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351.- COSTUMBRES GADITANAS. Los entierros de la Santa Caridad

25 09 2010

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Es piadosa y antigua costumbre acompañar a los seres queridos a su última morada. Esta fue en Cádiz, hasta hace pocos años, el cementerio de San José, en cuyo frontis reza una cita bíblica: “profetiza sobre estos huesos”. Desde tiempo inmemorial, una hermandad gaditana, la de la Caridad, se ocupaba de enterrar a los pobres a su costa. Cuando fallecía un indigente, la Caridad dirigía un aviso por turno a los hermanos, para acompañar a la sepultura al fallecido en la pobreza. La antigua Hermandad de la Caridad ha llegado hasta nuestros días, en la imagen un capítulo en San Juan de Dios con ocasión de la festividad de San Miguel. El distintivo de los hermanos es la tohalla blanca.

capilla-verticalDesde San Juan de Dios, generalmente lugar del fallecimiento de los mendigos sin techo ni familia, partía un cortejo como el que describe Juan Pineda en “Impresiones y recuerdos” en la década de los ochenta del siglo XIX. Al frente un acólito alzaba la manguilla azul de la Hermandad, coronada por el corazón entre llamas de amor y la crucecita. Detrás, en un carro de la más modesta clase de la funeraria, el féretro de la Hermandad con el cadáver. A ambos lados, cuatro faroles portados por uniformados cargadores y detrás el capellán y el hermano que por turno estaba obligado a acompañar al fallecido. Unas veces había familia, las más era un triste y reducido cortejo. La capilla de la Hermandad en la Iglesia de San Juan de Dios, su sede canónica.

La comitiva subía andando la cuesta de San Juan de Dios, pasaba por la plaza de toros, la Cárcel Real y el Matadero, hasta la Puerta de Tierra, donde los acompañantes subían a los carruajes hacia San José. Allí se dejaban los faroles en la capilla, los cargadores portaban el féretro y tras la insignia de la Caridad, seguían hasta la fosa común, lugar donde tras las preces de rigor se daba sepultura al cadáver, sin el féretro, que volvía a usar la Hermandad. Antes de arrojar tierra alguna sobre la cara del cadáver, el sepulturero se la tapaba con un pañuelo. En Cádiz las hermanas de la Caridad siempre proporcionaban un pañuelo para los muertos sin caja fallecidos en San Juan de Dios: “para que no hiciera ofensa la tierra en la cara de los muertos”. Antigua costumbre gaditana, decía Pineda, porque más allá hay otra vida a la que hay que llegar con la cara muy limpia.


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