Gente y habitantes de Cadiz » Música

343. FOTOGRAFÍAS PARA EL RECUERDO. El ‘Pay-pay’ y la plazuela del Tío de la Tiza.

16 09 2010

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306. JOSÉ MONZÓN GUERRERO. Cuando Cádiz ganó para España.

8 07 2010

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José Monzón y sus compañeros fueron portada de Diario de Cádiz.

José Monzón Guerrero logró hace 31 años, junto a Antonio Flor y José Luis Guerrero, el Festival de la Canción Infantil Iberoamericana con ‘La canción del Marinero’. Un auténtico ‘bombazo’ en España. José Monzón Guerrero salió en el Diario de Cádiz y en grandes titulares en primera página. Su gesta, junto a Antonio Flor y José Luis Guerrero de la Mota, dio la vuelta a toda Europa. Estos tres chavales lograron el triunfo, rotundo e inapelable, a España y a Cádiz en el I Festival de la Canción Infantil Iberoamericana celebrado en el Teatro Real de Madrid. 1979 fue el Año Internacional del Niño. Para celebrar tal acontecimiento el entonces Ministerio de Educación convocó el concurso, al que acudió Cádiz, representada por alumnos del Colegio Salesiano. “Cádiz ganó para España”, apuntaba el Diario, ilustrando la noticia con una gran fotografía de los niños cantando la “Canción del Marinero”, con letra del propio director de la escolanía del Colegio Salesiano de Cádiz, José Antonio Galiana, y música del maestro Escobar, que obtuvo el reconocimiento a la mejor composición, la cual decía “no en el din, din, din, din, din de tu dinero. / Ni en el tan, tan, tan, tan, tan de los motores. / Ni en el humo, ni en la espuma de los vientos hallarás marinerito tus amores”.

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Recieron una calurosa bienvenida en el colegio Salesianos.

José Monzón recuerda como si fuera ayer el acontecimiento, que se convirtió en el Operación triunfo o el Eurojunior de la época. “Me acuerdo que el festival fue televisado por la primera y única cadena. En Cádiz fue un auténtico bombazo. El recibimiento en la ciudad fue apoteósico”, señaló José, que en la actualidad trabaja en Telefónica y que no emprendió una carrera musical después de aquello. “Ahora formo parte del coro de San Francisco. Ah, y también canto en la ducha”. Aficionado al Carnaval, fue en 1980 con la comparsa infantil ‘carnavalito Chino’, consiguiendo el primer premio. Al año siguiente, la mayoría de agrupaciones carnavalescas que participaron en el Falla incluyeron en su popurrí ‘La canción del marinero’. Como anécdota, José cuenta que tras la celebración de la última edición del concurso Eurojunior, sus hijas Rosa y Celia, le dijeron que la representante de España, María Isabel, con ‘Antes muerta que sencilla’ había ganado el certamen: -”Papá, papá, la niña de Ayamonte ha ganado el Eurojunior”. -”Mira Celia, tu padre, hace 31 años, ganó también un concurso del mismo o más nivel y con más repercusión que el Eurojunior”. José Monzón no quiere dejar pasar la oportunidad de enviar un fuerte abrazo a Antonio Flor y José Luis Guerrero de la Mota, compañeros y ex alumnos del colegio Salesianos.



287.- CÁDIZ EN EL PALACIO DE BUCKINGHAM. Una famosa partitura

19 06 2010

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La zarzuela Cádiz fue estrenada por los compositores Joaquín Valverde y Federico Chueca sobre un libreto de Javier de Burgos, en noviembre de 1886 en el teatro Apolo de Madrid, con un éxito espectacular. El palacio lodinense donde reside la familia real del Imperio Británico.

El argumento, ya se sabe, es una trama con mucho tinte patriótico, en el Cádiz del sitio francés y las Cortes de Cádiz en el periodo de 1810 a 1812.

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Entre los pasacalles de esta obra, en la que juegan un papel muy importante los coros, hay uno que se ha popularizado como La marcha de Cádiz, una pieza que es el número más famoso de la obra. (La Orquesta Manuel de Falla y la Corald e la Universidad de Cádiz representaron brillantemente esta zarzuela, que fue muy popular).

burgosEse pasacalle cierra el primer acto y, al parecer, se basa en un himno que había dedicado el propio Chueca a Prim en 1868, con motivo del protagonismo del militar de Reus en la revolución de 1868, que destronó a la reina Isabel de Borbón, segunda de España. (El portuense Javier de Burgos).

No se olvide que Chueca fue un exaltado liberal cuyas ideas incluso le llevaron a la cárcel, donde se inspiró para una composición sobre las tribulaciones de un preso.

La pieza tuvo tanto o más éxito que la propia zarzuela, y de inmediato pasó a ser ejecutada por las bandas militares de muchos regimientos hasta el punto de que hubo quien la propuso como himno nacional en 1898, año de desastres en el que el fervor patriótico paliaba tantos cataclismos.

chuecaHasta en Londres llegó a ser popular esta música genuinamente española.

En 1890 vivía en la metrópoli la marquesa de Santurce, embajadora oficiosa de todo lo español en la capital del Imperio Británico.

La aristócrata española, poco después del estreno, llevó a Londres las partituras de Cádiz y rogó nada menos que al príncipe de Gales que la banda de música de la Guardia Real interpretara la marcha. (Federico Chueca).

También tuvo éxito la pieza en Londres y pasó al repertorio de otras muchas bandas militares inglesas.

