Chihuahua” (1984), “La arquitectura de la plata: iglesias monumentales del centro-norte de México, 1640-1752” (1991), “La Catedral de Saltillo: tiempo y espacio de un acervo”, “Historia y arte en un pueblo rural: San Bartolomé, hoy Valle de Allende, Chihuahua” (1998), “Chihuahua, caminos del pasado, el sur del estado” (2000), y “Misiones para Chihuahua” (2004). Persona preocupada en la conservación del Patrimonio Universal, -fue becada por la Fundación Kress en Florencia después de la inundación de 1966-, y miembro fundador del Comité asesor del Laboratorio de Diagnóstico de Obras de Arte del Instituto de Investigaciones Estéticas.

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Vista de Cádiz desde la torre nordeste de la Casa de las cuatro torres. De izquierda a derecha: La Torre de la Contaduría (campanario de la Catedral Vieja), Torre del Sagrario de la Catedral Vieja, la Catedral Nueva. En primer término, la torre sureste de la Casa de las cuatro torres.

Tan ilustre personaje no ha tenido mejor cicerone que el Dr. Lorenzo Alonso de la Sierra quien ha sabido, como siempre y de forma magistral, guiar por todos los rincones de nuestra ciudad a la afamada profesora. Tenía Doña Clara curiosidad por conocer el antiguo titular de la Cofradía de la Vera-Cruz, por ser éste de factura mexicana, de los llamado de papelón. Y de la Casa de la decana hermandad y siempre orientados por la labia sabia del Dr. Lorenzo, acabamos por subir a la Casa de las cuatro torres, para que conociese nuestra tan particular manera de entender la Arquitectura, nacida allá por las centurias en las que fuimos Emporio, de las necesidades y conveniencias de aquellos Cargadores a Indias, además de ser reflejo de sus vanidades, de prestigio social, y de la riqueza enorme que atesoraron.

Desde luego, hoy en día no se comercia en Cádiz con las riquezas americanas; ya contamos por siglos que esto no pasa. Disfrutamos de la herencia de una época sublime que modeló gran parte de la ciudad: fijó su perfil urbanístico, y en cierta forma, nuestra manera de entender y gustar de algunas de las disciplinas del Arte, y el carácter de su gente. Reconocemos los de aquí la importancia del impacto americano, y gustamos y mucho de ello, aún en asuntos que pueden parecer menos graves: el habla y el folclore propio, ya sea en el flamenco o el del nuestro sonoro Carnaval. Y los que nos vienen de tierras americanas, verán reflejadas por cualquier rincón de nuestra vieja ciudad, maneras y formas de un lenguaje Barroco y aún del Neoclásico, que son también las suyas propias.

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Izquierda, detalle ornamental que fecha la Casa en 1745. Derecha, detalle de la portada de una de las entradas de la Casa por la calle Manuel Rancés, una cartela de rocallas de buena labra, con los anagramas de Jesús, María y José.

Son Carmen y Clara, dos mujeres que recrean de muy distintas maneras con sus respectivas ocupaciones, los evidentes testigos de un todavía cercano pasado común: la una, ejercitándose con un cante gitano-andaluz que vino de vuelta felizmente contaminado de sones antillanos; la otra, con sus valiosos estudios sobre un Arte desarrollado en la Norteamérica más hispánica, que partió de ida de estas tierras meridionales netamente europeo, para enriquecerse en las Indias con la mezcla de autóctonos gustos indígenas. Una es de este rincón, y siempre lo tiene presente, y la foránea seguro que lo recordará; pues es nuestro Cádiz trayéndonos siempre al presente la grandeza de un pasado que fue mejor, una esquina del Mundo que cobija a la nostalgia, y la contagia bien pronto.

En este final del estío, inmersos como ya estamos en la rutina de la vida ordinaria, acudimos a la memoria. Y con el consuelo de los buenos recuerdos, se conforma un pensamiento: quizás no haya manera más agradable y sencilla de rememorar los tiempos ricos del comercio americano, que en una desocupada tarde de verano disfrutar del ocaso, desde la Casa de las cuatro torres.

