285. JUAN DE DIOS MOLINA. Un alcalde en el recuerdo.
17 06 2010
Hace setenta años, en plena contienda civil, la ciudad de Cádiz sufre la falta de alimentos, medicamentos, trabajo, libertad, vivienda más una fuerte represión considerándose este periodo de la Historia Local de Cádiz uno de los más espantosos y difíciles de todo el siglo XX. Todo estos imponderables hacen que la oligarquía gaditana no quiera hacerse con el bastón de mando del Ayuntamiento de Cádiz más preocupada en mantener su status quo que en la búsqueda del bien común del conjunto de la sociedad. En este contexto espacio-temporal se va implantando un sistema administrativo de orden jerárquico y centralista, donde los Ayuntamientos van a ser los únicos entes públicos que van a gozar de un cierto grado de libertad en su gestión.
El alcalde Ramón de Carranza está en estos momentos gravemente enfermo, obligándole su débil estado de salud a presentar su dimisión como máximo dirigente de la casa consistorial de Cádiz. Una semana más tarde, Pedro Ogalla, desempeña de forma provisional este cargo municipal con la idea de encontrar lo más rápidamente posible una persona capaz de llevar a cabo la labor de la alcaldía y a la vez representar todos los valores de la España Nacional. No siendo necesario para su elección escuchar la voz del pueblo como sucedía en la II República.

Varela con Pemán y el alcalde de Cádiz Juan de Dios Molina en Río Arillo. 1939.
Así, el 2 de Agosto de 1937, es nombrado de manera obligada al no querer nadie en estas circunstancias tan difíciles el sillón de la Casa Consistorial, a la edad de 40 años, el ingeniero, Juan de Dios Molina, Director de los servicios municipalizados del Ayuntamiento. Sus primeras palabras públicas son reivindicar su máxima atención a la urbanización, la escolaridad y la beneficencia, ocupando dicho cargo hasta el 29 de mayo de 1940.
La falta de experiencia gubernativa, más la animadversión por la vida política es suplida por el señor Molina, con su preparación técnica junto al conocimiento directo de la realidad gaditana gracias al desempeño de su profesión laboral de Director de SMAE.
A priori, uno puede pensar según su elección, que el nuevo jefe del gobierno Local va a ejecutar una administración exclusivamente orientada hacia las clases dominantes dejando fuera de su ámbito de competencia al resto de la población. Un análisis exhaustivo y objetivo de los años 1937 a 1940, permite observar que todas las acciones municipales emprendidas durante estos años por Molina, tienen como objetivo principal el conseguir un progreso igualitario y armonizado para todas las capas sociales de la ciudad, especialmente para las clases obreras. De ahí, su interés por ejecutar obras municipales que absorban la mano de obra inactiva, edificar casas dignas para que nadie viva en condiciones infrahumanas, evitar la inmigración de capital dinerario de Cádiz para fomentar el comercio y la industria en la ciudad y la edificación y rehabilitación de escuelas (El Campo del Sur, La Salle Mirandilla, La Salle Viña, Santa Teresa, Arbolí…). La enseñanza va a ser una de sus máximas preocupaciones ya que a través de ella es posible fomentar una sociedad basada en el conocimiento donde todos los individuos tengan las mismas oportunidades. Tal pensamiento no es de extrañar teniendo en cuenta que residió en la Residencia de Estudiante de Libre Enseñanza durante su vida universitaria en Madrid.

Plaza de San Juan de Dios, en los años 30.
La llegada de Juan de Dios Molina al Ayuntamiento de Cádiz supone una bocanada de aire fresco en la política municipal, en una época bastante gris de la historia de Cádiz, como es la guerra civil, al aplicar criterios técnicos, prevaleciendo por encima de los demás, de ahí que se rodee siempre de gestores con gran prestigio profesional como son los señores: Pérez y Díaz de Velasco, Martínez del Cerro y Conte Lacave. Según la forma de hacer política por parte de este personaje se le puede encuadrar como un alcalde – Tecnócrata. Se da también en su persona la circunstancia de ser por un lado el único alcalde ingeniero- industrial de Cádiz, no sólo de la dictadura franquista sino en todo el siglo XX. Y en ser tras el alzamiento del 18 de Julio de 1936, no en orden cronológico pero sí en cuanto a gestión municipal. El primer regidor franquista, él –porque- de esta afirmación se fundamenta, por un lado, en que al tomar el parámetro tiempo, exactamente, la permanencia en el cargo, se detecta que sus antecesores (Aranda y Carranza) no están entre los dos ni un año en dicho puesto público, tal circunstancia hace muy dificultoso por consiguiente analizar objetivamente la gestión municipal, desde una perspectiva puramente histórica y económica, al quedar sólo su administración al frente del municipio en su etapa inicial, no sabiendo, por tanto, si su modelo de gobierno hubiera sido ó no fructífero para la ciudad de Cádiz.
Textos: RAFAEL RAVINA RIPOLL.
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En el año 1935, además de García Rodríguez, los componentes de la banda eran otros once: Narciso Camacho, Salvador Seoane López, Aurelio Monterde, Manuel Otero, Felipe Helmo Torre, Pedro Requejo, José Guerrero Puyana, Manuel Arjona García, José Rodríguez Sergio, Agustín Díaz Collantes y Francisco Háñez Miranda.