En esa zarzuela hay otra marcha menos popular, la llamada Marcha de la Constitución, solemne y no con tanto brío como la que se ejecutaba en Londres, que esperemos que suene en el próximo bicentenario



205. LA BANDA GADITANA DE TROMPETAS. Un deseo de Ramón de Carranza

29 03 2010

En el año 1929 el entonces alcalde de la ciudad de Cádiz, Ramón de Carranza, tenía un deseo: organizar una Banda de Trompetas, al objeto de dar mayor esplendor a las fiestas de Semana Santa.Por este motivo, encargó la preparación y formación necesaria de la misma al empleado municipal Emilio García Rodríguez, subalterno clarinero del Ayuntamiento, el cual dando un alto ejemplo de laboriosidad y tesón, puso todo su empeño y entusiasmo en la tarea encomendada a su persona. Emilio García consiguió con solamente un plazo de 15 días dar forma y realidad plena a los deseos del alcalde Carranza.

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Llegado el día y la hora convenida para la presentación, la ciudad entera acogió con gran entusiasmo la puesta de largo de esta recién constituida Banda. Frente a la Casa Consistorial se situó como saludo obligado a la Corporación y, en particular, al alcalde.Más tarde, durante el recorrido de las cofradías, la actuación de la Banda era premiada constantemente con los aplausos de un público muy respetuoso que religiosamente admiraba su paso y veía con orgullo tener dentro de casa este conjunto verdaderamente admirable.

C_1En el año 1935, además de García Rodríguez, los componentes de la banda eran otros once: Narciso Camacho, Salvador Seoane López, Aurelio Monterde, Manuel Otero, Felipe Helmo Torre, Pedro Requejo, José Guerrero Puyana, Manuel Arjona García, José Rodríguez Sergio, Agustín Díaz Collantes y Francisco Háñez Miranda.

(Ramón de Carranza, alcalde de Cádiz)

Los señores componentes de la banda se comprometieron con el organizador de la misma, Emilio García Rodríguez, para la salida precediendo a las cofradías que veían la luz pública, los días 17, 18 y 19 de abril de 1935 y por lo cual percibirían los honorarios anteriormente pactados.

Dos horas antes de la salida procesional debían de estar en el lugar donde habían de recoger los caballos. Los honorarios por los tres días de salida ascendieron a 1.185 pesetas para los componentes de la banda a excepción de García Rodríguez. De estos honorarios existe el documento original firmado por cada uno de los componentes de la banda.

Pasaron los años y después de un lapsus de tiempo obligado por las circunstancias, fue otro hombre, incansable y enamorado de su Cádiz, el que poniendo toda su alma al servicio de su ciudad quiso dar a las fiestas religiosas (así la denominaban algunos antes) toda la grandeza, solemnidad y auge que se merecían. Este hombre era Eladio Campe. Venciendo dificultades varias, también solicitó la ayuda del inestimable García Rodríguez y éste, al igual que hiciera con Ramón de Carranza, pone cuanto tiene y recorriendo un calvario logra reorganizar la Banda con un mayor número de componentes y consiguiendo la gran colaboración de otro valor destacadísimo, Narciso Camacho.

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Honorarios que recibieron los miembros de la banda (Colección Juan Torres)

La presentación de la recién organizada Banda se celebró en el marco incomparable del Gran Teatro Falla, en el cual Camacho, unido a Requejo, Seoane y otros tuvieron una actuación destacadísima. Durante las solemnidades en la Semana Santa y a su paso por las calles de los recorridos serían acogidos como se merecen y como sabe hacerlo el pueblo de Cádiz. También fue parte importante en el resurgir de esta Banda el alcalde Joaquín Fernández Repeto, que desde un primer momento dio toda clase de facilidades y puso cuanto estuvo en su mano al jefe de la Guardia Municipal de Cádiz, Manuel Baras Artes, y a todo el personal de oficinas de la Comandancia de la Guardia Municipal, que se superaron y cooperaron grandemente a fin de que la Banda alcanzara el mayor esplendor posible.

(TEXTOS: JUAN TORRES GARCÍA)



201.- SANTIAGO DONDAY. Fraguando el cante

20 03 2010

portada-VSantiago Sánchez Macías ha sido uno de los grandes del flamenco, figura histórica del cante de Cádiz, una personalidad irrepetible que nos dejó en mayo de 2004. Nacido en 1932, un 11 de enero, fue bautizado en la Catedral vieja y muy pronto comenzó a trabajar en la fragua paterna, en el barrio de San José, muy cerca del cementerio. En la fragua, en un local de la familia Sánchez Rodríguez, cosario de Puerta Tierra, aprendió el cante a compás de sudor y trabajo. Sus padres, Seis Reales y María la Sabina también cantaron por derecho los antiguos aires flamenco. La sangre del mítico siguiriyero jerezano Farrabú, su tío abuelo, alimentaba el incipiente cante de Donday que ya con doce años formó una minúscula compañía con Conchita Aranda y Cascarilla, haciendo giras por la Cuesta de la Jabonería. Entonces Santiago tenía un nombre artístico con raíz en el Matadero: El Cohete. La voz de aquel niño rompió en un eco afillao y flamenquisimo, precioso. Aficionados y artístas nunca han dejado de reconocer la belleza del rajo de Donday. (El recordado genio del cante, en una de sus últimas actuaciones. A la guitarra, otro artista que siempre tuvo gran devoción a los cantaores gaditanos y que apostó por Santiago: Paco Cepero).