Miguel Ángel Castellano Pavón y Francisco Manuel Ramírez León.

Fotografías: de los autores y de Manuel Miraut.



341. EL CEMENTERIO DE LOS INGLESES.

14 09 2010

La fantasía popular aseguraba que la primera persona enterrada en el cementerio de Cádiz era un hombre cuyo exclusivo oficio era afeitar a los negros que los mercaderes de esclavos desembarcaban en las playas de Puntales. Las autoridades eclesiásticas de la época decidieron darle sepultura en un alejado patio perteneciente a la iglesia de San José.

Sin embargo, en 1932, una investigación demostró que no había constancia oficial de dicho enterramiento ya que el primero correspondía al gaditano Miguel María Chacopianete, sepultado el 9 de junio de 1802.

El cementerio de Cádiz contaba con un patio, convenientemente separado del resto, destinado a los no católicos. Sin duda debido a las malas condiciones del lugar, la colonia británica residente en Cádiz decidió adquirir unos terrenos al final del callejón de la Figurina (actual avenida de Portugal), lindando con las vías del ferrocarril, para destinarlo a cementerio.

Según Eva María Prieto, en un documentado estudio sobre el cementerio de los ingleses, los terrenos fueron adquiridos por el cónsul de la Gran Bretaña, Macpherson Brackenbury, hacia el año 1876.

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El cementerio de los ingleses estaba situado al final de la avenida de Marconi, junto a las vías del ferrocarril.

Cien años más tarde los terrenos pasaron a manos del Ayuntamiento de Cádiz, que lo destinaría a parque público. El embajador de la Gran Bretaña llegó a nuestra ciudad en abril de 1976 para formalizar la cesión con el alcalde Emilio Beltrami.

El 13 de mayo de 1978, un anuncio del consulado británico a través de Diario de Cádiz hacía saber que los restos de los allí enterrados serían trasladados al cementerio municipal si antes no eran reclamados por sus familiares.



340. FRANCISCO FLORES ARENAS. Director de La Moda

13 09 2010

Militar, ingeniero, catedrático de Medicina y periodista. Francisco Flores Arenas fue director de la famosa revista La Moda, una publicación muy del gusto de la sociedad gaditana de la segunda mitad del siglo XIX.

Flores nació en Cádiz el 4 de septiembre de 1801. Ingresa, con dieciséis años, como cadete en el regimiento de zapadores minadores. Poco después pasa al cuerpo de Ingenieros, saliendo teniente en 1823. Según una biografía realizada por Enrique Moresco, Flores Arenas fue hecho prisionero por la escuadra francesa que bloqueaba el puerto de Cádiz en 1823 cuando se dirigía a nuestra ciudad para prestar sus servicios. Al año siguiente decide pedir el retiro y comenzar a estudiar la carrera de Medicina.

Su paso por la Facultad fue brillantísimo, obteniendo sobresaliente en todas las asignaturas y consiguiendo el premio anual al alumno más destacado.

En 1837, Flores Arenas gana por oposición la cátedra de Terapéutica, Materia Médica, Arte de Recetar y Elementos de Química. Posteriormente obtuvo la cátedra de Fisiología e Higiene privada.

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La vieja Facultad de Medicina de Cádiz, en la plaza de Fragela.

Desde 1871 hasta su fallecimiento fue decano de la Facultad de Medicina.

En el campo literario, Flores Arenas escribió numerosas obras, destacando la novela `La Alameda del Perejil’ y la comedia `Coquetismo y presunción’, que fue estrenada con éxito en Madrid.

Fue fundador y presidente de la Asociación de Cervantistas de Cádiz y miembro de diversas entidades culturales y literarias de nuestra ciudad.

Desde las páginas de La Moda, Francisco Flores mantuvo numerosas polémicas, destacando por su oposición al Carnaval y a la fiesta de los toros. Falleció el 28 de octubre de 1877.