El primer censo de cofradías y hermandades de la ciudad realizado por el Ayuntamiento se realizó en 1834 y contribuyó a que la Semana Santa gaditana saliera a comienzos del siglo XIX de una época de decaimiento. Los desfiles procesionales han ido pasando por diversas situaciones: de la apatía al fervor popular cofrade. A comienzos del siglo XIX, la Semana Santa entró en una época de decaimiento, ya que todo el entusiasmo de que estaban provistas las diversas juntas de gobierno de las distintas cofradías pasó a transformarse en desánimo y apatía. Muchas dejaron de hacer sus desfiles procesionales y otras que por fuerza de costumbre lo siguieron haciendo, debieron de efectuarlo con tal mal gusto y ofreciendo un espectáculo tan poco edificante, que más de una llegó a ser objeto de escándalo público, dando lugar a la intervención de la autoridad eclesiástica, que llegó incluso a prohibir la salida de algunas de ellas. A partir de la segunda mitad del XIX fue cuando a la Semana Santa se le dio una nueva organización relativa al culto externo, en la que tuvo una destacada labor el Ayuntamiento de Cádiz. Los pormenores relativos a las autorizaciones de los desfiles, modos de financiarlos, reconocimiento de las calles del itinerario y el crear un clima adecuado en los cortejos, mediante un control de las cofradías, bandos y medidas severas por parte del alcalde, contribuyeron a darle una mejor organización y un nuevo planteamiento a esta conmemoración religiosa. El primer censo de cofradías y hermandades de la ciudad se realizó en 1834 y así aparece recogido en las páginas de Diario de Cádiz con documentos que se conservan en el Archivo Municipal. Con fecha del 27 de agosto de 1834, el secretario del Ayuntamiento de Cádiz dirigió la siguiente comunicación a las autoridades civiles y religiosas de la ciudad: “Don Cipriano González Espinosa, caballero de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III.Certifico que en el Boletín Oficial número 67, consta la circular siguiente: es un deber de la Administración tomar un conocimiento exacto de las Hermandades y Cofradías que existen. Al intento me dirijo a ustedes para que en el término preciso de quince días pasen a mi poder una razón circunstanciada de cuantas asociaciones de estas clases hay, manifestándome las que han obtenido autorización superior, cuál es ésta, en qué año y bajo qué estatutos fue aprobada, los fondos con que cuenta cada una, en qué consisten y los gravámenes o cargas que pesan sobre ellos para que reunidos todos estos antecedentes pueden tenerse a la vista todos a los fines que correspondan. Yo confío en el acreditado celo de ustedes que no retardarán este servicio y no darán lugar a reiterar esta Orden”. 
Debido a las borracheras de algunos individuos, en 1856, Adolfo de Castro, ordenó el cierre de las tiendas de vinos. “Al contrastar abiertamente con la cultura y religiosidad del vecindario, se prohíben estén abiertas al público, desde la 10 de la mañana del Jueves Santo hasta igual hora del Sábado, todas las tabernas y tiendas en que se expendan bebidas espirituosas. Los infractores de esta disposición serán penados con toda la severidad a que se hicieran acreedores por su desobediencia”. Dos décadas después, los bandos ampliaron notablemente el número de prohibiciones con el objeto de cortar algunas prácticas impropias.Algunas de estas normas son realmente anecdóticas. Desde el toque de Gloria el Jueves Santo hasta el Sábado Santo no se permitía el tránsito de caballerías ni carruajes en la ciudad, excepto los servicios de Correos y conducción de cadáveres, ni que se den voces por las calles para la venta de comestibles. Tampoco se podía pedir limosna. Ni antes ni después ni fuera de las procesiones de Semana Santa nadie podía andar por las calles vestido de penitente. El Jueves y Viernes Santo no se permitía en los cafés o establecimientos los juegos, ni que se tocasen instrumentos, como tampoco cantar. Por último, no se podía fumar desde que empezaba y hasta que acababa de pasar las procesiones. En la imagen superior, retrato de Adolfo de Castro.
El Cristo de la Buena Muerte salió por primera vez en procesión el 23 de abril de 1894. Dos años antes, a iniciativa de Cayetano del Toro, entonces presidente de Diputación, se creo la Junta Administrativa para las procesiones de Semana Santa, logrando que las cofradías gaditanas adquirieran de nuevo la importancia que tuvieron cuarenta años atrás. Asimismo, Cayetano del Toro reorganizó la cofradía de la Buena Muerte.
La procesión, aunque corta, porque sólo la formaba el Señor, puede asegurarse que es una de las mejores que han salido. El Señor de la Buena Muerte es una notabilísima escultura atribuida a Montañés. No necesita ningún adorno ni luces, ni alhajas, ni flores. La efigie sólo bastaría. Las andas eran lujosas: ostentaba mucha plata y la iluminación era profunda en cera y espléndida en electricidad. Muchos elogios se escucharon por la presentación de este paso. Ha sido lo mejor de las procesiones. La banda ejecutó notables marchas, entre ellas la del señor López, conocida por La Saeta. Los niños que componían el orfeón llevaban preciosas cestas con flores, que iban arrojando al paso cada vez que hacía estación. El tránsito de esta procesión por la calle Duque de Tetuán fue una escena hermosa: a pesar de la concurrencia, hubo mucho orden. Los trompeteros y los porta-estandartes iban vestidos a la Federica, cuya indumentaria no fue de mejor efecto. La procesión se recogió a las doce y media. Sin temor a equivocarnos, hemos de confesar que ha excedido a todas, en orden y esplendidez la del Cristo de la Buena Muerte.Cuanto dijéramos acerca de ella, no se aproximaría a la realidad.Aquella divina imagen del Cristo Jesús, debida a la gran inmortalidad inspiración del gran Montañés, iluminada con torrentes del luz de innumerable candelabros y potentes focos de luz eléctrica, envuelta en espirales del incienso y rodeada de penitentes con túnica de preciosos terciopelo, cuya larga cola iban arrastrando, resultaba a su paso por la calle Ancha, un espectáculo verdaderamente grandioso y conmovedor”. Recorte de prensa de 1894, sobre el Nazarano y Santo Entierro.






















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