Morrongo-VCon esa cuna, con esa sangre vieja regando sus venas, con esa escuela de la fragua y con la tradición flamenca de Cádiz mamada en los adoquines del barrio, por fuerza tenía que surgir un genio y llegar a las máximas alturas del flamenco. Pero Donday, que se había licenciado cum laude en el arte flamenco en las aulas de El Mentidero oyendo a Rosa la Papera y a Antonio Guerrero nuca quiso dar el paso a profesional, prefirió la seguridad del trabajo en la fragua escarmentado en cabeza ajena, según contaba, de algunos cantaores que habían terminado en la miseria en aquellos difíciles años: “Antes casi todos los que vivían del cante se morían de hambre en una esquina. Yo lo tenía seguro” dijo. En casa doce hijos que alimentar le irían dando la razón. (El disco “Morrongo”, la gran obra final de Santiago Donday, colofón de su trayectoria y un verdadero tesoro para los aficionados al flamenco).

puroyjondo2-VContumaz, renunció a muchas ofertas, incluso una ya legendaria del marido de Concha Piquer, el matador de toros Antonio Márquez. Pero como el decía, de vez en cuando se quitaba la tizne y se iba de juerga, a los cuartos. Comenzó un culto secretista a su figura, de aficionados muy cabales y su figura, la pureza de su cante y los viejos sonidos y estilos que afloraban de su garganta fue cobrando un relieve singular. En su madurez por fin, comenzaron sus contadas actuaciones en público, escasas apariciones televisivas y circulaban como alhajas cintas y vídeos de Santiago. Por fin un disco, en 2003, “Morrongo”, poco antes de su muerte. (Otra de las huellas del cante de este artista fraguero, dueño de una de las voces más flamencas de la historia del cante gaditano).



200.- GADITANOS EN 1816. Una tienda de montañés en Cádiz

19 03 2010

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Publicamos un artículo del “Boletín Oficial de Madrid de 1833, el 16 de julio de ese año, titulado “Una tienda de montañés de Cádiz” que firmó Ángel Iznardi con el seudónimo de “El Mirón” sobre el que hizo un espléndido estudio José Escobar Arronis. Un interesantísimo testimonio sobre la vida y costumbres de los gaditanos en la época del Cádiz inmediatamente posterior al sitio francés y el periodo constituyente.

fernando-VII-verticalSerían las diez de una de las noches del mes de mayo de 1816, cuando estaba cerrando el correo en su escritorio de la calle de los Doblones don Pedro Fernández, dependiente de comercio de la casa de… a quien por familiaridad y cariño llamaban Perico sus amigos y apasionados, que los tenía muchos y buenos, merced a su genio alegre y decidor. Este establecimiento, uno de los más activos y ricos antes de la revolución americana, había venido tan a menos que de siete buques de cruz que hacían antes el comercio por cuenta de la casa con la Guaira y Puerto-Cabello, sólo conservaba ésta dos místicos para hacer el tráfico de cabotaje con los puertos de la Península, y de nueve dependientes y tres corredores del número que sacaban su holgada subsistencia y la de sus familias de los negocios y utilidades que la misma les proporcionaba, solo se sentaban en los banquillos de pino del desierto escritorio el dependiente que ya conoce el lector y que a los veintiocho años de su edad reunía un genio naturalmente chistoso, como lo son la mayor parte de los gaditanos, con un carácter alegre y divertido, y enfrente de él, al otro lado de la carpeta (que en Madrid se llama pupitre), asentaba las cuentas por partida doble otro que hacía la veces de tenedor de libros, en todo menos en el crecido sueldo que otro tiempo se pagaba en Cádiz a los de esta profesión; este tal, aunque no tan alegre como su compañero y con siete años más de edad, era de aquellos hombres que ni inventan modos de divertirse ni se niegan a tomar parte en ninguna diversión que se presenta. Precisamente esto era lo que cuadraba a la afición activa y creadora de Fernández: una persona que se dejase llevar y segundase con su cooperación los proyectos de su propia invención.

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-Sabes lo que me ocurre -dijo el secretario al contador poniendo ya la oblea y el sello a la última de las cartas- que supuesto que hemos acabado temprano el correo, nos vayamos de aquí a la tienda de la Verónica; allí encontraremos, si es que ya no se han ido a la feria de Chiclana, a Pepe y a Frasquito, y reunidos en amor y compaña tomaremos unas tajadas de pescado frito caliente y brindaremos con sendas cañas de manzanilla a la salud de la franquicia del puerto, que dicen va a conceder el Rey a Cádiz antes de mucho.

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-Dios lo haga -repuso don Casiano, que éste era el nombre del tenedor de libros- porque te aseguro que da pena ver la soledad y la tristeza de esa puerta de Sevilla de donde se veían salir en otro tiempo para la aduana, cuando andaba el comercio, docenas de carros cargados de oro y plata acuñada y de frutos preciosos, como añil y cochinilla, que valen tanto y más que los pesos duros mejicanos; entonces significaba esta casa con siete cifras el movimiento anual de su comercio; pero yo soy de opinión -continuó llevándose la mano derecha a la cabeza, movimiento adquirido por la práctica de ponerse la pluma detrás de la oreja- que aunque no sea cierto lo del puerto franco nos vayamos, como dices, a la tienda de montañés, pero cuidando de entrar por la puerta lateral de la casa-puerta, porque no parecería bien que dos personas decentes entrasen descaradamente en una taberna.

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Aún no había acabado de decir esto el sesudo tenedor de libros, y ya estaban mis dos gaditanos en la calle de la Carne, que les dio paso para llegar en un santiamén a la deseada tienda de vinos; pasaron por entre las dos filas de botas o cuarterolas pintadas con sendos jeroglíficos; y llegando a un cuartito interior reservado para los caballeros, empezaron a embaular pescadilla frita con sus correspondientes aceitunas gordales y a beber en menudos tragos la dorada manzanilla, que si se ha de dar crédito al robusto montañés, no la había más clara ni mejor en todo el término de San Lúcar (sic) de Barrameda. Llegarían a la quinta cañita, servidas todas por medios vasos, cuando apareció por la puerta el calavera de Frasquito fumando un puro de la vuelta de abajo y repartiendo bocas de la isla a cuantos encontraba al paso.

-¿Pues y Pepe? -le preguntó Perico viendo que venía sin el compañero.

-Quién cuenta con Pepe para nada; si os tengo dicho que Pepe es un gallina, figúrate un hombre que dice que no se ha achispado en su vida. Allí se queda en la confitería de Cosi poniéndose de dulces hasta los topes; en fin, es hombre de aquellos que por un merengue o por una peregrina de yema dejará todos los vinos del mundo.

-¡Pobre hombre! -exclamó apurando el vaso el honrado don Casiano.

gitanilla-horizontal-Mas ¿para qué nos hace falta? -continuó el recién llegado- cuando ustedes acaben ahí nos vamos en casa de doña Cornelia y allí oirán vmds. cantar una cachucha a su sobrina Pepa, que es una muchacha que tiene todo el salero del barrio de la Viña; cabello y ojos más negros que el azabache, cintura que cabe aquí (y juntaba los cuatro dedos índices y pulgares), pecho que no se encuentra pañuelo que le baste en todas las tiendas de la calle de Juan-de-Andas, pie como un dije y pierna hecha a torno.

-Que me place -dijo Fernández, el cual siempre se hallaba dispuesto a todo lo que fuese broma y jaleo- esa Pepa ¿es una que vive en la calle de la Bomba?

-No, hombre, ¿estás en tu juicio? ¿Os había yo de llevar a una casa de la calle de la Bomba? Vive en la calle del Hércules y muy pronto se va a mudar a la del Fideo. Don Casiano, ¿quiere usted venir?

-Yo no descompongo función; siempre tengo abierta la cuenta corriente de las bromas para asentar cuantas partidas vayan cayendo; vamos allá enhorabuena, pero antes, ¡Montañés! -llamando al de la tienda que se presentó al instante-, enjuague usted esos cristales y repita usted la convidada.

merinoHízolo el montañés con su acreditada actividad, y bebida y pagada por los concurrentes aquella última refacción, salieron más alegres que unas castañuelas, dirigiéndose por la plaza de S. Antonio y la calle del Veedor hacia la casa de la buena doña Cornelia; mas al llegar a la esquina de la plazuela del Mentidero notaron que había en medio de la calle por donde tenían que pasar una cuadrilla de mozos con capa cantando la caña y las playeras al estilo del país, con su correspondiente guitarra, que es lo que se llama correrla en algunos pueblos de Andalucía. Paráronse los tres hasta reconocer el terreno con la vista y a poco oyeron que empezó a tocar el de la guitarra el acompañamiento de la tonada del Polo y cantó uno de los músicos con gruesa voz y con gentil talante la siguiente copla dirigida a cierta hembra de la calle:

Si supiera o entendiera

que el sol que sale te ofende,

con el sol me peleara

y al mesmo sol diera muerte.

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Trazas llevaban los de la música de no acabar tan presto, visto lo cual por nuestros galanes y considerando prudentemente que sería algo ocasionado el atravesar por medio de los que cantaban a tales horas y por tales barrios, no yendo, como no iban, prevenidos para pelear nuestros comerciantes, volvieron grupas y, rodeando la manzana, bajaron por la calle llamada del Ángel y se entraron en casa de doña Cornelia, diciendo con tono de desprecio mientras subían la escalera:

-Valientes personajes serán los tales musiquillos, ¡algunos mercaderes de la calle del Sacramento cuando más y mucho!

bombaLa doña recibió al Sr. D. Frasquito con aquella alegría de quien ve llegar a su casa a un antiguo parroquiano o marchante, como dicen en Cádiz, y sentados todos en la sala empezó a circular la guitarra por los concurrentes, tan dulcemente entretenidos aquella noche que cuando recordaron asomaba ya el sol su radiante cabellera por entre las espumosas ondas del Atlántico. La narración prolija del sarao de doña Cornelia podrá ser materia de otro artículo. (El Mirón).



186.- FALLA, LORCA, PICARDO.

5 03 2010

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Publicamos un fragmento de un espléndido trabajo del escritor portuense Luis Suárez Ávila, al hilo de la reciente nótula de Agustin “El Melu”. Suárez escribió este trabajo en 1998, que contiene no pocas referencias de Agustín Fernández y de la tradición flamenca de Cádiz y los puertos. Luis Sárez guardó gran amistad con quine fue figura clave en la cultura urbana de la ciudad en el siglo XX. (En la foto, Manuel de Falla y Matheu)

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Federico García Lorca 

Quedó demostrado que Granada no era la cuna. Falla, Lorca, y todos los intelectuales que promovieron el Concurso de Cante Jondo, se equivocaron. Ni Granada era la cuna, ni Granada tenía nada que decir en cuestión de cante. La misma preparación del concurso estuvo orientada a salvar del alma popular, algo que no era popular. Ya lo había dicho, en 1881, “Demófilo”. Entre los muchos errores estuvo el de tratar de enseñar a cantar, unas semanas antes del Concurso, mediante placas de gramófono, a los aficionados granadinos. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir: que ganaron los premios el casi niño Manolo Caracol, que llevaba a sus espaldas toda la genealogía cantaora de Cádiz y de Sevilla que fueron los Ortega, y Diego Bermúdez Cala, “El Tenazas”, natural de Morón de la Frontera, viejecito, cuarterón por Bermúdez, aquejado de un dolencia de pulmón por mor de una antigua puñalada, cantaor que había bebido en las fuentes de Silverio y, a través de él, de las de El Fillo.

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Manolo Caracol con su padre, Manuel Ortega, que fue el Napoleón de los mozos de espadas, y que le sirvió los estoques a José Gómez Ortega “Gallito”.

Lo de Frasquito Yerbabuena, o lo de “La Gazpacha” no fueron más que unas anécdotas. Don Francisco de Paula Valladar, cronista oficial de la provincia de Granada, ya lo había advertido en la revista “Alhambra”, en febrero de 1922: “Soy entusiasta de la fiesta de los cantos populares granadinos, pero dejémonos del cante jondo. Corremos, no lo olvide el Centro, el peligro gravísimo de que esa fiesta pueda convertirse en una españolada”. Pero el Centro Artístico Granadino, anunciaba en el Defensor de Granada, el 11 de mayo de 1922, el establecimiento de una “Escuela de Cante Jondo”, con toda urgencia, que “había comenzado a funcionar con gran animación…contándose para las enseñanzas con un excelente gramófono y una rica colección de discos del clásico cante”. ¡Buena forma de resucitar lo tradicional!.

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Álvaro Picardo con José María Pemán, en las carreras de caballos de la playa Victoria.

Falla, para apoyar al concurso de Granada, se puso en contacto con su amigo el mecenas, erudito y bibliófilo gaditano Álvaro Picardo Gómez y le sugirió organizar en Cádiz un Concierto de Cante Jondo. Éste se celebró en la Academia de Santa Cecilia el 18 de junio de 1922 y comenzó a las nueve de la noche. Picardo organizó y costeó el “concierto” y, como es lógico, no tuvo que enseñar a cantar a nadie.

mellizo-vSe limitó a buscar a quienes eran portadores de la tradición: a los hijos de Enrique “El Mellizo”, a Antonio Jiménez y a Enrique Jiménez “Er Morsilla”. El tocaor fue Manuel Pérez “El Pollo”, discípulo de Patiño el famoso maestro gaditano. Alvaro Picardo tuvo de dónde escoger. En cualquier rincón de los barrios de Santa María, del arrabal del Matadero, del Pópulo, de la Viña… Estaban vivos, además, Soléa la de Juanelo, Diego Antúnez, Enrique y Luisa Butrón, Ignacio Espeleta y su hermano El Pollo Rubio, Rosa La Papera, Juan El Caoba, Chele Fateta, Aurelio, Manuel Ortega, Chiclanita, Macandé, Charol, Remedios Fernández, Joseíco, Pepe El Límpio, Luis El Compare… todo el estado mayor del cante y del baile de Cádiz. E iba despuntando, en la intimidad de las casas gitanas, toda una constelación que iluminaría, con los años, el firmamento flamenco. En el “concierto” gaditano surgieron, como por ensalmo, cantes que habían estado soterrados, pero que pertenecían a líneas familiares de sus intérpretes y se habían forjado en el solar donde se estaban produciendo: las siguiriyas del portuense Tomás El Nitri, las de los gaditanos Curro Dulce, Andrés “El Loro” y Enrique “El Mellizo”; soleares de Cádiz y de Paquirri “El Guanté”, serranas por el estilo de Tomás “El Nitri”, polos, la caña de “El Fillo”, saetas viejas, martinetes, el romance de Bernardo del Carpio y el del Moro Alcaide (Moro Tarfe) que fue el apoyo literario del enigmático cante por “gilianas”. (Enrique el Mellizo).

chorrojumo-vAquí, en Cádiz, sí que estuvo presente la llama viva de la tradición oral, casera, doméstica, hermética. Por eso, Lorca , al cabo del tiempo, cuando quiere decir algo sobre el cante o sobre los gitanos–se ha escrito– abandona la Andalucía de guardarropía romántica y equívoca de un “Chorrojumo” esperpéntico (autoproclamado Rey de los Gitanos que vendía sus fotos a los turistas de la Alhambra, vestido con marsellés, calzonas abotonadas, catite y polainas de becerro) y el Sacromonte refocilado en mantener una farsa a tono con los visitantes basada en la parodia y en el mercadeo del remedo, y se planta en la Andalucía real, viva y “verdadera” del Observatorio de San Fernando. Su conversión se operó lentamente, pero no cerró en falso. Por lo pronto, la Semana Santa del año 21, la pasan, en Sevilla, Falla, Federico y su hermano Francisco. Allí es donde conocen a Manuel Torre que será luego “el hombre con mayor cultura en la sangre que he conocido” y que sorpende a Falla cuando afirmó que “todo lo que tiene sonidos negros tiene duende”. En Granada, durante el Concurso del año 22, Manuel Torre, prosigue su amistad con Falla y Lorca, porque interviene en algunas fiestas privadas que organizan. Luego, el 27, en “Pino Montano”, el cortijo sevillano de Sánchez Mejías, con la excusa de Gongora, se desemboca en juergas nocturnas a las que acude el cantaor jerezano. (El legendario Chorrojumo, príncipe gitano).

espeleta-vPara mí que es Ignacio Sánchez Mejías quien transfigura a Lorca y lo pone definitiva y visceralmente en contacto con Andalucía La Baja. En Cádiz, Lorca intima con Pastora Pavón, “La Niña de los Peines, “sombrío genio hispánico, equivalente en capacidad de fantasía a Goya o a Rafael El Gallo”, que cantaba en una tabernilla gaditana. En Cádiz, se oficia una reunión flamenca a la que asiste Lorca y “allí estaba Ignacio Espeleta, hermoso como una tortuga romana,…Allí Eloisa, la caliente aristócrata, ramera de Sevilla, descendiente directa de Soledad Vargas, que en el treinta no se quiso casar con un Rothschild porque no la igualaba en sangre. Allí estaban los Florida que la gente cree carniceros, pero que en realidad son sacerdotes milenarios que siguen sacrificando toros a Gerión, y en un ángulo, el imponente ganadero Don Pablo Murube, con aire de máscara cretense”. Por cierto que el inefable Juan Antonio Campuzano, el poeta de Puerto Real muerto hace unos veinte años, afirmaba que los Florida no son otros que los “Melu” de Cádiz, según confesión del propio “Perico El Melu”, y que Joaquín Romero Murube decía que el don Pablo Murube, no existió, que era Don Felipe Murube, el ganadero, el que ya, en el año 21, proporcionó un balcón, en la calle Sierpes de Sevilla, a Falla y a Federico y a Francisco García Lorca para presenciar el paso de la cofradías de la Semana Santa. Años después, el ganadero estuvo en la reunión de Cádiz. (Ignacio Espeleta).

melu-vNo podía ser otro que Felipe Murube, el único que, por sus facciones, podía tener aire de máscara cretense. El mismo Don Felipe Murube que Fernando el de Triana cita como uno de los entendidos en cante en su “Arte y artistas flamencos”, en 1935. Federico va atando cabos y sacando conclusiones, después de lo ocurrido en Granada, después de su conocimiento de Manuel Torre, de Pastora Pavón, de “La Macarrona”, de Chacón… que anduvieron, inexplicablemente, por fuera del Concurso del año 22. Va convenciéndose de aquello que, por fin, dice en una entrevista que le hacen en el “Mercantil Valenciano” en 1935: “Desde Jerez a Cádiz, diez familias de la más impenetrable casta pura guardan con avaricia la gloriosa tradición de lo flamenco…” Ha caído de su peso: diez familias, de Jerez a Cádiz. Lo demás, es abandono ominoso del propio folklore, rico y antiguo, en las otras Andalucías, para pretender, miméticamente, cantar por siguiriyas o soleares, desde que Silverio hace sus giras, o desde que hay placas de gramófono. Dejaron en la cuneta sus rancios fandangos locales, sus “roás”, sus “moscas”, sus “cachuchas” granadinas, sus “chacarrá”, sus “zambras” …–¿Por qué?– para querer tener el atractivo de la Andalucía menos islamizada y más real. (Agustín el Melu con Francisco Jiménez Nondedeu “Pacorro”).

villalon-vYa, en 1862, con motivo del viaje de Isabel II a Andalucía, se aprecia la diferencia. En la “Crónica del viaje de SS.MM. y AA.RR. a las Provincias Andaluzas…”por Don Francisco María Turino, se escribe que, durante la estancia de Isabel II en Granada: “A eso de las diez de la mañana una comparsa de gitanos estuvo bailando frente a palacio, ofreciendo cuadros y escenas características que marcan la debida distinción entre los zíngaros (?) de la Andalucía baja y los de las Alpujarras”. Antoñito el Camborio es un nombre verdadero; “El Amargo” es un apodo oído. Pertenecen ambos a personas que han sido transculturadas poéticamente por Lorca. Son, Antoñito el Camborio y “El Amargo”, nombres sonoros, poetizables. Como escriben Allen Josephs y Juan Caballero, “cuando el poeta precisa que su Antoñito el Camborio es el prototipus del veritable gitano, no es porque ha poetizado al gitano verídico de ese nombre que vivió en Chauchina, un pueblo cerca de Fuentevaqueros, sino porque ha dado su nombre de Antoñito el Camborio a una personificación poética de algún miembro de una de esas diez familias”. Caso parecido sucede con “El Amargo”. Federico recordaba y dejó escrito: “Teniendo yo ocho años y mientras jugaba en mi casa de Fuente Vaqueros se asomó a la ventana un muchacho que a mí me pareció un gigante y que me miró con un desprecio y un odio que nunca olvidaré y escupió dentro al retirarse. A lo lejos una voz lo llamó: “”¡Amargo, ven!””…Esta figura es una obsesión en mi obra poética. Ahora ya no sé si la vi o se me apareció, si me la imaginé o ha estado a punto de ahogarme con las manos…” Y Lorca se venga de esta obsesión, emplazándolo, como los Carvajales a Fernando IV. Sin embargo cuando recurre, en sus Viñetas flamencas, a Silverio Franconetti o a Manuel Torre, está tratando nombres y personajes reales, estantes y oficiantes en su medio natural. “De Jerez a Cádiz”, que es lo mismo que han acuñado los flamencos en el dicho de que “De El Cuervo para abajo está el ajo”. O el exabrupto del ganadero, poeta, espiritista y teósofo, Fernando Villalón-Daoiz Halcón, Conde de Miraflores de los Angeles: “El mundo se divide en dos partes: Cádiz y Sevilla”. Evidentemente eran el horizonte de su espacio vital y el perímetro donde se forjan las manifestaciones que, con razón o sin ella, llegan a ser la carátula tópica de la españolidad. No debe olvidarse la amistad entrañable de Villalón con Lorca, desde que fueron presentados por Ignacio Sánchez Mejías: “Federico, aquí te presento a Fernando Villalón, el mejor poeta novel de Andalucía”. ((Fernando Villalón).

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Coches de caballo en la antigua parada de la estación. En Cádiz las reuniones de aficionaddos al cante iban de venta en venta en estos oches, con los artistas.

Porque, a raíz de todo eso, para Lorca, la “ciudad de los gitanos” es Jerez de la Frontera y lo tiene grabado, indeleblemente, en su memoria (”Que te busquen en mi frente”), y el “locus” flamenco por excelencia, “Las calles de Cádiz”. Las juergas, en Cádiz, eran ambulantes, en coches de caballo, por las calles, con paradas señaladas, puntuales y gloriosas en tabernas, colmados y ventorrilos de extramuros. Así, “Las calles de Cádiz”, titula el espectáculo que, con Ignacio Sánchez Mejías, estrenan en el Teatro Español de Madrid, el año 32. En él figuran nada menos que Ignacio Espeleta, El Niño Gloria, Rafael Ortega, Juana La Macarrona, La Malena, La Geroma, Manolita Maora, Pablito y Gineto de Cádiz, Adelita la de Chaqueta… la flor y nata del flamenquerío bajoandaluz. Y la Argentinita y Pilar López.

LORCA Y AGUSTIN EL MELU

Agustín decía que conoció a Lorca. Su hermano Perico afirmaba que los “Florida” eran ellos mismos, los “Melu”, a quienes Federico había conocido en un fiesta que se organizó en Cádiz. Juan Antonio Campuzano decía lo mismo. Yo no sé si sería verdad o no. Agustín Fernández López, “El Melu”, por los años 60, era ya sexagenario. Es decir que iba más o menos con el siglo. Había nacido en Cádiz, en una familia gitana, como Dios manda. Por Fernández descendía de su abuelo Pedro Fernández Piña, “El Viejo de la Isla”, y su tía abuela fue María Fernández Piña, “María Borrico”, dos impresionantes siguiriyeros. Por Fernández, era primo segundo de Ramón Medrano Fernández, gitano, concesionario del carro de la carne, que conocía toda la escuela de cantes de Sanlúcar. Por López, Agustín descendía de los López de El Puerto de Santa María, una familia gitana apodada “Tabares”, matarifes y carniceros, de los mismos López que el de Juan José Niño López, el mayor romancista andaluz, gitano, nacido en El Puerto en 1859 y hermano de otro romancista y rancio cantaor: Manuel Sacramento Niño López, tatarabuelo –¡lo que son las cosas!– de Josemi Carmona Niño, el de “Ketama”. Toda la familia de Agustín, su padre y sus hermanos, José y Perico, fueron tablajeros, carniceros, y además, Agustín, novillero, sobresaliente en numerosos “mano a manos”, criador y exportador de gallos de pelea, cantaor y dueño de una taberna, santo lugar gaditano de la flamenquería, llamada “El Burladero”. Su hermana Milagros, bailaora, se casó con el guitarrista Víctor Rojas Monje, hermano de Pastora Imperio. ¡Qué razón tuvo Federico cuando concluyó con que sólo son diez familias de la más impenetrable casta pura…! ¡Desde Jerez a Cádiz!. Ahí, en Agustín, hay una muestra de la endogamia y de la avaricia con que han guardado la tradición de lo flamenco. Pues Agustín decía haber conocido a Lorca, cosa que pude averiguar, e impartía, como he escrito ya, en otra ocasión, su “edición crítica oral” del “Romancero gitano”, en su cátedra de la calle Columela, en el Bar Andalucía, dentro, al lado de una de las ventanas, la de la izquierda, según se mira la fachada, en la tertulia que mantenía con José Brea, que había sido novillero, gallero de postín y buen aficionado al cante, con otros cuantos no menos aficionados y los que por allí recalábamos.

gineto-vEn el Bar Andalucía, en la terraza, se sentaba también José Espeleta, hijo de Ignacio, que tenía por oficio pegar carteles de toros o de lo que fuera y rezaba en las tarjetas que repartía, como su profesión: “Fijador de propaganda mural”. Digno hijo de su padre, porque, para más identidad, cantaba con gracia y sabor inenarrables las cosas de Ignacio. (Pablito de Cádiz y Gineto, que actuaron en el espectáculo “Las calles de Cádiz” que promovió Ignacio Sánchez Mejías).

Agustín “El Melu”– no se sabe de dónde lo había aprendido–, decía que el “Romancero gitano” era un libro “mitológico y arcano”. Y lo decía con propiedad. Afirmaba conocer el secreto de muchas imágenes y metáforas del “Romancero” de Lorca que habían escapado a la crítica literaria más circunspecta. Y lo acreditaba. Por ejemplo, después de hacer un breve discurso sobre el culto a la virginidad de las muchachas de su raza, de la ceremonia ancestral de la boda, en que, de madrugada, una vieja gitana, la torera o matadora, doblando sobre un dedo un pañuelo blanco de seda, comprobaba la doncellez de la desposada, la desfloraba y, los restos sanguinolentos del himen, quedaban, tal cual tres rosas, en el pañuelo desplegado; después de contar el júbilo de la comunidad gitana, por la comprobación de la virginidad de la novia, a la que se le subía en volandas, se le vitoreaba, se le aclamaba y se le colgaban las toronjas en el cuello y se le echaban cantidades verdaderamente industriales de almendras peladillas.

lorcaEntonces se entonaba el canto cuasi sagrado de la alboreá: “En un verde prado/ tendí mi pañuelo;/ nacieron tres rosas/ como tres luceros”; “Esta noche mando yo/ mañana, mande quien quiera,/ esta noche voy a poner/ por las esquinas banderas”. Después de explicar todo eso, Agustín decía: “Verde que te quiero verde”, equivale a decir “Virgen que te quiero virgen”. Sagaz interpretación de quien, como los de su raza, compara la virginidad de sus mocitas con el verdor de un prado. Y continuaba: “El barco sobre la mar/ y el caballo en la montaña, porque la virginidad es que cada cosa esté en su sitio”. A renglón seguido, por ejemplo, la emprendía con el romance de “San Gabriel”, donde Lorca escribe: “El niño canta en el seno/ de Anunciación sorprendida./ Tres balas de almendra verde/ tiemblan en su vocecita”, porque, decía “El Melu”, “las almendras que se le tiran a las novias gitanas son símbolo de la fecundidad”. Verdad, le dije yo, que había leído, por aquellos entonces, “La rama dorada” de Frazer que decía que “la almedra hace concebir a las vírgenes; basta con ponerlas en su regazo”. O que “los frigios representaban al padre de todas las cosas en forma de almendro. El almendro es el símbolo de la virilidad fecundante que engendró a Atis”. Cuando la emprendía con los versos “¡Oh ciudad de los gitanos!/por las esquinas, banderas…”, sacaba a colación la letra de la alboreá “…/…/esta noche voy a poner/ por las esquinas banderas”. Volvía con lo de “Alrededor de Thamar/ gritan vírgenes gitanas/ y otras recogen las gotas/ de su flor martirizada./ Paños blancos enrojecen/ en las alcobas cerradas…” Y explicaba cómo Tamar era una mártir de la virginidad, como Santa María Goreti, y que las gitanas recogieron su virgo en un pañuelo blanco, en la alcoba, sin que los extraños pudieran entrar, como en las bodas gitanas. Una vez, decía “El Melu”, vino aquí, a Cádiz, un doctor del Instituto Pasteur, de Francia, y confirmó que la saliva es el mejor curativo para las heridas, los rasguños y los eczemas. Fíjate que a los niños las madres les ponen saliva y le dicen: “Sana, sana/culito de rana;/ si no sanas hoy,/ sanarás mañana”. Pues Lorca coge eso y dice: ” La Virgen cura a los niños/ con salivilla de estrella”, porque la saliva, mojada, da reflejitos, como estrellas y porque la saliva es de la Virgen, es saliva del cielo, como las estrellas. De “las altas barandas” y “los barandales de la luna”, decía Agustín que había que tener en cuenta que en el cielo hay barandas y balcones, como se desprende del romance de Santa Catalina, “Por las barandas del cielo/ se pasea una zagala…” y el villancico de que “En el cielo se alquilan balcones/ para una boda que se va a hacé;/ que se casa la Virgen María/ con el Patriarca Señó San José”. Agustín todo esto lo decía con autoridad, remarcando las frases, dándole el son al verso, creyendo lo que contaba, misteriosamente. (Luis Suárez Ávila).



176. JERONIMO JIMÉNEZ. Un compositor olvidado

23 02 2010

Jiménez_1Músicas tan pegadizas y conocidas como `La boda de Luis Alonso’, o el pasodoble `Los voluntarios’ se deben al gaditano Jerónimo Jiménez. Nació accidentalmente en Sevilla en 1852, ya que sus padres se encontraban en esa ciudad traba jando en un teatro. Esta circunstancia motivaría una simpática anécdota años más tarde, en 1930, cuando los concejales del Ayuntamiento de Cádiz quisieron poner una lápida en la casa natal de Jiménez. Afortunadamente el alcalde, Ramón de Carranza, salió airosamente del trance diciendo a los concejales, “de regalos a Sevilla, nada”.

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El Teatro Principal de Cádiz, situado en la calle Novena y derribado en los años veinte del pasado siglo. escenario de grandes triunfos de Jerónimo Jiménez.

Jiménez fue seise de la Catedral de Cádiz y aventajado alumno del conser vatorio Odero. Fue becado por la Diputación para completar sus estudios en París y Milán.  El 1869, cuando Jerónimo Jiménez contaba 17 años de edad, se recibió en Cádiz un telegrama pidiendo un director de orquesta para Gibraltar. Enviaron a Jiménez y los profesores se opusieron a trabajar con un director tan joven. Al comenzar los ensayos el músico gaditano cerró la partitura y siguió dirigiendo de memoria. Terminado el ensayo, los profesores de la orquesta de Gibraltar abrazaron a Jiménez augurándole grandes éxitos.

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Una representación de La boda de Luis Alonso en el teatro de la Maestranza de Sevilla

Durante muchos años el compositor gozó del favor del público.  En Cádiz fue director de la prestigiosa Sociedad de Conciertos y del Teatro Principal. Trasladó su domicilio a Madrid siendo director de orquesta del Teatro Real y de la Sociedad de Conciertos de esa capital. Manuel de Falla era un gran admirador de Jiménez.

Cuando en 1934 el Ayuntamiento de Cádiz quiso dar el nombre de una plaza al autor de `El amor brujo’, Falla manifestó que ya le había tributado muchos honores y que Cádiz debía dar a esa plaza el nombre de Jerónimo Jiménez